Cuarenta y siete años. Casi medio siglo. Casi toda mi vida. Juntos atravesamos la juventud, la madurez, las enfermedades, las alegrías, las pérdidas y las victorias. Criamos hijos, plantamos árboles, construimos un hogar. Reímos cuando era difícil, nos sostuvimos de la mano en los hospitales, viajamos al pueblo de sus padres, elegimos juntos el papel pintado de la cocina, compartimos la muerte de mi hermano, el nacimiento de la primera nieta, la primera pensión. Y ahora, él estaba frente a mí, con un rostro indiferente, hablando como si fuera algo ajeno:
—Pido el divorcio, Verónica.
Mi corazón se encogió. El tiempo pareció detenerse. Lo miré sin entender: ¿era una broma? ¿Cansancio? ¿Un arrebato de senilidad?
—¿Qué? —susurré—. ¿Lo dices en serio?
Él me miró y… sonrió. La misma sonrisa con la que antes pedía perdón por los aniversarios olvidados. Pero esta vez no había arrepentimiento ni calor. Solo una indiferencia condescendiente:
—Vamos, Nica. ¿De verdad te sorprende? No puedes decir que todo entre nosotros marchaba bien.
Lo dijo con un tono sereno, plano, como si hablara del pronóstico del tiempo o de la factura de la luz.
—Ambos sabemos que lo nuestro se apagó hace tiempo. No queda fuego, solo costumbre. No quiero pasar mis últimos días en esta cárcel cómoda. Quiero… vivir. Sentir libertad. Ser yo. Quizá encontrar a alguien que me recuerde lo que es sentirse vivo.
Lo observé sin creer que esas palabras salieran de quien había compartido casi toda mi existencia. Como si se hubiera convertido en otro. En un extraño. Como si nuestros años juntos fueran un capítulo que decidió arrancar y tirar.
¿Cómo pudo? ¿Cómo guardó esa decisión todo ese tiempo sin decir nada? ¿Cómo podía borrar tan fácilmente las cenas a solas, las cartas cuando estuvo en el servicio militar, el primer televisor que vimos en casa de los vecinos, los nietos, nuestras peleas y reconciliaciones, aquel viaje a los Picos de Europa en nuestra juventud…?
Él seguía ahí, quieto, como esperando que asimilara sus palabras y accediera. Como si su decisión fuera un acto noble, una liberación mutua, y no una traición.
Algo se rompió dentro de mí. Rabia, dolor, desesperación, impotencia, miedo. Todo revuelto. Quise gritar, romper algo, agarrarlo de los hombros y obligarlo a recordar: cómo me sostuvo la mano cuando nació nuestro hijo, cómo lloró cuando murió su madre y solo yo estaba ahí, cómo nos reímos al caer al río desde la barca. ¿Nada de eso importaba ya?
Y él seguía hablando. De libertad. De nuevas oportunidades. Del tiempo que le quedaba y cómo no quería malgastarlo.
—Entiéndelo, estoy cansado de ser lo que otros esperan. No quiero ser solo «tu marido». Quiero vivir para mí, antes de que sea tarde.
No pude escuchar más. Salí a la calle. El aire parecía distinto, áspero. Como si hasta el cielo me diera la espalda.
Todo lo que conocía se derrumbaba. Nuestra casa ya no era un refugio. Nuestras fotos, simples recuerdos vacíos. Nuestros votos, palabras huecas. Me borraba de su vida como una línea innecesaria. Y yo le había entregado mi juventud, mi cuerpo, mi amor.
Ahora, cuando me miro al espejo y veo arrugas y canas, son también huellas de nuestra vida. De mi vida con él. Y él quiere olvidarlo, como si yo fuera una anciana que estorba en sus sueños de «libertad».
Se fue a recoger sus cosas. Sin prisa. En silencio. Yo me quedé sentada, sin palabras. Las lágrimas caían solas. Sin drama. Sin ruido. Simplemente fluían, como fragmentos del alma.
Pasaron tres días. Se marchó. Solo llamó a nuestro hijo para decirle que «papá se ha mudado». No sé dónde está, ni con quién. Quizá con esa persona que le «recordó cómo vivir». O tal vez solo, mirando al techo cada noche, recordando a quien dejó atrás.
Pero yo sé una cosa: no soy solo «la exmujer». Soy una mujer que vivió entregando amor y lealtad. Y si él no lo valora, que siga su camino.
¿Y yo? Me levantaré. Lento, con dolor, pero me levantaré. Porque mi vida no es un capricho suyo. Es mi historia. Y aún escribiré su siguiente página. Sin él. Pero con dignidad.






