Trigo sarraceno en lugar de trufas

Arroz en vez de trufas

Me encontraba frente a los fogones, contemplando cómo, con una lentitud desesperante, se me cortaba aquello en lo que llevaba dos horas enfrascada. La salsa cremosa de trufa para el risotto con setas debía ser sedosa, homogénea, casi una criatura viva. Pero aquello se había separado: la mantequilla flotaba por su cuenta y la base espesa caía al fondo en grumos como caracoles despistados.

Bajé el fuego y empecé de nuevo a incorporar mantequilla fría en daditos, lento y en círculos. Las manos, esas al menos, sabían lo que hacían. Fuera, la luz ya caía; la calle de Fuencarral se iluminaba de farolas, los coches reptaban allí abajo con ese sonido de lluvia y ciudad. Un típico anochecer de octubre en Madrid.

Carmen, ¿te queda mucho? Llevo desde las dos de la tarde con un hambre que ni te cuento.

Álvaro, en el quicio de la cocina. Siempre igual, no entraba del todo, como si la cocina fuera un santuario ajeno. Manos en los bolsillos, esa expresión de ni impaciencia ni espera; en veintitrés años, jamás he sabido ponerle nombre.

Unos veinte minutos respondí, sin darme la vuelta. Esta salsa es caprichosa.

Veinte minutos. Entendido.

Marchó y escuché el desplome sobre el sofá del salón, el zumbido de la tele puesta al máximo para luego bajarlo casi a cero. Otro de sus códigos secretos. Yo los conocía todos.

La salsa, al final, salió. No perfecta, pero casi. El risotto quedó como debía: ese toque meloso tan difícil de conseguir. Coloqué todo en el plato, decoré con virutas finas de trufa negra, la que compré en el mercado de La Cebada por un precio que antes nos daba para dos menús del día en La Latina.

Puse la mesa. Encendí unas velas. No por romanticismo, sino porque todo se ve mejor a la luz de las velas: la comida, yo misma, las arrugas del cansancio bajo los ojos.

Álvaro se sentó, agarró el tenedor, miró el plato.

Miró mucho rato.

¿Otra vez risotto? dijo al fin.

Dijiste que te apetecía algo con setas.

Algo de setas, sí, pero no tenía que ser risotto. Justo la semana pasada comí uno en el restaurante de Sergio. Allí el chef sabe, ahí puedes comparar y ves la diferencia

Me senté enfrente, cogí mi tenedor.

Prueba primero.

Probó. Masticaba despacio, cara de inspector gastronómico del siglo XIX.

El arroz, pasado.

Está en su punto. Al dente, justo como debe.

Según tú, claro. Vale.

Cenamos en silencio. Yo, ensimismada en las velas. Él, en el plato, con ese gesto suyo tan críptico. Allá afuera, Madrid seguía a lo suyo, apresurada, ruidosa y desde luego sin noticias de mis risottos.

La salsa pesa, le sobra grasa añadió justo al final.

No respondí.

¿Y te molesta que te lo diga? Es que soy sincero. Quieres evolucionar en cocina, ¿no? No buscar solo palmaditas.

No he preguntado contesté.

Pues deberías.

Él se fue a ver fútbol y yo recogí la mesa, fregué los platos y rasqué los restos de la salsa trufada una salsa que costaba como un perfume decente y que había rehecho tres veces para que no se cortara. Había leído libros franceses de técnica, pagado cursos de cocina a precio de prohibición. Transporté ingredientes delicados por medio Madrid para que no se estropearan en el camino.

Excesiva, dijo.

Puse las manos en el fregadero y vi cómo el agua desaparecía en el fondo. Me sequé, apagué la luz y me marché al dormitorio.

Solo otra noche cualquiera.

***

La señora Eulalia vino el sábado a las tres. Siempre llamaba cuarenta minutos antes: yo tenía tiempo de recoger un poco el salón y preparar algo para el té. Mi suegra es una de esas personas que detectan el desorden como un sabueso, pero jamás lo mencionan directamente: solo recorre la mirada por el alféizar y tú ya sabes.

Tiene setenta y ocho. Pequeña, seca, con una espalda recta que firmaría cualquier mujer de la mitad de edad. Desde que murió su marido vive sola en su piso de Chamberí y, por mucho que Álvaro le insista, no hay quien la saque de allí. Yo nunca insistí. Y no hacía falta decirlo más.

Ese sábado la vi algo más pálida cuando abrí la puerta.

