Hace poco he conocido a mi amiga Encarnación, quien ha compartido conmigo su historia de vida. Su optimismo y franqueza me han inspirado a confiar plenamente en ella. La vida de Encarnación ha estado llena de altibajos. Es madre de cuatro hijos: uno de 22 años, dos mellizas de 15 y la más pequeña de 5. Lo curioso es que cada hijo tiene un padre distinto y su vida sentimental ha pasado por tres matrimonios diferentes.
Su primer matrimonio terminó debido al alcoholismo constante de su marido, quien jamás mostró intención de superar su dependencia. El segundo enlace fue con un hombre que vivía a costa de ella y de su madre. Acabaron separándose cuando Encarnación tenía 33 años. En aquellos tiempos, trabajaba en un centro de atención telefónica para una gran empresa y su vida era bastante caótica.
Con el tiempo, su primer marido se sometió a tratamiento y la relación entre ellos mejoró. Él pudo volver a ver a su hijo y comenzó a ofrecer ayuda económica. Sin embargo, el segundo marido desapareció por completo, sin mostrar ningún interés por las mellizas. A lo largo de su vida, Encarnación ha salido con varios hombres, pero ninguna relación llegó a ser seria. A su actual marido lo conoció gracias a las redes sociales.
Durante la época navideña, Encarnación planeó un viaje al mar, que casualmente coincidía con el pueblo natal de un hombre con el que hablaba por internet. Se conocieron y comenzó entre ellos una historia de amor apasionada, con noches mágicas junto al Mediterráneo. Poco después ella se mudó con él y las mellizas empezaron a ir a clase en esa ciudad. Por desgracia, la relación no duró mucho; él decidió que mudarse y casarse no le convenía, lo que llevó a que rompieran. Pese a todo, Encarnación eligió quedarse en esa ciudad, pues le había cogido cariño. Su hijo mayor optó por irse a vivir con su padre, y Encarnación respetó plenamente su decisión.
Para entretenerse y no aburrirse, se inscribió en una página de citas y conoció a muchos hombres. No buscaba algo formal, simplemente disfrutaba de la vida. Un día conoció a Pedro, un hombre un año menor que ella, que siempre había vivido en la misma ciudad. Conectaron inmediatamente y, tras diez meses, se casaron. Pedro no tenía hijos, y juntos tuvieron una hija. Ahora disfrutan de su propia casa, una finca y hasta una pequeña granja. Es digno de admirar cómo sus sueños y aspiraciones han coincidido casi sin necesidad de hablarlo antes; todo ha encajado de manera natural.
Al escuchar la historia de Encarnación, me he dado cuenta de que jamás hay que rendirse. Es fundamental cuidarse, quererse y desarrollar la autoestima. En vez de obsesionarse con los hombres o el matrimonio, hay que valorar la vida y no dejar que la tristeza se convierta en motivo permanente de derrota. Tener hijos nunca es un impedimento: siempre habrá quien te quiera y te acepte tal y como eres, pase lo que pase. Ámate y valora tu vida.






