Tres años de reformas sin visitas

Tres años de obras… y sin una sola visita

Adela dejó la taza en el alféizar y escuchó cómo Ramón se detenía en el pasillo. Lo sintió, de espaldas, aunque estaba de cara a la ventana. La pausa era de esas que te da tiempo a plantearte la vida.

Has dejado la taza en el alféizar dijo por fin. No preguntó. Afirmó.

Sí, Ramón. He dejado la taza en el alféizar.

Ahí la superficie está barnizada. El calor deja marca.

Lo sé.

¿Entonces?

Adela se giró. Él tenía cuarenta y ocho y aparentaba, ni más ni menos. Estaba en la puerta de la cocina, con una camiseta gris de estar por casa y el nivel en la mano. El nivel era su apéndice en los fines de semana, como quien lleva siempre el móvil.

Porque no tengo dónde más dejarla contestó ella. La mesa está cubierta con el plástico, la otra silla está patas arriba y el suelo del pasillo sigue pegajoso de la imprimación. Ramón, llevo tres años bebiéndome el té de pie, mirando por la ventana.

Él miró la taza. Luego a ella. Y vuelta a la taza.

Te pongo un posavasos.

No quiero posavasos.

Pero se va a quedar la mancha.

Pues que se quede.

Ramón entornó los ojos. Siempre miraba así cuando no sabía si ella hablaba en serio o le tomaba el pelo. Adela ya tampoco se aclaraba.

Ade, pero… empezó él.

Ya zanjó ella, como quien tira una piedra a un estanque. Ya, Ramón.

Él tardó en comprender. Repitió:

¿Ya, qué?

Que me voy a llevar mis cosas.

El silencio que se hizo sólo lo interrumpió el claxon resignado de un Seat en la calle. Ramón bajó lentamente el brazo, ya sin el nivel como si el mundo ya no se sostuviera.

¿Por el alféizar?

No. No por el alféizar.

Adela apuró el té y volvió a dejar la taza, con más intención que antes, bien plantada en el barniz.

Tenía cuarenta y cinco años. Trabajaba como contable en una pequeña asesoría, leía siempre antes de dormir y tenía en su oficina un cactus minúsculo, Félix, porque en casa no había ni una planta viva. Llevaba, además, demasiado tiempo para ser exactos, tres años sin invitar a amigas.

Se marchó al dormitorio.

Hace tres años, al comprar aquel piso de dos habitaciones en la quinta planta de un bloque de ladrillo en Chamberí, Adela era feliz de verdad. Lo recordaba vívido: ellos dos, de pie entre las habitaciones vacías con un gotelé de otra época, mirando los chopos del otoño, y pensaba: aquí. Este es nuestro hogar.

Ramón también era otro entonces. O eso le parecía. Iba con su metro, anotando milímetros en una libreta, con una chispa en los ojos que ella adoraba: la de quien no solo sabe lo que quiere, sino que lo hace con las manos.

Mira, Ade decía él, desplegando un folio cuadriculado. Aquí la zona abierta: la cocina-comedor, luego estanterías de obra hasta el techo, ¿ves? Y luces LED, con regulador de intensidad. Todo pensado.

Precioso decía ella, y lo decía de verdad.

Lo haremos nosotros, despacito, bien. Y solo una vez. Para toda la vida.

Ahí tenía que haber captado la indirecta. Porque para toda la vida era algo más que ahorrar en reformas.

Los primeros seis meses, era casi una aventura. Vivían entre las obras. Adela cocinaba en una vitro portátil porque el gas no estaba. Dormían en un colchón en el suelo, porque… ¿cama, para qué? Comían en platos de usar y tirar, porque el fregadero era una utopía. Incomodo, algo romántico y absolutamente tolerable. Esa fase.

Más tarde, todo empezó a moverse… como el subsuelo que avisa de que se va a agrietar el edificio.

Ramón reformaba cada fin de semana, a veces incluso pedía días libres para seguir. Era jefe de obra, y de materiales y técnicas sabía lo que no está escrito más que la mayoría de reformistas de profesión. Eso era bueno. O, en ese momento, lo parecía.

