Mira, Lucía, no tengo ni tiempo ni ganas de escuchar otra vez tus quejas sin fin.
O dejas de hacerte la víctima ahora mismo y seguimos con nuestra vida tan tranquilamente, o mañana hago la maleta y le explicas tú sola a nuestra hija por qué su padre se ha ido.
¡Tú solita! ¿Lo entiendes?
¿Tranquilamente eso qué es, Juan? murmuró ella, casi en un susurro ¿Como si aquí no hubiera pasado nada? ¿Como si yo no hubiera visto esos mensajes?
¿Como si Andrés Recambios no te hubiera escrito a las dos de la mañana echando de menos tus manos?
Juan resopló mientras destensaba las zapatillas con el talón, sin molestarse en desatarlas.
Otra vez… Como si fueras un disco rayado. Ya te lo he dicho bien claro: se acabó. ¿Estoy en casa? Sí. ¿Estoy contigo? Sí. ¿Te traigo dinero a casa? Sí.
¿Entonces qué más te falta? ¿Que me ponga de rodillas? Pues no pienso hacerlo, así que no te hagas ilusiones.
No quiero eso. Solo quiero que dejes de hablarme como si te estorbara mi presencia. Si es que ni siquiera puedes evitar ser borde… Siempre eres sarcástico, siempre tienes un comentario envenenado…
¡Porque eres insoportable! la interrumpió. Vas por casa como un fantasma, con esa cara como si acabaras de morder un limón.
¿Tú crees que a mí me apetece venir a casa? Nada más abrir la puerta, o interrogatorio, o el silencio más absoluto.
Cualquier mujer decente habría dejado el tema atrás por el bien de la familia. Pero no, tú tienes que hurgar y hurgar en la herida.
Pasó a su lado rumbo a la cocina, dándole un leve empujón con el hombro. Lucía se tambaleó, pero no cayó.
Siempre pensó que había tenido suerte: Juan, exitoso, fuerte de carácter, buen padre. Tenían una niña de cinco años, Martina, un piso en propiedad, ambos con buenos sueldos.
La infidelidad de hace medio año no fue cosa de una noche: su marido llevaba una doble vida durante meses.
Lucía lo descubrió por casualidad Martina estaba jugando con el móvil de papá y saltó la notificación: Andrés Recambios le preguntaba a Juan si había comprado esa ropa interior que a ella le quedaba tan bien.
Cuando la verdad salió a la luz, Juan ni se molestó en negarlo. Al principio callaba, luego se mostró furioso y más tarde soltó:
Pues sí, pasó. Pero ya está, no tienes por qué armar un drama, sigo aquí.
En estos seis meses ni una disculpa, ni un atisbo de remordimiento. Ni siquiera se sentía culpable, y eso era lo que más le dolía a Lucía.
Cuando entró en la cocina, él ya estaba en la mesa con el móvil y delante una bandeja de merluza al horno, que ella le había tapado con esmero para que no se enfriara.
¿Te has quedado corta con la sal? soltó él mientras apartaba la tapa ¿O es que tienes las papilas anestesiadas de tanto llorar?
Juan, por favor, basta ya. Martina está en la habitación, escucha todo.
Pues mejor, respondió él divertido, llevándose un trozo a la boca así aprende que es mamá la que hace todo para que papá salga corriendo de casa. ¿Eso es lo que quieres? ¿Que me marche?
Lo que quiero es que seas persona. Tú me prometiste que lucharíamos por la familia. ¿Eso es trabajar en ti? ¿Humillándome cada día?
Juan dejó el tenedor sobre el plato.
Escucha, guapa. Una familia es un proyecto y yo invierto en ese proyecto. Juego con la niña, pago sus extraescolares, la llevo al cole.
¿No querías que tu hija tuviera un padre? Pues aquí lo tiene. Y no tengo por qué aguantarte después de tres meses dándome el coñazo con lo mismo.
Te lo he dejado claro: o cerramos el tema de una vez, o me voy. Si me largo, te quedas sin un euro.
El piso habrá que venderlo, y tendrás que pagarme mi parte. Ya puedes ir preparando unos cuantos miles de euros.
¿Los tienes? No. Así que te tocará un alquiler en otra zona, otro cole para Martina. ¿Vas a marearla así?
Lucía callaba. Su marido conocía sus puntos débiles mejor que nadie. Solo pensar en cambiarle la vida a la niña, alejarla de sus amiguitos del cole, mudarse a un piso cualquiera y meterse en juicios… la aterrorizaba.
Así que mejor cállate, zanjó Juan. Come ya, que estás en los huesos y se te va a poner cara de acelga.
