Después de una guardia nocturna interminable, Lucía arrastraba los pies por las aceras empapadas de Madrid. Los vientos fríos que habían azotado durante semanas se transformaron en un aire tibio, y cada día caía nieve blanda como nata montada sobre las calles. Bajo ese manto, se ocultaban charcos de hielo traicionero, y Lucía no paraba de resbalar, sintiendo que su cansancio era ya parte de un hechizo invernal. Toda la noche había estado atendiendo urgencias: un niño pequeño con apendicitis, una abuelita con la cadera rota. Como si todos esperaran a que llegara la noche para llamar a una ambulancia. Lucía apenas podía mantener los ojos abiertos y soñaba con su cama, con caer pesadamente sobre las sábanas.
Pero justo cuando contaba los pasos para llegar a casa y soñaba despierta, de los ladrillos húmedos de un edificio de Lavapiés se desprendió una figura, casi fundiéndose con la niebla. Lucía detuvo la marcha al cruzarse con el hombre, un desconocido de mirada desbordada y ropa ajada, como si su ropa hubiera sido robada de una película de otra época. El rostro tenía arañazos y moretones, y parecía un vagabundo, o tal vez un corsario de otra era.
Por favor, ¿puedes ayudarme?. Su voz era como un eco en una caverna.
Lucía, que trabajaba de enfermera, no pudo ignorar aquel tono de súplica; era como accionar el freno de emergencia de un tren en marcha. Se obligó a parar, aunque en su interior sólo sentía deseos de seguir adelante.
Me… el hombre se tocó la cabeza y cerró los ojos por un instante, como queriendo espantar a los demonios de Morfeo. Me han tirado del tren. Tuve suerte de que hubiera tanta nieve. He caído de bruces, pero sin romperme nada.
Hay que beber menos, reaccionó Lucía, intentado esquivarlo.
No he bebido. Sólo un té. Alguien puso algo extraño en mi vaso. Me dormí de inmediato. Me robaron todo. Hasta la ropa. Al menos me dejaron algo y no me lanzaron desnudo. Y me dejaron cerca de vuestra estación.
Pues ha tenido suerte. Debe ir a una comisaría y a un hospital. ¿Le duele la cabeza? ¿Náuseas? Posible conmoción cerebral, diagnosticó Lucía, pegada al protocolo, ladeando el cuerpo para seguir andando.
Ya he estado en la comisaría. Bajó la voz, como si confesara un secreto. El siguiente tren no sale hasta dentro de horas. Y en la comisaría no me apetecía quedarme esperando. Mis ladrones no los encontrarán. En el compartimento viajaba conmigo un anciano, aspecto de catedrático, gafas, barba de chivo. Pero la policía dice que todo era falso. Barba postiza y gafas de pega. Y seguro que tenía cómplices. Así que, en el fondo, no ha sido para tanto. Si pudiera ducharme y cambiarme de ropa… La ropa la devolvería después.
Vaya, ¿y también quiere las llaves donde guardo el dinero?se indignó Lucía.
A todos les parezco un peligro. Nadie me cree. ¿Por qué será?. Alzó el rostro al cielo, suplicando a una lluvia invisible. Por un momento, la compasión pudo más en Lucía. Se le notaba que, aunque su apariencia era desastrosa, sus palabras no eran las de un sintecho.
Venga, suba. Al menos así no cogerá una pulmonía. Ya pensaré qué ponerle.
Gracias. Eres muy amable. Los demás me han huido. El hombre la siguió.
Lucía entró en el piso, se sentó en el taburete del recibidor y se quitó los zapatos chorreando. Sus piernas vibraban de agotamiento. Señaló con la cabeza la puerta estrecha del baño.
Entre y dúchese. Busco ropa para usted. ¿Cómo se llama?
Me llamo Francisco.
Francisco se encerró en el baño y, tras unos segundos, el agua empezó a correr, llenando la casa con su rumor. Lucía suspiró resignada, despidiéndose de su siesta. Su hermano hacía años que vivía en Barcelona, pero alguna ropa suya quedaba todavía. “Bueno, no pasa nada, no se va a notar.” Preparó un conjunto y se acercó al baño.
Mientras el microondas calentaba un plato de caldo, Lucía calculaba en sueños cómo explicarle esto a su madre, si aparecía. ¿Y si entraba y veía aquel hombre en el baño? Mejor que la detenga el tráfico o que encuentre charla con alguna vecina, rogaba Lucía a un dios de los trámites. Pero los santos estaban ocupados y la cerradura de la puerta chasqueó.