El problema no era la falta de conocimiento.

El problema era que no sabía parar.

Al principio, Adela no lo notó. Hasta que unos ocho meses después, su amiga Lucía, tomándose un café, preguntó:

¿Y entonces, cuándo estrenamos tu pisito? Dijiste que ibas a invitarme a cocido.

Nada, un poquito más respondía Adela. Ramón dice que para Nochevieja, seguro que está.

Pasó Nochevieja entre andamios. No invitaron a nadie porque en el salón había herramientas y pladur a patadas. Comieron ensaladilla rusa solos en una cocina casi acabada. Casi.

Ramón, ¿el año que viene hacemos algo en condiciones? preguntó Adela, sirviendo cava.

Por supuesto dijo él. Acabo el techo, pongo el parquet y montamos una.

El techo lo terminaba en marzo. Pero entonces surgió que había que rehacer la fontanería del baño porque el fontanero la había dejado fatal. Luego tocaba el cerramiento del balcón: encontró, midiendo con una galga, una rendija de tres milímetros.

Adela aún tenía gracias para contar: Mi esposo lucha contra los tres milímetros. Y las amigas reían. Y ella reía con ellas. Era divertido. Hasta que dejó de serlo.

Empezaron desde cero el parquet en mayo, ya con las ventanas abiertas, para que ventilara. Adela cargaba lamas, pasaba la aspiradora, iba y venía de la ferretería. Ramón callado y concentrado como un cirujano. Repasando filas con el láser, varias veces desmontando y montando de nuevo porque el hueco no era perfecto.

Si apenas se nota, Ramón suplicó ella en una ocasión.

YO lo noto sin separar la vista del suelo.

Aquella fue la primera vez que Adela sintió una incomodidad nueva. No enfado. Simplemente, se detuvo en seco. Observando la nuca inclinada de Ramón, tuvo la impresión de que comprendía algo crucial, pero aún no sabía el qué.

El parquet acabó en junio. Y quedó espectacular: roble claro, precisión, líneas limpias. Adela acarició las lamas:

Es precioso.

Falta darle el barniz adecuado. Ya lo he visto, uno alemán, resistente a rayones.

¿Cuándo?

La semana que viene.

Pero la semana que viene detectó que el rodapié bailaba medio milímetro en una esquina. Así que, barniz… para otro día.

En ese mes de junio, Adela llamó a Lucía y se citaron en una terraza. Tomaban té con hielo y Lucía soltó:

¿Y vosotros qué, cuándo hacemos la inauguración?

Pronto respondió Adela. Y se quedó callada.

¿Ha pasado algo?

No. Bueno… Lucía, creo que nunca va a terminar.

Hombre, todos son iguales, lo alargan hasta el infinito.

No, no alarga. Es como si… no quisiera acabar nunca. Como si, mientras la casa no está lista, todo lo demás tampoco tiene que estarlo: ni las visitas, ni los muebles, ni la vida normal.

Lucía la miró seria.

¿Se lo has dicho?

Lo intento. Siempre responde que queda muy poco y después, será perfecto.

¿Y tú quieres perfecto?

Adela guardó silencio.

Quiero un hogar. Solo eso.

Aquella noche, Ramón le mostró catálogos de colores para las paredes. Desplegó una veintena de muestras en la mesa: todo blanco, pero cada uno, dice él, con un matiz distinto.

Mira explicaba, este es blanco cálido, este frío, este con un punto azulado. Parece poco, pero con luz natural cambia. Yo creo que éste.

Señaló uno. Para Adela, todos blancos, sin más.

Ramón suspiró, me da igual.

La miró como si hubiera hablado en chino.

¿Cómo que te da igual? ¡Si aquí viviremos!

Eso, viviremos… Gente viva, en una casa, sin distinguir matices de blanco en las paredes.

Los distinguen, aunque no lo sepan.

Haz lo que quieras cedió ella, agotada.

Y lo hizo. Lo hacía siempre. Así, poco a poco, dejaron de preguntar su opinión. No por maldad, sino porque no servía de nada. Si ella decía me gusta este azulejo, él le desgranaba las propiedades técnicas del otro. Si ponemos aquí el sofá, él tenía un plano en una app de móvil que demostraba lo contrario. Y así, dejó de decir me gusta. ¿Para qué?

