Tras la venta del terreno, el abuelo llegó y estableció “sus propias reglas”.

Con la llegada de la primavera, a mis padres se les ocurrió la flamante idea de poner a la venta el terreno familiar. Ya estaban en la cuesta abajo de la vida y la salud no les acompañaba para cuidar el huerto. La hija, que criaba a sus niños, trabajaba a jornada completa y nunca tenía un respiro para echarles una mano. Tras mucho pensar, al final tomaron la decisión.

La hija mayor, Carmen, respiró aliviada: se acababan los reproches de toda la vida. Era un suplicio encontrar el hueco para hacer faena en el huerto, y más teniendo que pegarse la paliza hasta las afueras de Toledo. Varias veces Carmen había insistido a sus padres en vender. Así podrían comprar un terreno más cerca de casa, y no pasarse los sábados quitando malas hierbas. Un rincón para tomar el sol, leer un libro o hacerse un picnic, eso sí que era vida. Para mí, el terreno era simplemente la despensa de conservas.

Los fines de semana volaban para Carmen y su marido, Álvaro. Entre que él trabajaba sin horarios y podía surgir un encargo hasta los domingos, no quedaba ni un ratito para tareas del hogar. Carmen lo sabía perfectamente: aquel terreno traía más disgustos que días de descanso. Luego de pasar el fin de semana cavando, hubieran agradecido varios días de reposo.

Carmen celebró la decisión. Se vendió el terreno y durante unos años vivieron sin sobresaltos. Pero no tardó en aparecer el aburrimiento. Carmen empezó a soñar de nuevo con un trozo de campo para desconectar. Álvaro le sugirió que buscasen uno para ellos.

El trabajo de Álvaro ya era más estable; por fin podían escapar al campo los sábados y domingos. Además, sería bueno para los niños, aire puro y vitamina D. Se prometieron a sí mismos que nada de plantar hortalizas: sólo unos frutales y arbustos, para que los chavales tuvieran fruta. Avisaron a los padres de que el nuevo terreno sería para descansar; nada de bancales, ni quitar hierbajos. A todos les gustó la idea. Solo faltaba elegir el mejor terreno para la familia.

Tras revisar unas cuantas ofertas, dieron con el sitio perfecto cerca de Alcalá de Henares: una casita acogedora, con lo justo para disfrutar y vegetación suficiente. El vendedor era don Julio, un abuelo muy apañado. Sin esposa ya, no podía encargarse solo de la parcela y decidió vender.

Todo quedó zanjado y Carmen estaba más feliz que una perdiz: ¡habían cumplido el sueño! La casa estaba bien cuidada, habitable y no necesitaba de momento ningún arreglo de esos que te dejan tieso. Decidieron empezar a mejorarla en verano y así lo hicieron.

Pasaron la primera semana en pura tranquilidad. Hasta que el abuelo, don Julio, quien había vendido la casa, empezó a pasarse por allí. Decía venir a recoger cosas que aún tenía, lo cual ningún problema. Eso sí, empezó a poner pegas: primero con los arbustos desaparecidos que, por cierto, estaban más secos que la mojama. Luego la cala, que según él era indispensable.

Don Julio comenzó a reprochar que no había habido acuerdo para arrancar nada. Que él y su difunta esposa habían plantado el arbusto y que los arándanos eran sagrados. El remate fue cuando vio que donde antes había fresas ahora lucían piedras decorativas.

El abuelo recorrió toda la parcela, buscaba cualquier detalle para quejarse. Hasta que Álvaro no pudo contenerse y le soltó: Hemos pagado euros por este trozo de tierra, según las escrituras es nuestro, y nosotros decidimos si ponemos oro o berenjenas.

Y que en ningún contrato se decía que el antiguo propietario tenía derecho a seguir paseando y plantando, porque entonces ni de broma habrían firmado nada. Don Julio se marchó, pero a la mañana siguiente volvió, arbusto en mano, dispuesto a plantarlo donde antes había rosas.

Álvaro, ya con los ojos en blanco, le preguntó qué hacía. Don Julio propuso incluso devolverles el dinero y quedarse él con el terreno. Ellos se negaron, claro, pero el hombre clavó igualmente el arbusto. Entonces apareció la vecina, Pilar, sorprendida de ver allí al antiguo dueño. Don Julio empezó a quejarse de los nuevos propietarios. La vecina le dio la razón a Carmen y Álvaro: ellos podían hacer lo que les diera la gana con su terreno. Eso sí, comunicarle eso al pensionista era otra historia.

Poco después, Pilar contó que el abuelo ya se había peleado con todos en la calle. Desde que su mujer se fue, su comportamiento era un tanto peculiar. Nadie esperaba vivir en paz: él siempre volvía. Pilar quiso avisar a Carmen y Álvaro y propuso ir al Ayuntamiento para que alguien le explicara al abuelo cómo funcionan las leyes en España.

Mientras discutían, Don Julio plantó otro arbusto y se largó tan campante. Volvía a recoger cosas, hacía arreglos aquí y allá, y se marchaba sin avisar.

Por la mañana, Álvaro fue al trabajo, en una empresa de construcción, y contó su odisea. Los compañeros le dijeron que el terreno venía con regalo, pero se ofrecieron a ayudar: levantaron una valla de seguridad. Don Julio solo desapareció unos días, y cuando volvió, descubrí que ya no podía colarse por el terreno.

Refunfuñó, intentó entrar por donde pudo, luego fue al Ayuntamiento. Allí ya sabían que el abuelo no dejaba en paz a los nuevos dueños. No sé qué le dijeron exactamente, pero desde aquel día solo volvió una vez más para recoger el último cajón de sus cosas.

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Tras la venta del terreno, el abuelo llegó y estableció “sus propias reglas”.