¿Lucía, has vuelto ya? la voz materna llegó clara. Lucía salió a la cocina. Pensé que eras tú duchándote. Entonces, ¿quién está en el baño? La mirada inquisitiva de su madre nunca fallaba.
Ha perdido el tren. Lo han robado. Ahora se está lavando y se va.
¿Y la ropa vieja de tu hermano? ¿Qué ha pasado exactamente?
Ya te lo he dicho. Lo han dejado sin nada. Vino a pedir ayuda.
Dios mío, traer a un desconocido a casa… ¿Y si es un ladrón o un loco? ¿Llamo a la policía? La voz de la madre sonaba como un reloj antiguo a la medianoche.
Ya estuvo en comisaría, susurró Lucía. Está esperando el tren.
Se hizo el silencio. La ducha paró, la puerta se cerró y Lucía supo que Francisco había recogido la ropa. Su madre se sentó, mirando hacia la entrada, esperando, en guardia. Poco después, Francisco apareció tímidamente.
¿Y cómo a un hombre fuerte como tú te roban a plena luz?preguntó la madre, escudriñándolo como a un cuadro.
Disculpe la molestia. Iba a la boda de mi hija en Santiago de Compostela. Alguien drogó mi té en el tren nocturno y me lo quitaron todo. Me vestí con harapos y me lanzaron fuera, cerca de aquí. No tengo teléfono, ni documentos, ni dinero. Levantó las manos, rindiéndose al destino.
¿Y cómo acabaste aquí, tan lejos de Chamartín?insistió la madre.
Mamá, deja que coma tranquilo. protestó Lucía. Siéntese, Francisco, prepare el estómago.
Lucía, siempre recogiendo gatos en la calle. Ahora son hombres caídos de trenes. Pero empujó la silla para que Francisco se sentara.
Coma. Pero tenga cuidado: si le agrada a mi madre, no saldrá de aquí con vida. Lucía no pudo evitar el sarcasmo.
Eso, como no paras en la casa y en el hospital solo hay ancianos. Ya tienes casi treinta años, hija, y ninguna perspectiva. ¿Cómo voy a descansar en paz si tú no estás asentada?
Mamá, que no le vamos a buscar novia. Fue una broma, no se asuste. Lucía calmó a Francisco.
Ay, hija…y su madre se retiró refunfuñando.
Tiene una madre muy seriacomentó él. ¿Cuánto tiempo lleva sola con ustedes?
Toda la vida. Nos crió sola. Tiene miedo de que acabemos solas, como ella.
Ah, y usted, ¿es médica?
No, enfermera. ¿Pero cómo va a volver a Santiago sin documentación ni dinero?
La policía dijo que me ayudarían. ¿Puedo usar su móvil? Quiero avisar a mi hija.
Espere, aquí lo tiene.
Lucía fue a buscar el teléfono. Encontró a su madre vaciando una cajita de anillos y collares.
¿Qué haces, mamá?
¡Calla! Por si resulta ser realmente un ladrón. Murmuró la madre, encaminándose al piso de la vecina.
Lucía ni discutió. Era inútil.
Francisco llamó primero a su hija, y Lucía dedujo por su expresión que, lejos de disgustarse, la joven se lo tomó con frialdad. Después hizo otra llamada y preguntó la dirección.
Vendrá a recogerme mi socio dentro de poco. Ni tenía que haber venido. No era bienvenido. Fue idea de mi hija, pero mi exmujer no quería verme. Arriesgué el cuello para nada. Francisco estaba desanimado.
¿Quién es usted, que viene un chofer a buscarlo?se sorprendió Lucía.
Francisco le caía bien. Con la ropa de su hermano parecía respetable, aunque le quedara ajustada.
Nada importante. Una pequeña empresa de reparaciones con un amigo. Nada grande. Al final me convenció para que no condujera. Qué mala idea el tren, mejor el avión. Perdone por caerle encima así, sin esperarlo. No se sabía si hablaba consigo o con Lucía.
Lucía lo miraba y pensaba que su madre tenía, quizá, razón. Imaginaba llegar a casa y encontrar a alguien esperándola, niños jugando y una vida ordenada. Pero ni perspectivas ni futuro. Una vez creyó haberlo encontrado. Leoncio se llamaba. Un día, al volver temprano, lo encontró enredado con su mejor amiga. Se acabó todo.
