Traición tras el fuego y el agua: La venganza fría y refinada

«Traicionó a quien lo acompañó en las buenas y en las malas… Pero la venganza fue fría y exquisita»

Vivieron juntos treinta y cinco años. Casi media vida. Jorge e Inés. Su amor comenzó como en las novelas de antaño: bailes bajo la lluvia, conversaciones nocturnas y sueños compartidos de una casa con jardín. Ella, menuda, frágil y callada, escondía una fuerza interior indomable. Él, ambicioso, con chispa en la mirada, siempre anhelando más.

Superaron penurias: pobreza, deudas, mudanzas entre Madrid y Valencia, pérdidas familiares. Cuando Jorge montó su negocio desde cero, Inés sostuvo el hogar: crió a los hijos, cuidó enfermedades, administró cada céntimo. Al fin, el negocio despegó, llenando sus vidas de comodidad. Entonces él… se enamoró. De una secretaria joven, de piernas largas, que reía sus chistes y le rozaba la mano con complicidad.

Actuó rápido. Contrató abogados caros para arrebatarle la casa: aquella que levantaron juntos, donde Inés plantó rosales y bordó cojines. El símbolo de sus sueños.

El juez le otorgó la propiedad a Jorge. A ella le dieron dos meses para irse, pero lo hizo en dos días. Sin lágrimas ni reproches. Empaquetó sus cosas, llamó a los mudanzas. Y como despedida, esparció gambas cocidas por cada rincón: en las cornisas, bajo los alféizares, en los conductos de aire. Restos de su última cena en aquel hogar vacío.

La nueva pareja se instaló al tercer día. La casa les pareció un sueño: luminosa, amplia, con chimenea y terraza. Pero a las veinticuatro horas, un hedor nauseabundo impregnó las paredes. Limpiaron suelos, cambiaron cortinas, ventilaban sin parar. Pintaron, renovaron suelos, instalaron purificadores. Nada funcionó. Los amigos dejaron de visitar; nadie aguantaba el tufo.

Jorge intentó venderla, pero los rumores en el barrio se extendieron. Los compradores huían a los diez minutos. Las inmobiliarias se negaban a representarla. La casa se convirtió en un estigma.

Contrajeron una hipoteca abultada para otra vivienda. El dinero se esfumaba. Entonces Inés llamó:
—¿Qué tal, Jorge?
—Desastre —confesó él—. La casa no se vende. Estamos arruinados.
—Qué raro —respondió ella con calma—. La echo de menos. ¿Me la vendes? Por un 10% de su valor.

Él aceptó, aliviado. ¡Claro que sí! Cualquier cosa por escapar.

Al día siguiente, Inés llegó con notarios. Firmaron los papeles. La pareja se marchó a su nuevo hogar, mientras ella entraba en la casa vacía, respiró hondo… y sonrió por primera vez en años.

Pero no fue el final.

La nueva esposa quiso llevarse todo del antiguo domicilio: muebles, cortinas, hasta las cornisas. Especialmente las cornisas. Jorge no permitiría que nada «suyo» quedase con su ex. Las desatornilló personalmente. Y con ellas… se llevó el origen del hedor.

El olor resurdió en su nueva casa al amanecer.

Inés lo supo. Y no volvió a llamar.

Ahora, en su hogar, disfruta del silencio, las paredes limpias y los rosales en flor. Mientras Jorge habita una maldición tejida con sus propias manos. Por la traición. Por la soberbia. Por olvidar quién estuvo a su lado cuando no tenía nada.

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