Traición tras una taza de té: La historia de una mujer.

**Traición en una taza de té: La historia de Almudena**

Almudena caminaba hacia casa después del trabajo, con el alma ligera. Aquel día la habían dejado salir antes. Las calles de Alcalá de Henares respiraban el calor primaveral, y ella pensaba en cómo aprovechar esa tarde inesperadamente libre.

—¿Y si visito a Nuria? —le pasó por la cabeza—. Hace tanto que no nos vemos.

La decisión fue instantánea. Almudena entró en una pastelería por un pastel de cerezas y, media hora después, llamaba a la puerta de su amiga.

—¡Hola! —Nuria abrió la puerta, sus ojos brillaron con un destello astuto.
—¡Venía de visita! —sonrió Almudena, entregándole la caja con el pastel.
—Pasa, tengo una sorpresa para ti —dijo Nuria de repente, con un tono extraño en la voz.
—¿Qué sorpresa? —Almudena se tensó, pero, sin esperar respuesta, entró en la cocina. Allí se quedó petrificada, como si un rayo la hubiera alcanzado, al ver lo que Nuria llamaba «sorpresa».

—«Las amigas solteras no tienen lugar en la casa de una mujer casada», solía repetirle su abuela a Almudena. «Manténlas a distancia, no les abras el alma, o acabarás llorando lágrimas amargas».

Almudena siempre escuchaba los consejos de su abuela, y tampoco tenía muchas amigas. Algunas se disolvieron en el ajetreo de los años, otras se alejaron tras peleas, pero Nuria seguía siendo su compañera fiel. Su amistad, forjada desde primaria, llevaba casi cuarenta años. Juntas compartieron alegrías y penas: Almudena y su marido, Javier, criaron a dos hijos, enviándolos a estudiar a Madrid, mientras Nuria se enorgullecía de su hija Lucía y soñaba con su felicidad.

—«Mi felicidad no llegó, pero al menos que Lucía la encuentre», suspiraba Nuria con tristeza.
—No digas eso —la consolaba Almudena—. Lucía es lista, todo le irá bien. Y tú tampoco tienes de qué quejarte: hija maravillosa, piso acogedor. Lo del matrimonio… bueno, fue duro.
—Duro que aguanté sus desvaríos tantos años, perdonándolo todo —respondía Nuria con amargura—. Creí que maduraría, pero solo empeoró.

Almudena conocía la historia de su amiga como la suya propia. El marido de Nuria, Gonzalo, siempre tuvo aventuras. Mientras ella criaba sola a Lucía, ayudaba a sus padres y se mataba en dos trabajos, él disfrutaba del cariño de otras. A veces ocultaba sus líos, pero más a menudo acababa en peleas. Gonzalo juraba cambiar por su familia, y Nuria volvía a creerle. Así pasaron veinte años, hasta que tres años atrás se fue con una amante joven.

—«Lucía ya es adulta, lo entenderá, y tú y yo somos extraños, así que no tiene sentido seguir», le espetó.

Mientras Nuria intentaba recomponerse, Gonzalo se fue llevándose sus ahorros. El piso era de sus padres, así que no pudo reclamarlo. El dinero, según él, era una «compensación justa» por los años vividos. En esos días oscuros, Almudena fue la única que la sostuvo, ayudándola a no romperse.

—Mamá, tú misma decías lo de las amigas solteras —le recordaba su hija mayor, Marta.
—No inventes —se defendía Almudena—. Nuria y yo somos como hermanas, no la voy a abandonar.
—Bueno, mamá, es broma —intervenía su hijo pequeño, Pablo—. Pero nos machacas con los refranes de la abuela y luego traes a Nuria casi cada día.
—¡Qué tontería! —se indignaba Almudena—. ¿De verdad creéis que Nuria querría quitarme a vuestro padre o romper nuestra familia? Somos como una sola.
—Bromeamos —se reía Marta—. Nuria es como una tía, ¿qué líos vais a montar a vuestra edad?

Almudena hacía oídos sordos a las bromas. En su juventud siguió los consejos de su abuela, pero Javier nunca dio motivos para desconfiar. Serio, responsable, trabajaba por su familia y los fines de semana se quedaba en casa, leyendo el periódico o arreglando algo. Antes era amigo de Gonzalo, pero tras el divorcio de Nuria dejaron de verse. Almudena y Javier se quedaron de su parte, mientras Gonzalo cortó todo lazo.

—Nuria está sola, hay que invitarla en Navidad —decía Almudena, y Javier asentía.
—A Nuria se le rompió el grifo, ¿puedes mirarlo? —pedía ella, y él iba sin rechistar.
—El sábado necesita ayuda con el coche —seguía Almudena—. Hay que llevar muebles de la casa rural y no quiere pagar a un extraño.

Javier lo hacía todo: arreglaba, llevaba, ayudaba. Nuria, agradecida, les enviaba verduras del huerto o les hacía pasteles. Todo parecía natural.

—Eres temeraria —le decía su compañera Rosa—. ¿De verdad confías tanto en tu amiga y en tu marido que los dejas solos?
—No digas tonterías —se reía Almudena—. Nuria fue mi testigo de boda. Llevo treinta años con Javier sin un motivo para dudar. A esta edad ya no hay romance.
—La vida es impredecible —respondía Rosa, escéptica.

Almudena nunca dudó de los suyos. La idea de que algo pasara entre ellos le parecía absurda. Pero ese día, al entrar sin avisar en casa de Nuria, su mundo se desplomó. En la cocina, con una bata, comiendo cocido, estaba Javier.

—¿Qué es esto? —su voz tembló—. ¿No estabas de caza? ¿Otra vez necesita ayuda Nuria?

Nuria dio un paso al frente, con determinación.
—Escucha, Almudena, mejor que lo hayas visto. Estábamos hartos de escondernos, pero nos faltó valor para decírtelo.

Las palabras de su amiga la golpearon como martillazos. Almudena miraba alternando a Nuria y a Javier, conteniendo las lágrimas. Casi no oyó lo que siguió diciendo Nuria: el ruido en su cabeza ahogaba todo, y el corazón le ardía de dolor. Las lágrimas cayeron en casa, agarrando una taza de té frío.

—Lo siento, no sé cómo pasó —murmuraba Javier, evitando su mirada—. Pero nos atraímos. Seguir juntos no tiene sentido. Nuria y yo vamos a vivir juntos.

—¿En serio? —fue todo lo que pudo decir Almudena, ahogándose en rabia.

Días después, Nuria fue a verla, pero sus palabras solo profundizaron la herida.
—No nos juzgues —dijo—. Tú has sido feliz todos estos años, yo sufrí. Merezco esta felicidad, aunque sea tarde. No es contra ti, solo nos gustamos.

—¿Así que me robas a mi marido y borras todo lo nuestro? —Almudena contenía la furia.
—No exageres —desvió la mirada Nuria.

Almudena entendió que había perdido a su marido y a su amiga, a quien consideraba hermana. No quiso peleas. Javier tomó sus cosas y se mudó con Nuria, empezando de cero. Marta y Pablo rechazaron su decisión y dejaron de hablarle, apoyando a su madre. Lucía, hija de Nuria, se sentía incómoda y hasta se disculpó con Almudena.

—No es tu culpa —respondió Almudena, exhausta—. Fui yo, por ingenua, quien dejó que esto pasara.
Almudena cerró la puerta de su casa aquella noche, sabiendo que jamás volvería a confiar en nadie, ni en el amor, ni en la amistad.

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Traición tras una taza de té: La historia de una mujer.