Pase, señora Eulalia. He hecho bizcocho de nueces.

Gracias, Carmen. ¿Álvaro está en casa?

Se ha ido con Sergio. Vuelve más tarde.

Asintió y, en contra de su costumbre, fue directa a la cocina en vez de al salón. Le gustaba el sillón junto a la ventana, lo ocupaba religiosamente.

Puse el té, serví el bizcocho. Nos sentamos una frente a la otra.

¿Cómo se encuentra? pregunté.

Bueno. Un poco la tensión, nada serio.

Cogió un trocito de bizcocho, lo partió aún más pequeño.

Qué rico dijo. Y fue tan sincero y normal que sentí un nudo en la garganta.

Guardamos silencio. Ella sorbía el té con calma, mirando los árboles, ya pelados por el otoño en la calle Galileo.

Carmen, quería preguntarte algo por fin habló. ¿Puedo?

Haré lo posible por no ofenderme.

Me miró mucho rato.

¿Recuerdas cuando eras interiorista?

No me lo esperaba.

Claro que sí.

¿Buena?

Eso decían.

Yo sé que sí. Vi tus trabajos. ¿Recuerdas aquel piso en Conde Duque, para los médicos? Estuve una vez y pensé: esta chica ve los espacios de otra manera.

La observé.

¿A dónde quiere ir, señora Eulalia…?

Dejó la taza. Tan cuidadosamente como solo saben quienes han vivido una vida haciendo las cosas como hay que hacerlas, sin ruidos y sin gestos de sobra.

A que me siento culpable susurró.

No sabía qué contestar. Ella nunca había dicho algo así, de ese material estaba hecha otra generación.

Tenía que habértelo dicho antes. Mucho antes. Quizá hace diez años, cuando dejaste el trabajo. Pero callé. Pensé que no era asunto mío. O que quizá tú querías. Que quizá debía ser así.

Miró sus manos. Bellas, pese a la edad.

Álvaro no soporta la comida sofisticada.

Creí haber oído mal.

¿Cómo?

No le gusta. Nunca le ha gustado. Desde joven el estómago le iba regular, el médico ya le sentenció que debía comer sano: sopas, carnes cocidas, poco aliño. Su plato favorito de siempre es arroz con albóndigas. Simple, con mantequilla. Podía comer eso cada día.

En la cocina solo sonaba el frigorífico, zumbando como vida ajena.

Entonces, ¿por qué…? abrí la boca y la voz no era mía.

¿Por qué pide foie y trufas y comenta la textura de la salsa? concluyó ella por mí.

Levantó los ojos; en esa mirada cabía una vida entera. No rabia, ni pena siquiera. Algo mayor y más grave.

Porque le encanta el proceso. Verte esforzándote. Viendo cómo gastas dinero, tiempo, ilusiones, y luego esperas su veredicto. Disfruta diciendo que no es suficiente. Eso le gusta. Le hace sentir por encima.

Posé mi taza, lentamente.

¿Es consciente de lo que dice?

Por supuesto. Llevo años pensándolo. Callé treinta y ocho años, Carmen. Desde que Kiko Kiko, Francisco, su marido, el padre de Álvaro me hacía lo mismo. Él también era gourmet, eso decía. Yo también cocinaba, me esmeraba, y siempre: que si la salsa grasienta, que si el guiso seco. Y una vez lo vi devorar arroz con su madre, en su pueblo de Ávila, como si volviera a casa después de siglos. Tres platos, pan y mantequilla. Y ni un reproche, solo sonrisas.

Escuché en silencio mientras afuera caía el típico chispeo madrileño.

Lo entendí, pero no me fui. Era otra época. Y Álvaro lo vio, aprendió que se puede manejar la estima de otro con la comida. Y cogió ese truco. Y replicó el patrón.

¿Lo hace a propósito? dije. Ya no era pregunta, sino constatar.

No creo que cada noche piense: hoy voy a humillarla. Nadie razona de esa forma. La gente solo vive con los mecanismos que conoce. Lo aprendió en casa.

Me levanté. Por moverme, no por irme.

Me asomé a la ventana y vi el agua empapando la calle Segovia, los peatones con paraguas.

Diez años.

Diez años de cursos de cocina. Primero básico, luego avanzado, luego monográficos en cocina francesa e italiana. Libros y vídeos, chats con chefs. Iba al mercado de Antón Martín buscando ingredientes concretos. Elegía vinos. Estudiaba equilibrios de sabores. Me despertaba a mitad de la noche pensando en la salsa perfecta.

