¡Tú eliges: o tu perro o yo! ¡Estoy harto de oler a perro! — sentenció su marido. Ella eligió a su esposo, abandonó a su fiel pastor alemán en el monte… Y esa misma noche él le dijo que se iba con otra mujer.

Diario de Lucía, 12 de abril

Todavía no sé cómo he llegado hasta aquí, con este vacío que me aprieta el pecho y la casa, la casa tan silenciosa No dejo de pensar en lo que ocurrió con Bruno, mi viejo pastor alemán, y con Pablo, mi marido. Supongo que nunca imaginé que los últimos meses se convertirían en una tormenta que lo arrasaría todo.

Yo amaba a Pablo. Llevábamos juntos cinco años, sin hijos de momento, aunque sí había un miembro en la familia al que yo sentía como a un hijo: Bruno. Lo recogí de la calle siendo solo un cachorrito, antes siquiera de conocer a Pablo. Bruno lo era todo para mí, siempre tan fiel, tan inteligente que parecía entenderme incluso sin palabras.

Pero el tiempo no perdona a nadie, tampoco a los perros. Bruno cumplía ya doce años, tenía problemas en las patas, la casa empezaba a oler a perro viejo, su pelo caía a mechones Pablo aguantó bastante, pero un día, cuando volvió del trabajo y vio que Bruno no había aguantado a que le sacara a la calle y había hecho una charca en el pasillo sobre el parqué que habíamos puesto hacía poco, explotó.

¡Ya está bien! gritó, cogiendo a Bruno del collar. ¡Vivo rodeado de pelos, de olores, y ahora esto! ¡Lucía, elige: o tu perro o yo!

Lloré mientras abrazaba a Bruno, que parecía avergonzado y solo quería consuelo.

Pablo, ¿qué quieres que haga? Es mayor ¿Dónde lo voy a llevar?

No me importa. A una protectora, a un refugio, ¡donde sea! Pero si cuando vuelva esta noche sigue aquí, me largo. Ya basta de vivir en una perrera.

Yo me sentí absolutamente sola. Me daba miedo quedarme así, sin Pablo, sin su estabilidad, sin los planes que habíamos hecho: las vacaciones en San Sebastián, la hipoteca No fui valiente. Elegí a Pablo.

Por la tarde metí a Bruno en el coche. Apenas podía subir él solo, pero aún así lamió mi mano, como si creyera que este paseo sería especial. Temblaba mientras conducía fuera de Valladolid, hasta una zona boscosa ya de noche alrededor de Cabezón de Pisuerga. Le até la correa a un árbol, dejando junto a él su cuenco y algo de pienso.

Perdóname, Bruno Por favor, perdóname le susurré, incapaz de mirarlo a los ojos. Echó las orejas atrás y me miró fijamente. No intentó soltarse, solo se sentó y siguió observándome Lo sabía todo.

Conduje como una loca el camino de vuelta, ahogada en lágrimas, escuchando en mi cabeza los ladridos desesperados de Bruno mientras trataba, inútilmente, de alcanzarme. El ruido de la correa tensa y su aullido ronco me acompañaron toda la noche.

Cuando llegué a casa, los ojos hinchados y la ropa todavía mojada de lluvia, me encontré a Pablo haciendo la maleta.

¿Qué haces? pregunté entre sollozos. Ya está, Bruno ya no está, lo hice

Él se encogió de hombros, sonrió de lado, frío como nunca.

Vaya, qué rápido. Pues mira, Lucía, me voy igual.

¿Cómo que te vas? ¡Pero si has sido tú el que me!

Me voy con Elena. Ya la conoces, trabaja en contabilidad. Llevamos medio año juntos. Va a tener un hijo mío.

El suelo se abrió bajo mis pies. Me quedé sentada, sin aire, mientras él acababa de cerrar la maleta.

Me diste a elegir pensando que ejercerías carácter y, sinceramente, esperaba que no me escogieras a mí. Si eres capaz de abandonar a quien más te ha sido leal en la vida, ¿qué no harías conmigo llegado el momento? Siento hasta miedo de ti.

Cuando cerró la puerta, me derrumbé. Lloré tanto que me temblaba el cuerpo.

No pude más. Cogí las llaves y volvía toda prisa al bosque esa misma noche, bajo una lluvia fina y un viento helador. Cuando llegué al árbol, el cuenco estaba volcado, la correa, mordida y rota. Bruno no estaba. Empecé a llamarlo a gritos durante horas por el monte, arañándome los brazos y la cara.

Pasé tres días buscándole y colgando carteles por toda la provincia, preguntando en gasolineras y comisarías, escribiendo en foros de voluntarios. No podía ni dormir, ni probar bocado.

Al cuarto día recibí una llamada: «¿Es suyo un perro grande, pastor alemán? Lo han encontrado atropellado en la autovía cerca de la salida de Simancas».

Supe que era él antes de llegar.

Bruno había conseguido romper la correa y corrió, hasta donde le dieron las patitas, buscándome entre los coches, hacia casa. Murió solo, en aquella cuneta, sin entender por qué le había dejado.

Lo enterré entre sus juguetes, junto al naranjo de la finca de mis abuelos.

Han pasado dos años desde entonces. Sigo sola. No me he atrevido siquiera a abrirme a nadie más; no confío en los demás, ni siquiera en mí. Sé que Pablo vive feliz con Elena y su hijo, que no recuerda nada, para él todo fue una manera de irse sin remordimientos.

Yo, en cambio, intento reparar lo irreparable: ayudo de voluntaria en una protectora de perros mayores; les limpio, les cuido, reparto besos y mantas. Es mi expiación. Intento aliviar sus miedos lo poco que me dejan.

Al caer la noche, Bruno vuelve a mí, siempre en sueños. Me mira desde lejos, con esa tristeza perruna infinita, sin reproche pero sin venir cuando le llamo. En su mirada está mi condena.

Moraleja: la traición nunca se perdona y jamás hay que sacrificar a los leales por quien te obliga a elegir. Si alguien te somete a ese dilema, es que ya te está traicionando él mismo, y el daño será irreparable.

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MagistrUm
¡Tú eliges: o tu perro o yo! ¡Estoy harto de oler a perro! — sentenció su marido. Ella eligió a su esposo, abandonó a su fiel pastor alemán en el monte… Y esa misma noche él le dijo que se iba con otra mujer.