En octubre del segundo año vino de visita su colega Nico de Valencia. Llamó, avisó, pidió cama para una noche. Adela se puso contenta. Compró viandas buenas, sacó la vajilla buena, hasta limpió el polvo del comedor.

Ramón le dijo que Nico no podía quedarse, que estaban de obra en la habitación.

En la habitación no se hacía nada. Había una cama hecha y el armario montado, lo sabía.

Ramón le dijo después de oírle colgar, ¿qué obras hay ahora en el dormitorio?

Se lo pensó un poco.

Tengo que rehacer un trozo del suelo. Con ese olor, Nico no dormirá bien.

¿Qué olor? No huele a nada.

Ade, la gente no tiene por qué ver un piso en este estado.

¿En este estado?

Sin acabar.

Adela lo miró y sintió el suelo moverse. No en sentido figurado, literalmente. Porque lo entendió. Él tenía vergüenza de su propia casa, la que él rehacía, porque no era la de su cabeza, la ideal. Por ese motivo mentiría a un amigo.

Vale dijo ella. Nada más.

Nico vino igualmente, cenó con ellos un rato y se fue luego a un hotel. Adela se quedó sola en casa. Comiendo sola.

Esa noche Adela miró el techo blanco, sin fisuras, recién pintado, perfecto. Ni una visita en dos años.

En invierno, la madre de Adela enfermó. No serio, una gripe, pero ella cruzaba Madrid dos veces por semana para cuidarla. A veces se quedaba a dormir. Ramón no protestaba andaba liado con una pintura especial para el balcón.

Un día llegó antes y se lo encontró en el suelo del pasillo mirando fijamente lupa en mano el rodapié.

¿Ha pasado algo? preguntó quitándose el abrigo.

Un hueco contestó sin levantar la cabeza.

Ya no preguntó cuánto: ya sabía que era de milímetros.

Ramón, ¿has comido hoy?

Silencio.

¿Desde el desayuno?

Algo tomé.

Ella fue y cocinó unos macarrones, un huevo a la plancha. Él entró, se sentó en silencio, miró la comida.

Gracias.

De nada.

Comieron callados. Afuera nevaba. En la mesa, desparramado, un catálogo lleno de herrajes.

Ramón dijo ella.

¿Mmm?

Cuéntame algo. Que no sea de obras.

Él la miró, como si le pidiera que hablara en esperanto.

¿El qué?

Lo que quieras. Cómo te ha ido el día. Qué piensas. Qué te preocupa. Algo gracioso. Cualquier cosa, menos huecos y materiales.

Él lo pensó. De verdad se lo pensó. Adela vio el esfuerzo.

Hoy en la obra uno echó la solera sin mallazo. Lo eché.

Eso es del trabajo.

Bueno, sí.

¿Y ya está?

Más silencio. Ella vio cómo rebuscaba en su mente, sin hallar nada ajeno a albañiles o yesos.

No sé… Nada, supongo.

Y esa noche pensó: ¿cuándo ocurrió? ¿Cuándo aquel hombre se volvió solo funcional? ¿O siempre lo había sido y no se dio cuenta? No, recordaba otro Ramón. El que señalaba en la noche las constelaciones, de camino a Cantabria en su viejo R5. Le explicaba: esa es Casiopea, esa la Osa Mayor, aquellas las Pléyades, ¿las ves?. Y las veía.

¿Dónde están ahora las Pléyades?

En el tercer año dejó de decir a las amigas que pronto acababa la reforma. No era verdad. Siempre había otro detalle. La baldosa de baño no era suficientemente resistente, la pintura cambiaba de tono, el tirador bien pero la bisagra rozaba con el frío… Cada imperfección era el inicio de una nueva vuelta al infierno.

Adela compró una lámpara de mesilla. Vistosa, con pantalla de tela. Puso en su lado de la cama. Cuando Ramón la vio, murmuró:

¿Y eso?

La he comprado.