Creía que era mi nueva vocación, lo que me daría valor después del diseño.

Y Álvaro… siempre arroz por dentro.

¿Por qué me lo cuenta ahora? pregunté sin girarme.

Porque yo me hago vieja dijo simplemente. Pero tú eres joven todavía. Tienes 52, eso apenas es el comienzo.

La miré. Directo a los ojos. Sin compasión.

Y porque es mi culpa. No porque lo hiciera a propósito, sino porque no supe enseñarle otra forma. Esta generación Lo normalizábamos. Mi culpa es esa. Y al menos puedo hacer esto, decirte la verdad.

Regresé a la mesa. Bebí el té frío.

No va a cambiar aseguró. No te digo lo que debes hacer, pero tienes derecho a saberlo.

Terminamos el té casi en silencio. Luego ayudé con su abrigo, los dedos ya no le obedecían del todo.

El bizcocho estaba exquisito dijo al irse. Casero, sencillo. El mejor que me has hecho nunca.

Cerré la puerta y me quedé un rato contemplando el perchero, las chaquetas de Álvaro.

***

Las dos semanas siguientes cociné como siempre, por inercia, como quien da cuerda a un reloj. Terrina de pato, bisqué de bogavante con ingredientes comprados en el Mercado de San Miguel. Un postre con técnica japonesa, nueva esta primavera.

Álvaro comía, criticaba. Yo escuchaba, callaba.

Pero algo se había roto dentro. Una especie de cristal, una distancia interna. Me veía desde fuera: cocinando, rallando limón, añadiendo azafrán, esperando. Y veía su cara justo antes de hablar, ese brillo de esperar su oportunidad.

Era placer. No de la comida, sino de la expectativa. Como el niño que tira del hilo para que explote la sorpresa.

Pensaba en mis proyectos de diseño. Llegar a un espacio, verlo terminado en la cabeza antes que nadie, entender lo que el cliente no dice. Disfrutar al ver la reacción ante la estancia terminada.

Alguna vez tuve mi propio estudio. Un cuartito en Chueca, compartido con otras dos diseñadoras. Café malo, discusiones infinitas sobre paredes. Felicidad pequeña.

Álvaro decía que no era serio. Que había que elegir: familia o saltar de obra en obra. Que él ganaba suficiente, que los clientes me daban dolores de cabeza. Que en casa había que estar alguien.

Escogí familia. Tenía 42. Pensé que habría tiempo de volver.

Fueron diez años.

Un día escribí a Sole Paredes, compañera de entonces. Había montado su propio estudio, seguimos en contacto solo para felicitaciones de cumpleaños. Le escribí:

«¡Sole! ¿Te apetece un café?»

Contestó en media hora.

«¡Carmen! ¡Por supuesto! ¿Mañana?»

***

Nos vimos en Malasaña. Sole estaba igual, apenas el pelo más corto y unos destellos de plata que le sentaban fenomenal.

Tienes buena cara dijo.

Mientes fatal.

Se rió.

Vale, tienes cara de cansada. Pero de la buena.

Pedimos café. No sabía cómo empezar.

¿Tienes hueco para alguien como yo?

Me miró.

¿En serio?

Serio total.

Has estado diez años fuera.

Pero no he olvidado. Lo prometo.

Pensó, jugueteó con la taza.

Tengo tres proyectos abiertos. Uno en Pozuelo, una casa grande. Me vendría genial ayuda, pero serías casi como una becaria, Carmen. No por torpe, sino porque los programas y las exigencias han cambiado. ¿Lo asumes?

Lo asumo.

¿Y cuánto quieres cobrar?

Lo que puedas pagarme.

Otra mirada larga. Algo vio.

Pues el lunes. Vente y probamos.

El lunes fui. Cada día de las siguientes tres semanas fiché antes de las nueve, salí a las siete. Aprendí programas nuevos, olvidaba cosas y las recuperaba de la memoria muscular. Volví a sentirme en mi sitio.

En casa, ahora, cocinaba arroz.

La primera vez fue por accidente. Llegué tarde, agotada, solo quería caerme en la cama. Abrí el frigorífico: cosas de platos sofisticados medio marchitas. Cerré y busqué en la despensa. Arroz, una lata de pisto, aceite.

Cocí arroz, mezclé el pisto, eché un chorro de aceite. Llamé a Álvaro a la mesa.

