TODOS LA JUZGÁBAMOS: La historia de Mila, la vecina elegante de nuestro barrio a la que mirábamos por encima del hombro mientras paseaba a sus tres perros y cambiaba de pareja, y que una tarde, sollozando en la iglesia, me reveló su verdadero dolor—la lucha por ser madre, el rechazo de quienes no entendimos su sufrimiento y su esperanza de que una niña la llame, por fin, “mamá”

TODAS LA CRITICÁBAMOS

Milagros estaba de pie en la parroquia y lloraba. Llevaba ya quince minutos así. Para mí, aquello era digno de un capítulo de Cuéntame. ¿Pero qué hace aquí esta pija? pensaba yo, no muy orgullosa. Si alguien era improbable en la iglesia, era ella.

A Milagros no la conocía personalmente, pero la veía a menudo: compartíamos portal y paseábamos en el mismo parque. Yo iba con mis cuatro criaturas, y ella con sus tres perros.

La verdad, nunca fue santa de nuestra devoción. Nosotras, es decir: yo, las demás madres del barrio, las abuelitas de los bancos y, sospecho, hasta el panadero que pasa por allí los domingos por la tarde.

Milagros era la viva imagen del buen vestir, siempre última moda, un pelo de anuncio y ese aire de hago lo que quiero. Y sí, también parecía que tenía una autoestima a prueba de bomba.

Mira, otra vez cambiando de novio refunfuñaba la abuela Nines desde su banquito, justo enfrente del portal.

Ya va por el tercero asentía la abuela Sagrario, devorando con la mirada cómo Milagros se subía en su coche de importación, acompañada de su nuevo galán.

El hijo de Sagrario, Isidro, a sus 45 años aún no se había comprado ni un Seat Panda de segunda mano.

Mejor que fuera pariendo, que el reloj biológico no espera remataba el abuelo Faustino, eterno cascarrabias aunque, en cuestión de criticar a Milagros, todos remaban a favor.

Luego, cuando el último novio desapareció, los bancos tuvieron fiesta doble: ¡Normal, si es una fresca! Y seguro que en su casa huele a perro que tumba dictaban sentencia como si fueran el tribunal supremo del barrio.

Pero nadie la tenía más atravesada que nosotras, las madres del parque. Nosotras, que sudábamos la gota gorda persiguiendo a nuestros gremlins por toboganes, columpios, matorrales y hasta alrededor de los contenedores de basura, mientras ella paseaba como la duquesa de Alba con sus chuchos, tan tranquila. Encima se nos quedaba mirando, a veces con una sonrisilla de superioridad de esas que irritan más que las croquetas de la suegra. Como diciéndonos: Hale, cria a tus monstruitos, a ver si así tienes tiempo de preocuparte por las rebajas. Y por dentro, calculando si llegaba el sueldo para el abrigo de repuesto o si otro invierno más no hacía daño a nadie.

Es que es muy childfree. Se les nota a la legua sentenciaba Leticia, mi amiga, madre de tres terremotos.

Los ricos están chiflados con sus perritos y gatitos y hámsters asentía Lucía, embarazada de gemelos y colgada de la rama de los juegos intentando bajar a su hija mayor.

Es una egoísta. Prefiere irse de viaje a Tailandia en vez de preocuparse de otra cosa. Yo hace siete años que no piso Benidorm suspiraba Marina, madre experta (cinco churumbeles y sumando).

Sí, sí, claro asentía yo, haciéndome eco hasta de las abuelas del barrio, y corriendo a besar una rodilla destrozada y a calmar a Inés, quien, cómo no, gritaba como si le exorcizaran en mitad del parque.

¡Con tanto perro, mejor hubiera tenido un nene! soltó un día una abuela que merodeaba con su nieto.

¡No es asunto tuyo! respondió Milagros, girándose de golpe, con ganas de soltar algo más gordo. Se contuvo y siguió su camino con sus insoportables perros.

Qué borde bramó la señora, incapaz de rendirse.

Un día me quedé mirando a Milagros mientras lloriqueaba en la iglesia y, al rato, salí al atrio para tomar aire fresco.

Espere de pronto escuché detrás de mí ¿Puede pararse un momento?

Milagros venía detrás por el jardincillo de la parroquia.

¿Es usted la que siempre pasea por el parque con las cuatro niñas?

Sí… Y usted va con los tres perros.

Exacto. ¿Puedo hablar con usted?.. Mire, siempre que las veo a usted y a sus hijas, y a las mamás… me quedo embobada confesó Y le subieron los colores.

