“Todos me decían que debía casarme, que para qué iba a estudiar tanto… total, no iba a llegar lejos….

Todo el mundo me decía que debía casarme, que para qué estudiar tanto si al final no llegarás a ningún sitio.
Mejor que se case que si sigue estudiando así, se queda solterona.
¿Quién va a querer a una así?
Sofía nació en un pequeño pueblo de Castilla, allí donde la gente no solo sabe tu nombre sino también tus penas.
Y donde, por desgracia, a veces, en vez de preguntarte cuáles son tus sueños te preguntan cuál es tu propósito.
Su familia era humilde.
No de esa pobreza que se cuenta entre risas en un café con amigos,
sino de esa que notas en el plato escaso, en los zapatos gastados, en la ropa heredada de algún primo mayor.
Sofía creció con poco.
Pero dentro de ella había algo que nadie podría arrebatarle:
una sed insaciable de aprender.
Desde niña afirmaba:
Yo voy a ser médico.
Y cada vez que decía aquello, el rumor amargo recorría el pueblo.
No porque fuera imposible llegar a ser médico
Sino porque, para muchos, era impensable que una chica pobre pudiese permitirse soñar.
El qué dirán no perdona.
Un día, mientras caminaba por la calleja con los cuadernos apretados contra el pecho, volvió a oírlo:
Mira la niña ¿qué pretende? ¿ser médico?
¡Si no tiene ni para el autobús!
En otra ocasión, en la tienda del pueblo, una vecina comentó alto, para que Sofía escuchara:
Mejor que se case que si estudia tanto, se va a quedar solterona.
¿Quién la va a querer así?
Y lo más doloroso era que no solo hablaban los desconocidos.
A veces, hasta los suyos, con miedo, le decían:
Hija deja ya los estudios. ¿No ves que es duro?
Que no tenemos suficientes ahorros
Por lo menos cásate, para que no te falte de nada.
Pero Sofía no quería vivir la vida que otros decidieran para ella.
Sofía quería elegir su propio camino.
Y ese camino era difícil.
En los crudos inviernos, la habitación estaba helada.
Estudiaba con una luz tenue, los dedos entumecidos.
A veces hacía kilómetros a pie hasta la escuela, con frío y lluvia.
En muchas ocasiones, escondía las lágrimas entre los libros para que nadie las viera.
Porque en el pueblo, si lloras, la mayoría no te tiende la mano solo te señala.
Pero Sofía siguió adelante.
Y los años fueron pasando
Se fue a la ciudad.
Se esforzó hasta el límite.
Hubo noches en las que se quedó dormida con la cabeza encima de los apuntes.
Días en los que sólo comía pan con chocolate, para que le llegara el dinero al mes siguiente.
Momentos en que sentía que el pueblo entero estaba en su contra.
Y aun así
Cada vez que estuvo a punto de rendirse, recordaba algo:
En su pueblo había ancianos solos.
Había personas que tardaban días en ser atendidas; no porque no existiera la medicina,
sino porque nadie escuchaba.
Y entonces se repetía:
Voy a volver.
Voy a regresar y seré la médica que mi pueblo nunca tuvo.
Y así fue.
Una mañana, el pueblo despertó con la noticia:
Sofía es doctora.
No era un cuento, no era solo en la televisión.
Allí, en casa.
En el consultorio de siempre, ése al que casi nadie entraba.
Ese primer día, llegó un abuelo con su bastón, temblando de edad.
Entró despacio y, con voz temblorosa, dijo:
Doctora yo hace años que no me ve un médico
Sofía le miró con ternura.
Y respondió suavemente:
Ya está aquí. No se preocupe estoy para ayudarle.
El hombre rompió a llorar.
Porque, a veces, no te cura un medicamento
Te sana la forma en que alguien te mira y te escucha.
En los días siguientes, llegaron cada vez más vecinos.
Abuelas con pañuelo en la cabeza.
Hombres cansados de tanto trabajo.
Gente que no pedía milagros
Solo que los viesen de verdad.
Y Sofía recibía a todos con paciencia.
Medía la tensión.
Escuchaba sus corazones.
Pero también escuchaba su alma.
Y poco a poco, el pueblo volvió a hablar de ella.
Pero está vez para bien.
¡La doctora Sofía! ¡Que Dios le bendiga!
Es la hija de ¡Quién lo iba a imaginar!
Qué buena persona se ha hecho
Y un día, Sofía cruzó aquella misma calle donde tantos se burlaban.
Solo que ahora
Ya nadie se reía.
La saludaban.
La respetaban.
La querían.
Y Sofía comprendió algo:
No hace falta demostrarle nada a quien te juzgó.
Solo tienes que llegar donde soñaste
Y no perder quien eres.
Porque el mayor logro no es salir de abajo
Sino volver a tu origen, con el corazón limpio.
Y Sofía
sigue siendo aquella chica sencilla del pueblo, con alma noble.
Solo que ahora, además de un sueño
lleva bata blanca.
Y en vez de burlas
recibe bendiciones.
¿La enseñanza?
Cuando te digan no puedes
recuerda siempre:
A veces Dios pone en tu corazón un sueño, solo para demostrarle a los demás que sí se puede.
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MagistrUm
“Todos me decían que debía casarme, que para qué iba a estudiar tanto… total, no iba a llegar lejos….