Hace poco más de un año, mi esposa y yo tomamos la extraña decisión de dormir separados, cada uno en su habitación, para no irritarnos ni aburrirnos mutuamente. Al final, cada uno sigue sus propios caminos, incluso bajo el mismo techo.
Por ejemplo, a mi esposa, Leonor, le fascina escuchar flamenco a todo volumen rebeldía contra los auriculares mientras que yo, Mateo Sánchez, solo busco el murmullo mudo de las páginas de mis libros o perderme en las viejas telenovelas de la sobremesa. A veces incluso traigo el trabajo a casa, hablando con clientes por teléfono, lo que puede inquietarla. Así llegamos al pacto: vivir separados, juntos, en nuestro modesto piso de Madrid, donde hay exactamente dos habitaciones. Ambas amuebladas, ambas con su propio universo. Permíteme contarte lo extraño de habitar este limbo cotidiano.
No entrar sin llamar se ha convertido en el gran hallazgo de la convivencia moderna. Es casi mágico: te resguardas en tu habitación, sigues tu propia corriente, nadie se cuela pidiendo nada, ni siquiera una palabra. Quizá te cuestiones, ¿para qué llamar a la puerta en un hogar? Pero no se trata de nada concreto. Cuando era niño, yo tenía mi propia habitación, pero la puerta quedaba siempre abierta al paso de mis padres. Ellos aparecían de repente para interrogar de qué iba mi vida leyendo, durmiendo, viendo la tele, jugando y siempre necesitaba inventar una excusa. No es que me regañasen; simplemente, así era la costumbre, y la costumbre me incomodaba.
Ahora, le anuncio a Leonor, a través de la madera cerrada, que estoy ocupado. Si no quiero conversar, la puerta permanece como un muro. Ella respeta ese silencio; no irrumpe, no me saca de mis pensamientos. Cada uno recorre su propio sendero. Eso es una maravilla.
Disponer de tu propio espacio es el mayor lujo; un pequeño reino donde ordeno mis cosas y las dejo como el viento me dicta, donde nadie me pide permiso ni coordinación. A veces, simplemente disfruto de dejar todo en caos, como una pequeña revolución estática.
Late una especie de intriga… Ahora existen fronteras nítidas entre lo mío y lo suyo. Son sentimientos nuevos, primordiales. Respeto su mundo, espero su visto bueno para cruzar. No asalto su habitación; le pregunto si puedo pasar a verla. Cuando accede, el momento brilla. No ocurre lo mismo cuando las puertas están siempre abiertas; entonces la intriga se disuelve.
Es como hablar con una muchacha desconocida en la Plaza Mayor; no sabes, hasta el instante último, si te regalará o no una sonrisa o algo más. Muchos hombres cuentan cómo, al convivir, ese misterio se apaga la familiaridad apaga la chispa. Al compartir cada rincón, la sorpresa se difumina.
La separación abre ventanas nuevas en habitaciones de siempre. Soluciona pequeños y grandes males.
¿Qué conclusiones saco de todo esto?
Claramente, para los adinerados que viven en chalés por las afueras de Salamanca, con sus diez habitaciones y baños de mármol, esta costumbre no es novedad. Desde siempre han vivido así. Para nosotros, la gente corriente, esto resulta ser, con perdón de la expresión, un regalo caído del cielo.
Sé bien que hay familias que, aun con dos habitaciones, siguen metidos juntos en una sola, a tiempo completo. A menudo, los hijos ocupan la otra estancia, y si hay un tercer cuarto, se convierte en salón. Pero ¿cuál es entonces el sentido? Marido y mujer necesitan, cada cual, su rincón, su refugio íntimo. Incluso en la más típica de las viviendas madrileñas.
Porque, en el fondo, todos necesitamos nuestro espacio para soñar, aunque sea en habitaciones separadas, en medio del rumor difuso de la ciudad, bajo el mismo cielo extraño compartido.





