He tomado la decisión de dejar de llevar a mis hijas a las reuniones familiares después de años sin ser consciente de lo que realmente estaba pasando.
Mis hijas tienen ahora 14 y 12 años. Desde pequeñas comenzaron a recibir los tan habituales comentarios inocentes:
Come demasiado.
Eso no le sienta bien.
Ya es demasiado mayor para vestirse así.
Debes cuidar tu peso desde pequeña.
Al principio lo tomábamos como un detalle menor. Como esa manera algo brusca de hablar que siempre ha tenido mi familia. Me decía a mí mismo: Bueno, así son ellos
Cuando eran más pequeñas, mis hijas no sabían cómo defenderse. Guardaban silencio. Bajaban la cabeza. A veces forzaban una sonrisa por cortesía. Veía que les incomodaba pero intentaba convencerme de que exageraba. Que simplemente así son las reuniones familiares.
Y sí, había una mesa repleta, risas, fotos, abrazos
Pero también miradas largas, comparaciones entre primas, preguntas innecesarias, comentarios disfrazados de bromas.
Al final del día, mis hijas volvían a casa más calladas de lo habitual.
Con el tiempo los comentarios no se detuvieron.
Solo cambiaron de aspecto.
Ya no era solo la comida era el cuerpo. La apariencia física. El desarrollo.
Esa ya está muy formada.
La otra es demasiado delgada.
Nadie la va a querer así.
Si sigue comiendo así, que no se queje luego.
Nadie les preguntaba cómo se sentían.
Nadie se daba cuenta de que son niñas que escuchan y recuerdan.
Todo cambió cuando entraron en la adolescencia.
Un día, después de una reunión, mi hija mayor me dijo:
Papá no quiero volver.
Me explicó que para ella esas reuniones eran terribles: arreglarse, ir, sentarse allí, aguantar los comentarios, sonreír por educación y luego volver y sentirse mal.
La pequeña asintió, apenas sin palabras.
En ese momento entendí que ambas se habían sentido así desde hace tiempo.
Entonces empecé a prestar verdadera atención.
A recordar escenas. Frases. Miradas. Gestos.
Hablar con otras personas que han crecido en familias donde todo se dice por su bien. Y comprendí lo dañino que puede ser para la autoestima.
Fue en ese momento, junto a mi esposa, cuando decidimos:
Nuestras hijas no irán donde no se sientan seguras.
No las obligaremos.
Si algún día quieren ir por sí mismas podrán hacerlo.
Si no quieren no pasará nada grave.
Su tranquilidad es más importante que la tradición familiar.
Algunos familiares ya se han dado cuenta.
Han comenzado las preguntas.
¿Qué pasa?
¿Por qué no vienen?
Os estáis pasando.
Siempre ha sido así.
No se puede criar a los niños como si fueran de cristal.
No he dado explicaciones.
No he creado escenas.
No he discutido.
Simplemente he dejado de llevarlas.
A veces el silencio lo dice todo.
Hoy mis hijas saben que su padre no las expondrá a situaciones donde tengan que aguantar humillaciones disfrazadas de opinión.
Quizá a algunos no les agrade.
Tal vez nos tachen de conflictivos.
Pero prefiero ser el padre que pone límites y no el que mira hacia otro lado mientras sus hijas aprenden a odiar partes de sí mismas solo para encajar.
¿Vosotros qué pensáis? ¿Haríais lo mismo por vuestros hijos?