¿Para qué? ¿No íbamos a poner focos en el techo?

Yo quiero leer.

Los focos serán mejor.

¿Cuándo?

No contestó.

Exacto apuntó ella, serán algún día. Pero yo quiero leer hoy.

La lámpara duró una semana. Luego él puso un flexo de metal junto, por la luz. La lámpara de Adela fue desplazada al rincón, luego a una estantería. Finalmente, apareció en el trastero al lado de un bote de imprimación.

Ella la recuperó de vuelta a la mesilla.

Ramón la volvió a quitar.

Ella, de nuevo a la mesilla.

Sin decir nada.

La lámpara permaneció. Una pequeña victoria y una pequeña tragedia. Porque en una casa normal, eso solo sería… una lámpara.

En primavera del tercer año, en abril, Adela le escribió a Lucía en horario laboral:

¿Te apetecería ir de escapada? No sé, a un balneario, a la sierra. Solo unos días. Sin maridos.

Lucía contestó al instante: ¡Por supuestísimo! ¿Cuándo?

Se fueron en mayo, cuatro días. Adela se pidió vacaciones. Ramón ni protestó. Andaba rehaciendo el baño absorto como un monje zen.

El hostal era de los corrientes: muebles de madera maciza, colcha florida y una ventanita por donde olía a bosque húmedo. Todo viejo, imperfecto, lleno de arañazos y pequeños desperfectos. Y allí Adela fue feliz. Tan feliz, que la primera noche, tumbada en la cama de colcha floreada, mirando la grieta que tenía el techo junto a la bombilla, rompió a llorar.

Lucía, en la cama de al lado, no preguntó. Solo estuvo.

Vivo en un museo dijo Adela mirando el techo. En un museo bonito, perfecto, pero muerto.

Silencio. Luego Lucía:

¿Se lo has dicho?

Sí.

¿Y…?

Él siempre responde que en nada se arregla todo. Solo un poco más.

¿Y terapia? ¿Vuestro problema es terapia, no albañilería?

Ramón dice que la terapia es para quien tiene problemas de verdad. Lo suyo es solo una reforma.

Y Adela pensaba: esto es lo que me faltaba. Una ventana abierta, el bosque y la grieta en el techo. La colcha hortera, comprada por antojo, no por cálculo. Vida.

Volvió a los cuatro días. La casa olía a mortero fresco. Ramón la recibió y fue directo al baño a enseñarle una nueva hornacina por pura simetría, porque antes el lado derecho era centímetro y medio más ancho.

Ella asintió, se cambió de ropa y se tiró en la cama a mirar el techo. Perfecto. Otra vez.

En junio, una conversación se le quedó grabada. Era domingo, ocho de la tarde. Ramón barnizaba algo en el trastero. Adela preparaba la cena y oía ruido de cinta adhesiva, cosas que se movían de un lado a otro.

¡Ramón! llamó.

¿Qué? se oyó entre las paredes.

La cena está lista en veinte minutos.

Valeeee.

A los veinte minutos, no vino. Ni a los cuarenta. Adela llamó a la puerta.

Se enfría.

Cinco minutos.

Cinco minutos después, nada.

Cenó en solitario. Recogió. Lavó platos. Él apareció a las diez y media, vio la mesa vacía.

Se me fue el tiempo dijo.

Ya.

¿Te caliento algo?

Hazte tú la cena.

Ella se fue al dormitorio. Cogió un libro. Fingía leer. Al entrar, él preguntó sin mirarla:

Adela, ¿eres feliz?

Pausa.

Bueno… creo que sí.

¿Seguro?

Ade, ¿qué pregunta es esa?

Una normal.

Él se tumbó. Silencio. Luego compartió sus planes: acabar el trastero, luego aislar el balcón, y así la casa estaría terminada.

Ella cerró el libro.

¿Sabes que, al responderme, no has contestado a lo que te pregunté?

¿Por?

Te he preguntado si eras feliz y tú me has hablado del balcón.

Él no supo qué decir.

Buenas noches dijo ella.

Buenas noches.

Tardó en apagar la luz. Escuchó el silencio: perfecto, como el techo.