Eres una buena persona. Todo te irá biendijo Francisco, sacando a Lucía de sus meditaciones.
¿Y usted? ¿Por qué está solo, si parece tenerlo todo?
Las cosas no siempre encajan. Me divorcié. No tuve suerte. Ni la encontré tan amable como tú.
Bueno, ahora está agotada. Y yo aquí, impidiendo que duerma.
Siguieron conversando largo rato. Cuando la oscuridad empezó a colarse por las ventanas, un móvil sonó.
Será mi amigo. Bajando.
Ahora marchará y nunca sabré nada más de él. Los días monótonos volverán como nubes persistentes.
Gracias. He puesto mi número en tu móvil, como Francisco del tren. Imagino que no me llamarás, pero si necesitas ayuda, aquí estaré. La ropa la devolveré, no te preocupes. Y, por favor, da recuerdos a tu madre. Francisco dijo esto con ojos tristes, tanto que Lucía temió llorar.
Un hombre extraño y fugaz, y, sin embargo, no quería verlo marchar. Pero ella no era nadie, y él tampoco ya pertenecía a su vida.
Lucía sonrió. No vuelva a meterse en estos líos.
Nunca más. Ahora sólo coche o avión. Ni un tren más. Francisco sonrió.
Lucía miró cómo Francisco salía y, desde el umbral de sueños congelados, se detenía junto a un coche y le saludaba desde lejos.
Mañana ya se habrá desvanecido en mi memoria, pensó.
¿Ya lo has dejado ir?chilló la madre, al volver.
Antes te quejabas, ahora preguntas por qué lo dejo marchar. Lucía escondió su tristeza.
Es buen hombre, se nota.
¿Y por qué escondiste los collares?
Porque una a estas alturas ya no confía ni en la sombra. La madre suspiró.
Pasaron tres semanas. Madrid se vestía para la Nochevieja. A Lucía las horas le parecían irreales, como si todo hubiese sido un extraño sueño: Francisco, la nieve, la despedida. La guardia prometía ser tranquila. Una rama de abeto, pequeña y torpe, decoraba la sala del hospital. Los pacientes eran pocos, y lo más probable era que nadie quisiera venir esa noche de fiesta. Tiempo para dormir, para soñar.
Otra vez tú y yo de guardia, Lucía. El doctor Muñoz sonreía con esa mirada calculadora de cazador. Lucía sabía que no era casualidad. A Muñoz le gustaban las enfermeras jóvenes y no se le escapaba ninguna. Lucía fingía no darse cuenta.
¿Estáis aquí? ¡Madre mía, venid!. Era Margarita, la auxiliar. ¡Ha venido Papá Noel! De verdad, con regalos y todo, preguntando por ustedes. ¿Le dejamos entrar?
¿Papá Noel? Bueno, a ver quién viene tan generoso. Vamos, Lucía. Muñoz la condujo por el pasillo.
Al fondo se oía una voz retumbante. Con chaquetón rojo decorado con bordados, sombrero y barba blanca, Papá Noel alzaba su saco lleno de naranjas y dulces. Iba de sala en sala, repartiendo bondad y caos. Los abuelos reían, los enfermeros se hacían fotos. Una de las enfermeras pidió que Papá Noel pasara también por su planta, pero él se quedó mirando a Lucía.
No me llevo a mi Lucía. Abuelita, tienes que venir con tu propio Papá Noelse rió Muñoz, tomando a Lucía del brazo.
Al cabo de un rato, Papá Noel, ya sin disfraz, apareció. Lucía reconoció en seguida los ojos de Francisco.
Sabía que estabas de guardia. Quería alegrarte la noche. ¿He logrado sorprenderte?preguntó Francisco.
Por supuesto. Has dejado contentos a todos los abuelos. Lucía no podía dejar de reír.
Veo que hoy tendré que hacer la guardia solo. Muñoz fingió resignación. Ve con Papá Noel, Lucía. Disfruta.
No hizo falta más. Un mes después, Lucía firmó la renuncia en el hospital y se mudó a vivir con Francisco, esta vez a orillas del Cantábrico. Su madre, entre lágrimas y risas, decía: Por fin puedo descansar. Bueno, ¿y cuando lleguen los nietos, quién mejor que yo para echar una mano? Y decidió seguir viviendo.
Dicen que a lo malo se le llama destino, y a lo bueno, casualidad. Pero en el fondo, lo uno siempre va de la mano de lo otro, como en el reflejo de un sueño que, sin avisar, se hace realidad.