***
Por la noche, cuando Martina ya estaba dormida, abrazada a su peluche favorito, Lucía se asomó al balcón, dándole vueltas a todo.
Juan, la verdad sea dicha, era buen padre en toda regla: no bebía, jamás le había levantado la mano a nadie, y Martina le adoraba.
Papá, eres mi héroe le susurraba por las mañanas.
¿Cómo podía Lucía romper ese mundo?
De pronto llegó el sonido de la voz de Juan desde el comedor, al teléfono con alguien. Lucía, sin querer, aguzó el oído.
Sí, mañana sigue en pie. Claro. No te preocupes, ya te dije que esto lo arreglo yo. Se va a quejar y luego se le pasa. ¿A dónde va a ir si está pillada como yo?
Lucía se quedó de piedra. Así es como pensaba de ella Tiró de la puerta del balcón y entró.
Juan estaba tumbado en el sofá con las piernas estiradas. Al verla, colgó rápidamente.
¿Con quién hablabas? preguntó ella.
Con un compañero del trabajo. ¿Quieres el móvil? le tendió el teléfono exagerando el gesto Venga, revisa. Como eres la detective del mes
Pero si me encuentro un solo mensaje borrado, te advierto que mañana me largo a casa de mi madre. Y tú verás.
¿De verdad crees que estás en derecho de ponerme condiciones? cruzó el salón y se le enfrentó. ¿Después de lo que has hecho?
Claro que sí. Porque soy un hombre y decido cómo vive mi familia. O sigues mi ritmo, o te buscas la vida.
Se levantó y se acercó amenazadoramente:
Ya sabes, Lucía, que ningún tío va a querer jamás a Martina como yo. La aguantará mientras seas joven y mona. Luego será un estorbo. ¿Eso quieres para tu hija? ¿Un padrastro que ni la mira?
Qué cabrón eres, Juan le susurró.
Soy realista respondió alejándose con media sonrisa Venga, voy a ducharme. Déjame la camisa burdeos limpia para mañana. Y plánchala, que hoy tenía una arruga en el cuello y me pone de los nervios.
Se metió en el baño y Lucía se quedó allí plantada, en el medio del salón, sin saber si reír o llorar.
***
La mañana siguiente fue la típica carrera. Lucía friendo torrijas, Martina haciendo pucheros porque no quería ponerse las medias.
Juan apareció en la cocina con esa camisa burdeos al final, Lucía se la planchó.
Mamá, ¿vamos el sábado al zoo?
Claro que sí, cariño le sonrió Lucía, o lo intentó.
¿Y tú vienes, papá? Me prometiste que veríamos al león grande.
Juan acarició el pelo de la niña y fue otro: las facciones se le suavizaron.
Claro que voy, cielo. Si mamá se porta bien y no pone triste a papá, iremos juntos, seguro.
A Lucía se le escapó de las manos la espumadera.
Pero Juan, ¿qué dices? murmuró cuando Martina se fue a ver dibujos.
¿Qué pasa? se hizo el despistado Solo le enseño cuál es el orden en la familia.
¿No querrás que nos fastidie el fin de semana por tus historias?
Lucía no replicó. Otra vez usaba a la niña como escudo.
***
En la oficina, Lucía no estaba en sí. Varias compañeras le preguntaron si estaba bien, ella solo respondía que había dormido mal.
A la hora de comer, entró en Idealista. Los precios de alquiler estaban por las nubes y los pisos decentes de su barrio duraban nada.
Lo barato estaba en las afueras.
Dos horas de trayecto. El cole hasta las seis. Ni de broma llego a recogerla, pensó, cerrando el portátil ¿Qué hago? ¿Cómo lo monto?
Faltando una hora para salir del trabajo, Juan llamó:
Oye, hoy llego tarde. Tengo cosas que hacer. Cena tú con la niña. Y escucha
¿Qué?
Compra un Ribera, bien bueno, que esta noche hablamos tranquilos, sin tus ataques.
Pero Juan, yo no
No te lo estoy pidiendo, Lucía. Te estoy dando la oportunidad de arreglar esto. No la desperdicies. Un beso. A Martina también.
Colgó. Lucía miró el móvil, apagado ya. ¿Y si intento hablar? Total, peor no va a ir
***
Martina se durmió enseguida, y Lucía llevaba ya una hora en la cocina. La botella de vino tinto en la mesa: al final no resistió y la compró, odiándose por ello.
Juan llegó cerca de las once, de muy buen humor.