Ese fue el momento que recordó por la mañana, al dejar la taza en el alféizar. Entendió que el ya llevaba tiempo gestándose; solo hacía falta una taza para hacerlo visible.

Hizo las maletas sin lágrimas y con mucha precisión. Cogió solo lo suyo: libros, neceser, ropa, la lámpara de tela, el DNI, cargador del móvil y el cactus Félix. Ramón nunca dijo nada sobre el cactus. No dejaba huella.

Ramón la observaba desde la puerta del dormitorio.

Ade.

¿Qué?

Hablemos.

¿De qué?

Pues… te vas.

Sí.

¿Por la taza?

Ramón, por favor… Lo sabes perfectamente.

De verdad que no lo entiendo.

Ella paró un instante. Lo miró. Él, sin nivel en la mano al fin, parecía perdido. Realmente perdido. Algo que ella no había visto hacía eones.

Ramón, llevamos tres años aquí.

Sí…

No hemos hecho ni una sola cena con invitados. Ni una. En tres años.

Porque el piso aún no…

Porque el piso nunca está acabado. ¿Lo comprendes?

Él callaba.

Siempre habrá algo que mejorar. Es tu naturaleza. No es malo en sí. Pero yo no puedo más. No quiero vivir en una obra perpetua.

Pronto…

No. Fue suave pero firme. No es cuestión de esperar un poco más. Es que llevo tres años siendo invitada en mi propia casa. Andando de puntillas. Con la taza en la mano, con la lámpara en la mesita. Sin invitar amigas porque te daba vergüenza el estado de obra. Yo…

Se le quebró la voz. Respiró hondo.

Yo lo que quiero es vivir. Con rayones en el parquet, manchas de café y domingos con gente en casa. Con tu chaqueta vieja tirada en la silla. Lo normal de un hogar. Y aquí… no es un hogar.

Él tardó en responder. Entonces, muy bajo:

¿Adónde vas?

A casa de mi madre, de momento.

¿Por mucho?

No lo sé.

Cerró la cremallera, cogió a Félix, pasó de largo sin mirar el suelo perfecto.

Ade… musitó a su espalda.

¿Qué?

Yo… No sabía que era para tanto.

Sí lo sabías. Simplemente, no pensabas en ello.

La puerta se cerró con un click casi sordo. Muy cuidado. Como todo, allí.

Ramón se quedó. Un minuto en el pasillo, luego al salón. Se sentó en el sofá. Ese sofá que tardó tres meses en decidir tela. Tela dura, que no atrapa motas. Miró alrededor.

El piso, sí, era bonito. De verdad. Paredes color crema, parquet sin una sola grieta, techo sin costuras, estanterías simétricas. La luz perfectamente distribuida. Baño de catálogo.

Lo vio todo y sintió algo raro. No era orgullo. Era un vacío pegajoso, más arriba que el estómago.

En la estantería seguían algunos de sus libros. Miró uno, otro. Hace cuánto que no veía a Adela leer, de verdad, en el sofá, no escondida de noche.

Se levantó. Fue a la cocina. La taza seguía en el alféizar. Sin marca alguna.

La lavó y la puso en el escurreplatos. Y se fue al dormitorio. Al techo perfecto. Por primera vez, se tumbó vestido. Miró el techo.

Perfecto.

Se quedó allí una eternidad. El tiempo dejó de pesar. Luego, al trastero: botes de pintura, herramientas alineadas, todo en orden. Nada de más. Solo él.

Por la noche cenó lo que pilló, sin sabor. La casa era un silencio absoluto. Ni ruido, ni mirada, ni trabajos a medias. Nada.

Intentó ver la tele: nada. Quince minutos de película, y la apagó.

Cogió el móvil y el contacto de ella. No llamó. Pensó.

Pensó, no en cómo traerla de vuelta, sino en lo que ella decía. Lo de la lámpara, los invitados, el ser una invitada en su propia casa. Aquello le golpeó. Invitada.

Recordó a Nico. La mentira de la obra en el dormitorio. ¿Por qué? Ni entonces supo darse respuesta. No está lista la casa, eso se decía. Pero era hueco: hacía tiempo que era perfectamente habitable. Solo que no era su ideal. No la que se prometió.