¿Usted?! solté, sin poder ocultar mi pasmo, a punto de escupirle todo el juicio childfree, egoísta y pija. Me acordé de sus miraditas presuntamente sarcásticas…

Y así, empezó nuestra charla, sentadas en un banco. Al rato Milagros me lo contó… Y lloró. Se notaba que necesitaba soltarlo más que nosotros un café doble un lunes.

Milagros creció en una familia bien, de las de antes, y desde pequeña había soñado con tener un montón de hijos. Se casó por amor. Pero tras dos embarazos interrumpidos y el dictamen médico de infertilidad, el marido querido salió pitando.

El segundo marido hizo lo mismo. Pero antes de irse, ella se sometió a tratamientos y casi se muere con un embarazo ectópico.

Luego vino otro novio y, de nuevo, el drama: otra ectópica. Ese huyó solo de oír la palabra niño. A él lo que le gustaba era el cochazo de Milagros y la nómina brillante; de pañales, ni hablar.

Yo lo hubiera dado todo por tener siquiera un hijo…

Pensé que lo suyo eran los perros se me escapó, torpe.

Me encantan los perros sonrió. Pero no es que no me gusten los niños.

Para no sentirse tan sola, acogió primero a Tepa. A Mike se lo dejaron temporalmente unos amigos que reformaban la casa y… ahí se quedó. Y a Feni la encontró temblando bajo la lluvia aquel invierno. Le dio pena.

Con tanto perro, mejor hubiera tenido un nene, recordé a la abuela del parque.

Que el reloj biológico no espera…, gritó una vez Faustino.

El reloj corría: Milagros tenía ya cuarenta y un años. Aunque parecía de treinta, justitos.

Pensó entonces en adoptar. Le daba lo mismo mayor que pequeño; conocer a Nicolás, de seis años, fue un flechazo. O mejor dicho, primero fue él el que la eligió: ¿Tú quieres ser mi mamá? le preguntó. ¡Quiero! lloraba ella.

Una egoísta, no quiere líos, sonaba la voz derrotista de Marina en mi cabeza.

Pero no pudo adoptar a Nicolás. Resultó que su madre, aunque con enfermedades mentales, aún conservaba la patria potestad.

Para mí, fue devastador me confesó. No lo entendía… El niño necesita una familia, y la ley no mueve un dedo.

Acabó llegando Leonor, de cuatro años. Ya la habían devuelto dos veces. Dicen que era demasiado movida.

Alguien en el centro contaba que la segunda madre, al devolverla, vio cómo Leonor se abrazaba a su falda llorando y rogando: ¡Mamá, no me lleves, te lo prometo, seré buena!

Cuando Milagros la conoció, la nena preguntó: ¿Tú también me devolverás? ¡No! logró contestar apenas, entre lágrimas.

Aunque también con Leonor hubo trámites imposibles. No quiso contar detalles pero: Es mi hija, y pienso luchar por ella.

Aquel día, Milagros puso un pie en la parroquia por primera vez. No tengo donde más ir, me dijo.

Apareció el padre Manuel y ella fue a hablarle. Hablaron un buen rato y hasta apuntó varias cosas.

¡Todo se arreglará, hija! ¡Con Dios! le oí decir. Y justo ahí, Milagros volvió a sonreír.

Nos fuimos a casa andando juntas.

Seguro que piensa que soy una prepotente y una pija se excusó Milagros. Pero es que cansa justificarte tanto. ¡Después de todo lo que he oído…!

Yo no dije nada.

Me invitó a merendar con las niñas cualquier día, para jugar con los perros. Acepté. Y pienso ir. Pero más adelante.

Por ahora, lo que tengo es una vergüenza encima que no cabe en la mochila del colegio.

Y pienso: ¿De dónde sale tanta mala lengua? ¿Por qué somos tan rápidos para juzgar a lo bestia?

Y sobre todo, deseo que a Milagros, esa mujer extraordinaria a la que todas criticamos, finalmente le vaya bien. Que Leonor la abrace, se le pegue y susurre: ¡Mamá!. Que sepa que nadie la dejará ir jamás. Que cerca correteen felices Tepa, Mike y Feni.

Y, quién sabe, a lo mejor ocurre el milagro y Milagros encuentra un compañero a su altura. E incluso un hermano o hermana para Leonor. Porque sí, también en España a veces los milagros pasan ¿a que sí?

Y que nunca, nunca, nadie vuelva a soltarles una palabra fea.

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MagistrUm
TODOS LA JUZGÁBAMOS: La historia de Mila, la vecina elegante de nuestro barrio a la que mirábamos por encima del hombro mientras paseaba a sus tres perros y cambiaba de pareja, y que una tarde, sollozando en la iglesia, me reveló su verdadero dolor—la lucha por ser madre, el rechazo de quienes no entendimos su sufrimiento y su esperanza de que una niña la llame, por fin, “mamá”