Querido diario:
Hace poco comencé a trabajar en una tienda de animales aquí en Madrid. Terminé el periodo de prueba en junio y, después, pasé a ser parte del equipo fijo. Debería contarte en qué consiste esto.
En este establecimiento, al final de cada mes, los empleados fijos podemos quedarnos con productos apartados del inventario: comida para mascotas con el envase dañado o próxima a caducar, o accesorios con pequeños defectos, por ejemplo.
Solemos acordar entre todos a quién le toca qué. Aunque yo no tengo ningún animal, siempre intento coger algo que pueda aprovechar otra persona cercana.
La primera vez me llevé una bolsa de comida para gatos. Los padres de mi mujer, Lucía, tienen una gata en casa, así que decidí regalársela.
Ahí fue cuando comprendí que seguramente siempre pediría cosas para gatos en estas reparticiones.
En la siguiente oportunidad, elegí un rascador algo roto, pero mi suegra, Carmen, lo arregló cosiéndolo sin problema.
Sin embargo, la reacción al llevárselo fue de todo menos agradecida. Resulta que ya se habían quedado sin comida para la gata, así que, en vez de darme las gracias, me soltaron:
¡Deberías haber cogido comida, no traer solo esto!
Debo admitir que no me hizo ninguna gracia, porque la vez anterior ya les expliqué cómo conseguía esas cosas para animales. Esta vez volví a explicárselo y fingieron comprender.
De camino a casa, le comenté a Lucía que, cada mes, compraría comida buena para la gata de sus padres; si había alguna gratis en la tienda, aprovecharía y la cogería. Así quedamos.
Lo más curioso fue que, al mes siguiente, desaparecieron casi diez kilos de comida de gato. Al preguntárselo a Carmen, resultó que ya había prometido parte de la comida a su vecina. Sabía que volvería a traerle más, así que repartió la que tenía guardada. Mientras tanto, nosotros habíamos comprado un pienso carísimo. Tuve que repetirle que la comida que traía era solo para su gata.
Su respuesta fue tan indignada como siempre:
¡Tú trabajas en una tienda de animales!
Nunca dejaron de pensar que no me esforzaba lo suficiente por conseguir la comida para la gata.
Ese fue el momento en el que, con claridad, entendí que debía poner límites a esta situación. Les comuniqué a los padres de Lucía que, por principios, ya no les traería nada. Fue un error. Les insistí en que no esperasen nada más por mi parte.
No sé si conseguí hacerme entender, diario, pero al menos por fin soy fiel a mi decisión.