Miró el plato como si fuera un error de Matrix.

¿Esto qué es?

Arroz con pisto.

Ya ¿Te pasa algo?

Cansancio. Mañana haré otra cosa.

Se sentó. Comió en silencio. Ni un comentario, nada.

Y eso era, también, una respuesta.

***

La conversación llegó dos semanas después. Volvía del trabajo pensando en una combinación de colores para una casa. Entré, me descalcé. Oí la tele en el salón.

¿Dónde te metes? Ya son las ocho.

Trabajando.

Con tu Sole otra vez.

Es mi trabajo, Álvaro.

Apagó la tele, se giró.

Carmen, este no fue el trato.

¿Qué trato?

Que ibas a estar todo el día por ahí. Tenemos familia, una casa. La nevera parece el desierto.

Pues hay huevos, patatas y chorizo. Hazte algo.

Me miraba como si hablara en ruso.

¿Estás de broma?

Solo informo.

¿Y las trufas? ¿Y tus salsas? ¿A qué viene esta cutrez? ¿Olvidas que sabes cocinar de verdad?

Coloqué mi bolsa, quité el abrigo.

Álvaro, ¿hablamos tranquilos? ¿O no te apetece?

¿De qué?

De nosotros. De estos años. De esta rutina.

Tensión en el aire. Sus hombros se adelantaron mínimo, ojos entornados.

¿Qué pasa? Yo trabajo, tú en casa.

Ya no estoy en casa. Y no volveré a estarlo.

Venga, ya. Decidido sin consultarme.

Ahora mismo estoy hablando.

Fue a la ventana, luego volvió.

Eras normal. Teníamos una vida normal. Tú cocinabas, yo opinaba. Era nuestro equilibrio.

El tuyo, Álvaro. El tuyo solo.

Ya estamos con que mamá te ha calentado la cabeza. Lo sabía.

Le miré. Al hombre con el que compartí veintitrés años y ningún rincón a mi gusto, ni muebles, ni colores porque todo venía de antes de mí.

Tu madre solo me dijo una verdad.

¿Cuál? ¿Que es una vieja con ganas de cuentos?

Que te gusta la comida sencilla. Que tienes el estómago delicado y tu delicia es el arroz con albóndigas.

Pausa breve, pero estaba ahí.

Tonterías dijo.

Te la comiste hace dos semanas sin rechistar.

¡Porque tenía hambre!

Álvaro, para. Solo te pido que pares un segundo.

Se detuvo.

No quiero pelear. Quiero hablar. ¿Vas a poder vivir de otra manera? ¿Tú puedes imaginar una relación de igual a igual, donde ambos trabajamos, cocinamos variado y nadie utiliza la comida para imponer ni para castigar?

Larga pausa.

Yo no te he humillado. He sido sincero. Eso es ser honesto.

Has sido un tipo sincero haciendo como que no te gusta el arroz mientras yo gastaba tiempo y euros en trufas raras.

Silencio.

Fue desleal añadí, sin rabia.

Él no respondió. Cruzó a la habitación. Cerró la puerta con ese gesto de derrota adulta.

Yo me fui a la cocina, freí patatas y cené sola. Después, con el té, escuché su deambular al otro lado.

***

Los meses siguientes fueron como ver derretirse un iceberg. Sin dramas de peli, sin llantos. Simplemente, día a día, se caía otro cacho de nuestra forma de estar juntos.

Álvaro probó varias estrategias.

Primero el reproche. Se paseaba por casa con la cara larga, esperando que yo preguntara qué le pasaba. No lo hice. Cocinaba sencillo: sopas, croquetas. Hacía limpieza, iba al trabajo, regresaba.

Después probó con amabilidad. Un día trajo flores, tulipanes de la señora del metro. Dijo que me echaba de menos, que podíamos salir a cenar fuera. Fui. Cenamos agradables, preguntó, rió. Fue bonito. Me dio la esperanza de cambio.

Pero al día siguiente, ante la visita de sus amigos, volvió la costumbre.

¿Vas a hacer algo especial?

Pasta y ensalada.

¿Pasta? ¿Así?

Sí. Tal cual.

Y ahí vi ese gesto. Ahora lo veía: ese microsegundo de placer.

Luego, peleas gordas. Con gritos, recitando todo lo que había hecho por mí: piso, dinero, libertad para mis cursos. Como si yo fuera una inversión que ahora no daba frutos.

