Trabajé durante siete años en la misma empresa: empecé como asistente y llegué a ser coordinador del departamento de administración

Llevaba siete años trabajando en la misma empresa en Madrid.
Empecé como asistenta y llegué a ser coordinadora del departamento administrativo.
Mi mejor amiga, Catalina, entró dos años después gracias a mi recomendación.
Fui yo quien le enseñó a manejar todos los procesos, le expliqué cómo funcionaba todo, le pasé mis contactos e, incluso, durante los primeros meses tapé varios de sus errores para que no la despidieran.
Comíamos juntas a mediodía, salíamos los viernes por la noche por Malasaña y le confiaba mis secretos como a nadie.
Hace seis meses anunciaron que se abría una plaza de responsable de departamento.
Mi jefe me dijo que yo era una de las favoritas.
Empecé a llegar antes cada mañana, a irme la última, acepté más responsabilidades.
Catalina no dejaba de repetirme: Ese puesto es tuyo, te lo has ganado. Compartía con ella todo, incluso las estrategias que planeaba para la entrevista interna.
El día de la entrevista, me la encontré en la puerta del despacho del director.
No me había dicho absolutamente nada.
La vi esperando y sólo acertó a decirme: He decidido presentarme. Intenté no pensar mal.
Una semana después, publicaron el resultado: Catalina fue elegida como nueva responsable.
Me quedé sentada frente al ordenador, sin poder reaccionar, sintiendo cómo se me encogía el corazón.
Desde entonces, han empezado a pasar cosas extrañas.
Como nueva jefa, Catalina cambió procesos que yo misma había implantado.
Me apartó de proyectos en los que llevaba tiempo, me pedía informes innecesarios.
Una compañera me confesó que Catalina decía que yo no tenía madera de líder, y que muchas de las ideas que presentaba como suyas, en realidad eran cosas que yo le había contado.
Un día, tomé coraje y la enfrenté en la cafetería, junto a la máquina de café: ¿Por qué has dicho eso sobre mí? Y me responde, con una frialdad que jamás le había visto: Esto es trabajo, no amistad.
Tenía que asegurarme el puesto. Le recordé todo lo que había hecho por ella, lo mucho que la había apoyado.
Y me respondió: Fue tu decisión.
Nadie te obligó.
Desde entonces, el ambiente se ha vuelto irrespirable.
Me habla seco, me corrige delante de todos, me manda tareas absurdas.
Llego llorando a casa, angustiada, con ganas de largarme allí mismo.
Al mismo tiempo, me reconcome la rabia de marcharme sin decir nada.
Ahora estoy en una encrucijada: aguantar en silencio para no quedarme sin trabajo o dejarlo todo y volver a empezar desde cero.
¿Tú te quedarías o te irías?

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Trabajé durante siete años en la misma empresa: empecé como asistente y llegué a ser coordinador del departamento de administración