Mira, te tengo que contar lo que leí ayer en un grupo de Facebook, que me dejó pensando toda la tarde. La historia va así: la madre de una chica, vamos a llamarla Lucía Jiménez, le dio un anillo que había sido de su abuela, María del Carmen. Pero, en vez de ser ese típico anillo antiguo con historia, era un diseño feísimo, sin ningún encanto y encima le quedaba enorme. Vamos, que Lucía jamás se habría puesto ese anillo, ni aunque le pagaran. Como para Lucía el anillo era suyo, pensó que tenía todo el derecho de hacer lo que quisiera con él. Así que fue a una joyería de Madrid, pagó algo de diferencia en euros, y lo cambió por una pulsera moderna que le encantó.
Toda contenta, llamó a su madre, Pilar, para contarle lo bien que le había salido el cambio, y ahí empezó la tormenta. Pilar se puso como una furia: ¿Pero cómo se te ocurre vender el anillo sin consultarme? ¡Eso no es solo un anillo, es una reliquia familiar! Lucía intentó defenderse, diciendo que le correspondía decidir porque ya era suyo, pero no había manera, su madre ni le dejaba hablar. Acabaron la llamada de malas y, cuando Pilar llamó de nuevo un rato después, Lucía estaba tan enfadada que ni le cogió el móvil. Al final, su madre le mandó un mensaje diciendo que, en realidad, el anillo no era un regalo, sino algo que simplemente debía guardar, como custodia de la familia.
¿Y para qué quiere Lucía algo que no puede disfrutar, ni regalar, ni vender, ni nada? La verdad es que la situación es un lío, y el comportamiento de Pilar me parece rarísimo. O se regala algo de corazón, o no se hace. Encima la abuela sigue viva, y la relación entre las tres es bastante tensa. ¿Qué clase de recuerdo es este?
Te juro que me hizo pensar muchísimo. Personalmente, no sería capaz de deshacerme de algo que sirviera de recuerdo familiar, aunque sea una joya cutre y parezca más un trasto que una joya preciosa. Al final, esas cosas llevan la historia de la familia consigo. Aunque el anillo nunca se use, está bien guardarlo, porque en unos años, los nietos curiosearán qué llevaban sus antepasados, y a saber qué estará de moda entonces. Todo vuelve. Y cuando la madre ya no esté, ese anillo será un recuerdo suyo y de la abuela, claro.
Pero Lucía prefirió algo moderno. Ya ni hablo de la calidad del oro de ahora, pero al menos podría haber encargado a un joyero de Burgos que le hiciera una pieza nueva a partir del anillo antiguo: así conservaría la memoria familiar y no tendría el anillo guardado como si fuera a criar polvo en el cajón. Es una forma de que la joya siga teniendo historia y se pase de generación en generación.
O mira, también podría haberse comprado una pulsera nueva, y dejar el anillo en paz, guardado para cuando toque.
Yo, sinceramente, entiendo a Pilar y su enfado. Creo que nunca se le pasó por la cabeza que Lucía no entendiera lo que significaba ese regalo: no es cualquier joya, es algo que se debe conservar. No se regalan cosas con historia para que acaben en una tienda de segunda mano. Y ni siquiera es apropiado vender un regalo normal, imagínate uno de la abuela.
Eso sí, hay que verlo también por el lado de Lucía. Ella quizá es de esas personas que no le dan importancia a los objetos, le gustan las cosas que usa de verdad, y lo demás lo suelta rápido. Total, en El Rastro hay montones de objetos familiares que acabaron siendo prescindibles. A veces pensamos si no será mejor vivir el presente y dejar de cargar con historias familiares que realmente no sentimos propias. Si Lucía no tiene ese vínculo, ¿de verdad hay que juzgarla por ello? Quizás tampoco su madre se tomó el tiempo de enseñarle esas pequeñas costumbres que dan sentido a los recuerdos.
No sé, es un tema más complicado de lo que parece. ¿Tú qué harías?