No soy una fábrica, Álvaro. Ni un activo. Soy una persona.

No lo pilló. O no quiso.

La señora Eulalia llamaba cada semana: un mensaje, una frase breve, palabras como «ánimo» o «qué bien lo haces». Un día me lo soltó:

¿Está enfadado conmigo?

Un poco.

Que aguante. Pero recuérdalo: estoy contigo. Por primera vez, estoy de verdad con alguien. Nunca antes en mi vida.

La entendí.

En diciembre, Sole me ofreció un proyecto propio. Piso pequeño en Argüelles, familia joven. Mano libre en el diseño. Dormí poco por los nervios, hasta que la clienta entró, se detuvo y me soltó: «Eres maga». Me acordé de cómo se llama esa sensación.

***

En febrero supe que lo nuestro no podía salvarse. No porque no pusiera de mi parte: intenté, hablé, no escapé a casa de amigos ni busqué abogados aunque artículos sobre relaciones tóxicas me saltaban en el móvil a diario. Me quedé e intenté reconstruir algo nuevo.

Pero él quería lo de antes.

No a mí. Quería la imagen de sí mismo que yo le procuraba. Esa esposa junto a los fogones a la espera de su palabra. No era amor, era el espejo donde verse importante.

¿Cómo reconocer a un manipulador? Cuando te das cuenta de que su felicidad depende de que vivas pendiente de su juicio. Fuera de ahí, se vuelve nadie.

Álvaro no era un monstruo. No bebía, no pegaba, daba dinero, ni siquiera creo que engañara. A su manera, seguro que quería.

Pero vivir así te va quitando poco a poco.

Pedí el divorcio en marzo.

Al principio no lo creyó. Después, suplicó. Luego se enfadó. Más tarde, resignación. La señora Eulalia le visitó y no sé qué le dijo, pero desde entonces se quedó frío, distante. Seguí mi camino.

El piso era suyo. Yo lo sabía. Me fui a casa de mi amiga Marta, chambre durante tres meses. Luego alquilé un dos habitaciones en Lavapiés, con vistas a una calle ruidosa y real.

Reformé el piso yo misma. Cada detalle elegido con ese placer de quien se reencuentra. Me sorprendí sabiendo lo que quería.

***

Ha pasado un año.

Abril ya. Tengo 53. Por la ventana veo florecillas blancas que ni sé el nombre, pero me alegran los desayunos con café en cafetera italiana, sin tonterías.

Sole me hizo socia del estudio en enero. Llevo dos proyectos sola. Duermo bien, sueño con espacios, con luz Es un buen insomnio.

La señora Eulalia llama fielmente cada semana. Hace poco fui a su casa en Chamberí, llevé un brazo de gitano. Tomamos té hablando de todo y de nada. Me hablaba de su marido, de la vida callada. Pensé en esas cadenas invisibles de las familias, los dolores transmitidos. Hasta que alguien dice: basta.

Ella no pudo. Pero me ayudó a mí. Eso ya es mucho.

Álvaro sigue en el piso. A veces algún mensaje formal. Dicen conocidos que ahora va a cursos de cocina. Igual sí, la gente puede cambiar cuando ya no tiene a nadie a quien someter.

No pienso mucho en él. A veces sí. A veces, en el súper, veo trufa negra en frasquito, me quedo parada y siento algo que no es ni risa ni tristeza. Una mezcla. Diez años no se evaporan así.

Pero procuro no quedarme colgada.

A Andrés lo conocí en septiembre. Era cliente, quería reformar la casa tras la muerte de su mujer. Me pidió dejar sus fotos y solo hacerlo más luminoso. Le entendí a la primera.

Tiene 54, ingeniero, dibuja puentes. Yo diseño espacios, él tiende puentes. Hay algo ahí.

Andrés es tranquilo. No callado, sino sereno. Habla con naturalidad, te mira a los ojos, se ríe cuando toca. No compite.

A la segunda reunión me invitó a café.

Fuimos a por un café. Más cafés. Un cine una francesa divertida, y pensé que había olvidado lo que era sentirse cómoda con alguien así. Y empezamos a vernos. Sin prisas.

Viene los viernes.

***

Hoy es viernes.

Llego a casa a las seis, vacío compras. Muslos de pollo, patatas, cebolla, zanahoria, un manojo de perejil. Un poco de nata.