Así me gusta le estampó un beso en la mejilla y Lucía involuntariamente se apartó. Anda ya, déjate de tonterías. Vamos a tomar algo.
He estado pensando Necesitamos descansar. ¿Y si nos vamos a la Costa del Sol el mes que viene? Los tres. Martina quiere playa y ya tengo mirado el hotel.
¿Vacaciones, Juan? Lucía estaba descolocada ¡Pero si somos como dos extraños bajo el mismo techo!
Eso lo montas tú sola tomó un sorbo. Yo sí quiero recomponerlo. Pero, eso sí, prométeme: ni una palabra más de este tema.
Ni móviles, ni indirectas, ni lágrimas. Vivimos como si aquello nunca hubiese pasado.
¿Y la confianza qué? le aguantó ella la mirada.
La confianza es un lujo que ahora no puedes permitirte sonrió sin pizca de pudor Necesitas estabilidad, la niña a su padre, la casa a un hombre.
Eso lo tienes. El precio es tu silencio. Vamos, que sales ganando.
¿Y si no quiero?
Juan puso la copa sobre la mesa con parsimonia.
Entonces mañana haces la maleta. Hablo en serio, Lucía. Estoy harto del tira y afloja.
Soy hombre, quiero paz en casa, no una mujer amargada.
Si no eres capaz de perdonar y olvidar, entonces se ha acabado.
Pero recuerda: te quitaré hasta el último euro que pueda. Y sólo tendrás a tu maldita soberbia a quien culpar.
Se fue. Lucía quedó a oscuras, escuchando el grifo de la ducha en el baño. Sabía bien que aquello era un chantaje, y de los gordos.
Que cualquier mujer fuerte ya le habría estampado la copa en la cara y habría salido por la puerta sin mirar atrás. Pero ella no, ella no era de esas.
Por encima de todo era madre, tenía que pensar en su hija. Al fin y al cabo, a todos nos puede pasar cometer un error.
Él solo cayó una vez, así que quizás se merecía ser perdonado. Aunque sólo fuera por Martina, ella debería intentarlo
¿Mamá? se oyó la vocecita adormilada tras la puerta.
Lucía se secó las lágrimas al instante. Martina ya estaba en el umbral.
Mamá, he tenido un sueño feo. ¿Dónde está papá?
Aquí cerca, cielo la cogió en brazos, apretándola contra su pecho Papá se está duchando, no se ha ido a ningún sitio. Ven conmigo, todo está bien. Estamos en casa.
¿Seguro? Martina la abrazó fuerte ¿Siempre estaremos juntos?
Lucía cerró los ojos, sintiendo el corazón hecho añicos.
Siempre, mi vida. Siempre.
Llevando a la niña a la cama, Lucía tomó su decisión: haría cualquier cosa por mantener a su familia. A partir de mañana lucharía por olvidar la traición. Pero eso sería mañanaPero esa noche, después de arropar a Martina y apagar la luz, Lucía se quedó sentada a su lado, escuchando su respiración tranquila. Miró a su hija dormir, tan pequeña y tan ajena a la vida de los adultos, y de pronto sintió que el silencio la estaba devorando por dentro más que cualquier pelea.
Volvió a la cocina, encendió la lámpara más tenue y se sirvió la última copa del Ribera. El eco de la amenaza de Juan resonaba aún en su cabeza: El precio es tu silencio. Pero por primera vez, le pareció que ese precio era demasiado alto.
Mientras el vino giraba en el cristal, Lucía vio su propio reflejo: los ojos cansados, la boca apretada, el rostro de alguien que lleva años postergándose. Imaginó a Martina de mayor, viendo a su madre doblegarse una y otra vez, aprendiendo a poner buena cara aunque por dentro todo se derrumbe. Y supo, con una claridad repentina, que no podría perdonarse enseñar esa lección.
Respiró hondo. No tenía plan, ni dinero ahorrado, ni garantías de que todo saldría bien. Pero aquella noche, en la cocina silenciosa, Lucía notó cómo, por primera vez en muchos meses, no se sentía del todo sola.
Porque el miedo seguía allí, sí; pero la dignidad también. Y por una grieta diminuta comenzó a colarse un rayo de fuerza, tibio, naciente, apenas perceptible.
Lucía se levantó, cogió papel y bolígrafo y escribió una sola frase:
Mañana empieza una vida nueva, y esta vez será para las dos.
Luego apagó la luz, se metió en la cama con Martina y, mientras sentía el calor de su hija acurrucada junto a ella, supo que, pasara lo que pasara, al menos al fin se estaba eligiendo a sí misma.