Había jurado no parar hasta tener LA casa. Y así seguía: persiguiendo el horizonte. Por más que uno camine, nunca se alcanza.

Adela lo había entendido. Él, no. O no quería.

Prendió todas las luces del piso. Miró cada rincón. En las estanterías, todo cuadriculado. Pero en una, justo en medio, seguía aquel corazón de cristal anaranjado y torcido que Adela compró en El Rastro un domingo. Él le soltó: ¿Sólo va a coger polvo? Ella contestó: Me gusta. Y ahí quedó.

Cogió el corazón en la mano.

Estaba cálido. O eso le pareció.

Pensó en ello durante tres días. Tres días vagando. Ni comía ni dormía bien. En la obra, erró un cálculo. El jefe le preguntó: ¿Todo bien, Moncho? Dijo que sí.

Al cuarto día, le mandó un mensaje.

Ade, ¿puedes hablar?

Ella contestó al rato: Sí.

Llamó. Al segundo tono, contestó ella.

Hola saludó él.

Hola.

¿Qué tal?

Bien. En casa de mamá todo bien.

Pausa. Notaba su respiración, sin saber por dónde empezar. Nunca supo cómo empezar estas cosas.

Ade, estos días he pensado…

Ya lo veo.

¿Ya sabes lo que diré?

Más o menos.

Adela, creo que me he equivocado. He… elegido mal. No, peor: confundí prioridades.

Ella callaba.

Lo de los invitados. Lo de la lámpara. Todo eso lo entiendo ahora. Entonces no. O fingía.

¿Y por qué me lo cuentas?

Porque quiero que vuelvas.

Silencio largo.

Ramón…

No ahora, lo sé. Solo quiero ser honesto. Me gustaría que volvieras. Y quiero intentar que sea distinto. No sé si podré. Pero quiero.

Pausa. Él la oía moverse, algo cambiaba de sitio, quizás una taza, quizá Félix el cactus.

¿Sabes que decir voy a intentarlo no basta? dijo ella.

Lo sé.

¿Sabes que no puedo volver a lo de antes?

Sí.

Creo que no lo entiendes. Sin enfados, pero lo digo de verdad. Ahora tienes miedo y dices lo correcto. Pero no puedes decidir cambiar así sin más. No es clavar un clavo.

Sé que no es un clavo.

¿Y, entonces, qué propones?

Pausa.

Empezar viéndonos. Hablar en persona. No por teléfono.

Vale aceptó ella. Nos vemos.

Se citaron en una cafetería discreta, lejos de aquella casa. El típico sitio con sillas cojas y pizarra con el menú. Adela, con su abrigo beige de siempre, un poco ojerosa, pero tranquila.

Pidieron café. Ramón la miró y pensó que hacía siglos que no la miraba así: simplemente, mirarla, sin repasar juntas ni esquinas.

¿Y tu madre?

Mejor. Se ha comprado plantas nuevas, tiene el balcón hecho un vergel. Le hizo ilusión tenerme allí.

Me alegro.

Silencio.

Ramón dijo ella, tienes que entender algo. El problema no es la reforma. Ni que quieras hacerlo bien. Eso está genial, de verdad. El problema es que confundiste el fin con el medio. Una casa es una herramienta para vivir, Ramón. No el objetivo en sí.

Sí.

¿De verdad lo entiendes o solo dices que sí?

Él cogió la taza, la sostuvo, la soltó.

No puedes saberlo. Ni yo sé cuánto podré cambiar. Solo sé que así ya no puedo. Que mientras estabas, todo parecía llevadero. En cuanto te fuiste, la casa se volvió bonita… y vacía.

Ella lo miró.

Bonita y vacía repitió.

Eso.

Bueno que lo hayas visto.

¿Vuelves?

Ella miró afuera. Llovía, tres viandantes apurados, una floristería con tulipanes vencidos por el viento.

Voy a probar dijo por fin, pero con condiciones.

Dílas.

Primera: un mes sin reformas. Ni un tornillo, ni un catálogo, nada. Vivir tal cual.