De muslos con verdura sale un buen guiso al horno. Capas de patata, pollo, cebolla, zanahoria, todo bañado en nata y al horno. Al final, el perejil. Sencillo y de casa.

Mientras se hornea, me cambio y huelo esa mezcla de pollo y cebolla que llenaba la cocina de mi abuela en Salamanca. Veinte años sin recordarlo.

A las siete suena el portero.

Abro, entra Andrés y deja una bolsa junto a la puerta. Asoma una botella de Rioja.

Hola dice.

Hola. ¿Qué hueles?

Aspira.

Algo bueno. ¿Patatas?

Guisado. Le falta un rato.

Perfecto. He traído vino. Y rebusca. Chocolatinas.

Separa una caja de chocolates, marca de supermercado, con avellanas.

Recuerdo que te gustan así dice.

La cojo.

¿Cómo lo sabes?

Lo mencionaste en septiembre, al pasar una pastelería.

Allí, con la caja en la mano, sentí algo enorme y simple.

Te acuerdas de cosas así dije.

Lo intento contestó. Natural.

En la cocina, abro el horno: casi. Él descorcha el vino, sirve dos copas. Se sienta en el taburete.

¿Cómo va lo de Arapiles? pregunta.

Cliente complicado. Quiere todo, barato y rápido.

Eso pasa.

Sí, pero tiene techos de cinco metros, imposible no hacer magia.

Él asiente y observa cómo remuevo en la olla.

Carmen.

¿Sí?

¿Eres feliz? Ahora mismo, no en general.

Le miro. Serio, sin juegos.

Ahora mismo sí. Ahora mismo, sí.

Bien responde. Y no añade nada.

El guiso listo. Lo saco, dejo reposar, pico el perejil y espolvoreo. Lo pongo en la mesa. Sin velas, solo la bombilla.

Andrés mira el plato.

Bonito dice.

Es un guiso. No tiene misterio.

Un guiso puede ser bonito. Y éste lo es. ¿Tú sabes hacerlo feo?

Me río.

No lo he probado.

Cenamos. Repite, alargando el plato sin hablar. Le sirvo más. Charlamos de su hija, mis ganas de salir de viaje, su sugerencia de Finlandia: menos ruido.

Luego, el té y los chocolates baratos.

Fuera, Madrid florece. El asfalto mojado, los árboles blancos moviéndose apenas.

Pienso: es esto. No es una fiesta, no es gran cosa. Es solo la vida: alguien cálido a tu lado y una comida que huele a infancia, sin esperar veredicto.

A veces recuerdo aquellos años: las trufas, el bisqué. El cuenco de salsa convertido en excusa. Lo mucho que fui buscando un «no está bien». Y claro que duele. Por el tiempo, por la que fui. Pero no me recreo en la pena ya. Eso es un lujo innecesario.

Autoestima femenina: leí la palabra en algún sitio. Como si fuera algo fijo, como el color de ojos. Pero no. Se crea, se borra y, a veces, se reconstruye a los 52 en una oficina prestada, peleando con programas nuevos.

Límites personales, otro término de moda. No soy fan de lo moderno, pero la idea la tengo clara: saber dónde acabas tú y empieza el otro, sin muros ni trincheras.

La receta de la felicidad, si existe, seguro que es sencilla: hacer lo que sabes, juntarte con quien te valora, preparar la comida que te guste. Y no quedarte aguardando una palabra que lo valide.

¿En qué piensas? pregunta Andrés.

Le miro, taza en mano.

En el guiso digo.

Ríe.

Buen tema.

El mejor. ¿Quieres más té?

Sí, por favor.

Sirvo, me asomo a la ventana con mi taza.

Andrés

¿Sí?

Tú nunca dirás que está salado, ¿verdad?

Alza los ojos.

No está salado. Estaba bien.

¿Y si, un día, me paso?

Piensa.

Diré «menos sal la próxima», y me lo como igual.

Asiento.

Buena respuesta.

Hago lo que puedo dice, cogiendo la última chocolatina. ¿Te importa?

Para ti, toda.

Fuera, las ramas blancas se mecen, Madrid zumba, ajena a los platos y salsas, al arroz y los años vividos y por vivir. La ciudad sigue. Y yo también.

Y el té está caliente, y todavía huele a horno en la cocina pequeña donde ahora tengo una maceta nueva, simplemente porque me gustó el color de las hojas.

Me gustó el color.

Y la compré.

Así vivo ahora.

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Trigo sarraceno en lugar de trufas