Con la llegada de la primavera, mis padres empezaron a considerar seriamente vender la casa de campo. Eran ya mayores y la salud no les acompañaba para seguir ocupándose del huerto. Yo, la hija mayor, ya tenía mis propios hijos y trabajo, y apenas disponía de tiempo para ayudarles. Ellos, pensionistas, lo pensaron mucho, pero finalmente se decidieron.
Yo, Carmen, sentí alivio. Ya no tendría que sentirme culpable por no poder echarles una mano con el huerto, sobre todo teniendo en cuenta la distancia: la casa estaba en las afueras de Ávila. Más de una vez les había sugerido que la vendieran y, a cambio, podríamos buscar una parcela más cerca de casa, aquí en Salamanca. No quería pasar los fines de semana con la azada en la mano. Prefería un lugar donde leer tranquilamente, hacer una barbacoa, disfrutar con los niños. Pero para mis padres, la casa era fuente inagotable de conservas.
Los fines de semana volaban para mi marido y para mí. Entre el trabajo y la familia, apenas encontrábamos hueco para nada doméstico. Él tenía un puesto en una empresa de Madrid que le obligaba, a veces, a acudir incluso los sábados. Sabía perfectamente que esa propiedad traía más trabajo que descanso. Después de cada visita, necesitábamos casi más vacaciones para recuperarnos.
Por eso, recibí la noticia de la venta con alivio. Cerramos ese capítulo y durante unos años vivimos tranquilos. Pero, pasados un par de años, me volvió a rondar la idea: seguía soñando con tener un terreno para descansar sin obligaciones. Mi marido, Javier, también lo veía posible.
Con el horario de trabajo ya más estable, los fines de semana eran nuestros, y creímos que sería bueno para los peques tener un espacio al aire libre. Decidimos que nada de huertos; como mucho, unos naranjos y arbustos de moras para que los niños cogieran fruta. Se lo dejamos claro a mis padres: esta sería una finca sólo para el ocio. Todos lo aprobaron, y nos pusimos a buscar opciones.
Después de muchas visitas entre Segovia y Valladolid, dimos con la ideal: una casita sólida, con lo justo de plantaciones y árboles. El vendedor era un anciano, don Ramón. Su mujer había fallecido hacía ya años y él no podía ocuparse del terreno, así que decidió venderlo.
Firmamos los papeles, pagamos los 23.000 euros y la finca pasó a ser nuestra. Yo estaba exultante, mi pequeño gran sueño hecho realidad. La casa no necesitaba reformas urgentes y podíamos mejorarla poco a poco. Dedicamos las vacaciones de verano a estrenarla, disfrutando sin más preocupaciones.
La primera semana fue perfecta. Pero entonces, don Ramón empezó a aparecer por allí diciendo que venía a recoger algunas cosas que le faltaban. Nadie se opuso. Hasta que empezó a quejarse. La primera discusión fue por un arbusto seco que habíamos quitado. Luego protestó por el laurel, que tampoco nos servía.
Decía que nunca habíamos hablado de quitar esas plantas, que él y su esposa las habían plantado hacía décadas, ¡y que no podía creer que arrancásemos el madroño! Luego vio que donde antes había fresas ahora había piedras; era una rocalla decorativa que habíamos hecho.
No dejó rincón sin reproche. Finalmente, Javier, mi marido, perdió la paciencia y le dijo que habíamos pagado por la finca y que, según la escritura, todo era ya de nuestra propiedad. Nosotros decidiríamos cómo cuidar el terreno.
El acuerdo de venta no incluía visitas por parte del dueño anterior; de haberlo sabido, ni lo habríamos comprado. Don Ramón se fue en silencio, aunque al día siguiente volvió cargando un nuevo arbusto, dispuesto a plantarlo en el hueco del viejo laurel.
Javier se lo echó en cara y hasta le ofreció devolverle el dinero con tal de dejarlo todo como antes. Don Ramón lo rechazó, pero aun así plantó su arbusto. Al rato pasó una vecina, Rosario, y se sorprendió de ver al antiguo propietario por allí. Cuando él empezó a quejarse de nosotros, la vecina nos defendió y dijo que estábamos en nuestro derecho, pero lamentó que el anciano fuera tan terco.
Aprovechó para contarnos que Ramón había discutido con casi todos los vecinos desde que enviudó, y que era improbable que nos dejase en paz. Nos recomendó ponerlo en conocimiento de la comunidad de vecinos para que intentaran razonar con él.
Durante la conversación, don Ramón ya había plantado su arbusto y se había marchado. Volvió para recoger más trastos, hacía alguna cosa en el terreno y desaparecía sin palabra.
Una mañana, Javier, que trabaja en una constructora, compartió el problema entre sus compañeros. Ellos, riendo, dijeron que la finca venía con suegro incluido, pero se ofrecieron a ayudar. Nos pusimos manos a la obra y cercamos la finca.
Don Ramón, al volver días después, se encontró la verja cerrada. Gritó, intentó colarse, y al final fue directo a quejarse a la comunidad. Pero allí ya sabían lo que pasaba, y tras hablar con él no sé qué le dirían don Ramón dejó de molestar. Sólo volvió una última vez, para recoger sus últimos enseres, y desde entonces disfrutamos por fin de la finca que siempre quisimos.