De acuerdo.

Segundo: el domingo que viene invitamos a Lucía y a Nico, aunque sea sólo a comer, si puede. En casa, tal como está.

Él asintió.

Tercero: si vuelves a poner el grito con cada rayón, te lo diré y tienes que escucharlo.

Vale.

¿Sabes que no es sólo hablar? Que esto es difícil de verdad.

Lo sé. Para mí será duro. Pero quiero.

Ella lo miró despacio, de esos que buscan lo auténtico bajo las palabras. Luego dijo:

Vale.

Volvieron andando, aunque chispeaba. No del brazo, pero cerca. Ella llevaba a Félix en el abrigo; él, el bolso. Bajo el portal, miró el edificio de abajo arriba, hasta el quinto.

Es bonito dijo ella.

Sí dijo él.

Subieron en el ascensor. Él abrió la puerta. Ella entró, fue directa al salón, puso a Félix en el alféizar. Sin posavasos.

Ramón miró el cactus encima del barniz.

No dijo nada.

Adela fue a la cocina. Cerró la puerta, ruido del hervidor, el agua cayendo.

Él se sentó en el sofá. Miró la estantería. El corazón de cristal seguía allí, desplazado unos centímetros.

No lo movió.

El domingo llamaron a Lucía. Lucía gritó ¡por fin! riendo a carcajadas. Nico no pudo venir, pero prometió pasarse otra vez. Lucía trajo un pastel, Nico mandó un vino, Adela cocinó el cocido famoso que debía hace tres años.

Pusieron la mesa en el salón. Ramón notaba las copas torcidas. Arregló una, luego se paró. Lo dejó torcido.

Durante la comida, risas. Lucía volcó su copa de Rioja y manchó el mantel. Todos lo vieron. Ramón sintió el pánico, miró a Adela.

Adela lo miraba. Sin susto, solo miraba.

Él cogió una servilleta, secó lo que pudo.

No pasa nada.

Lucía respiró. Adela sonrió, una pizca.

Al acabar, se quedaron horas charlando y riendo, y tomando café. Cuando se marcharon, era tarde. Adela fregó platos, Ramón secó. Callados, pero distinto.

El vino saldrá dijo él.

Quizá no respondió ella.

Da igual.

Adela le pasó otro plato.

Ramón…

¿Qué?

Hoy ha estado muy bien.

Sí. Ha estado bien.

Recogieron todo. Salón con tazas y el mantel manchado. El corazón de cristal. Félix en el alféizar.

Ramón miró todo. Pensó que por la mañana sacaría el mantel a remojo. Que el cactus, sin un plato bajo, marcaría el barniz. Que una taza estaba torcida.

Pero hoy, Adela se rió dos veces. Una con la historia del gato de Lucía; otra con un brindis fallido de Nico. Reía como hacía tiempo. Él la vio y pensó: sí, es ella.

Adela se fue al dormitorio. Se paró un momento en la puerta.

¿Vienes?

Ahora voy.

Una vez más miró el salón. La mancha de vino, el cactus, el corazón.

Apagó la luz.

Se tumbó a su lado. Ella leía. Su lámpara, la de la pantalla de tela, seguía en la mesilla.

Ade.

¿Mmm?

¿Me escuchas cuando hablo de huecos y milímetros?

Ella bajó el libro y lo miró.

Te escucho.

¿En qué piensas cuando hago eso?

Ella lo pensó. Sinceramente.

Pienso que en esos momentos, estás lejos.

Sí admitió él. Supongo.

Ella volvió al libro.

Él pensó que no sabía si aquello funcionaría. Tres años son mucho, algo cambió en ella y en él, como una grieta: se puede tapar, pero la pared ya no es la misma. Él lo sabía mejor que nadie.

Pensaba todo eso mientras el sueño lo vencía. Se dijo, justo antes de dormirse, que por la mañana pondría el platito a Félix, porque si no, el barniz

Abrió los ojos.

El techo, el mismo: perfecto. Sin grietas.

A su lado, Adela pasaba página en silencio.

Y pensó: Félix puede esperar al platito. Hasta mañana.

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