TODAS LA JUZGÁBAMOS
Marina está de pie en la iglesia y llora. Lleva así quince minutos. Me resulta sorprendente. «¿Qué hace aquí esta pija?», pienso. Entre todas las personas, jamás habría esperado ver a Marina en un sitio así.
A Marina no la conozco personalmente, pero la veo a menudo. Vivimos en el mismo bloque de pisos y paseamos por el Retiro. Yo lo hago con mis cuatro niñas, y ella con sus tres perros.
Siempre la criticamos. Nosotras, las madres del barrio, las yayas sentadas en los bancos, los vecinos y, sospecho, incluso los transeúntes.
Marina es guapísima, siempre va a la moda, parece ligera de pensamiento y muy segura de sí misma.
Mira, ha cambiado otra vez de novio gruñe la señora Rosario desde su banco junto al portal.
Ya va por el tercero añade su amiga, la señora Juana, mirando con envidia cómo Marina se monta en su coche extranjero con otro chico más.
El hijo de Juana, Óscar, cuarentón, ni siquiera ha conseguido comprarse un Seat Ibiza de segunda mano.
Mejor estaría teniendo hijos, que el reloj no perdona suelta algún abuelo, don Eusebio. Pero con Marina, todos los jubilados coinciden.
Luego, todo el banco se deleita comentando que éste también la ha dejado, sacando la conclusión filosófica: «Claro, por fresca y por tener la casa apestada a perro».
Pero, en realidad, las que menos la soportamos somos las madres con niños. Mientras perseguimos, agotadas, a nuestros hijos entre columpios, toboganes, matorrales, cubos de basura y cualquier sitio donde se metan, Marina pasea tranquilamente con sus perros y ni se inmuta. A veces, hasta nos lanza una media sonrisa desde lejos, como diciendo: Vosotras, a criar; yo, disfrutando de la vida. Nosotras, preocupadas por si nos va a llegar el dinero para el abrigo nuevo de Lucía, o si las botas pueden esperar.
Se nota que es de las de no quiero niños. Son todas iguales opina mi amiga Carmen, madre de tres.
Los ricos tienen cada capricho perritos, gatitos asiente Marta, embarazada de gemelos, mientras intenta bajar del árbol a su hija mayor.
Es que no quiere complicarse la vida, sólo viajar y gastar. Hace siete años que no veo el mar suspira Laura, madre de cinco.
Sí, sí, tienes toda la razón me sumo yo a todas, incluidas las abuelas del parque. Y corro a recoger a Lucía, que se ha caído y llora como si se acabara el mundo.
Llena el barrio de perros, mejor tendría un niño suelta en voz alta una anciana un día.
¡Eso no es asunto suyo! replica de pronto Marina. Se contiene y sigue caminando con sus perros.
Qué borde le espeta la señora.
Me quedo mirando a Marina unos segundos más, inundada de curiosidad, antes de salir de la iglesia.
Espera oigo de repente. Perdona.
Marina me sigue por el patio de la iglesia.
Tú eres la que siempre va al parque con las cuatro niñas, ¿verdad?
Sí Y tú vas con los perros.
Exacto. ¿Puedo hablar contigo un momento? me dice, nerviosa. La verdad, cada vez que os veo a ti y a otras madres con niños, me quedo maravillada admite sonrojándose.
¿Tú? me asombro. A punto estoy de soltarle si eres egoísta, pija y sin ganas de niños. Me vienen a la cabeza esas miraditas que a veces nos dirigía.
Así nos conocimos. Nos sentamos en un banco. Marina habló, habló y lloró. Solo necesitaba compartir todo con alguien.
Marina creció en una familia unida y feliz. Siempre soñó con tener muchos hijos. Se casó muy enamorada. Tras dos embarazos fallidos y un diagnóstico médico de infertilidad, su marido la dejó. Lo mismo hizo el segundo, tras largos tratamientos. Incluso estuvo a punto de morir por un embarazo ectópico.
Luego vino el tercero. Y otra vez, embarazo complicado. Este desapareció solo al oír hablar de hijos. Le gustaba el coche de Marina y su dinero, pero lo último que quería era una familia.
Yo habría dado todo por ser madre me confiesa.
Creía que te gustaban los perros le respondo, sin pensar.
Claro que me gustan sonríe Marina. Pero eso no significa que no ame a los niños.
Para sentirse menos sola, adoptó primero a Nano. Después, le pidieron que cuidara de Chispa, y nunca volvieron a por él. A Duna la rescató de la calle un invierno.
Llena el barrio de perros, mejor tendría un niño, recuerdo las palabras de la abuela. El reloj corre, susurra el abuelo Eusebio.
Ese reloj no para. Marina ya tiene cuarenta y un años, aunque no aparenta más de treinta.
Decide adoptar un niño. Le da igual la edad. Un niño de seis años, Pablo, le encandila. Bueno, primero le gustó ella a él. El niño se acerca y le dice: ¿Vas a ser mi mamá? ¡Sí!, responde Marina.
Es una egoísta, no quiere complicaciones, pienso de nuevo recordando los suspiros de Laura.
Pero a Pablo no se lo entregan. Resulta que su madre, con graves problemas mentales, aún tiene la patria potestad.
Para mí fue un mazazo me cuenta. No entendía cómo un niño puede necesitar tanto una familia, pero la ley no lo permite.
Después aparece Lucía, una niña de cuatro años, con un carácter tremendo. Ya la habían adoptado dos veces y las dos veces la devolvieron. Dicen que la segunda vez, al devolverla, la niña iba de rodillas, llorando, suplicando: ¡Mamá, por favor, no me dejes, prometo portarme bien!
Cuando conoce a Marina, Lucía le pregunta: ¿Tú también me vas a devolver? ¡No!, responde Marina entre lágrimas.
Pero con la adopción surgen obstáculos. Marina no entra en detalles. Pero es mi hija y lucharé por ella, asegura.
Ese día pisa la iglesia por primera vez en su vida. No tengo a dónde más ir, me dice.
Llega el sacerdote, y Marina habla un buen rato con él. Apunta algo en un papel.
Todo irá bien. Con el favor de Dios oigo decir al sacerdote. Y Marina sonríe al fin.
Caminamos juntas de vuelta al hogar.
Seguramente piensas que soy prepotente dice Marina. Pero estoy cansada de explicarme. Ya he tenido que escuchar demasiado de la gente
Me quedo callada.
Marina me invita a ir con mis hijas a su casa algún día, para jugar con los perros. Acepto, y sé que iré. Algo más adelante.
Pero ahora, me muero de vergüenza.
No paro de preguntarme: «¿De dónde sale tanta maldad? ¿Por qué juzgamos tan fácil a los demás sin saber nada?» ¿Por qué he pensado tan mal de ella?
Y ahora solo deseo que a Marina, esa mujer maravillosa a quien todas criticamos, por fin le vaya bien. Que Lucía la abrace, se acurruque y le diga: Mamá, sabiendo que nunca más la entregarán a nadie. Que a su alrededor correteen felices sus fieles perros, Nano, Chispa y Duna
Quizás pase un milagro y Marina encuentre un buen hombre, y Lucía tenga por fin un hermano o una hermana. ¿Por qué no? A veces ocurre.
Y ojalá nadie les diga jamás una mala palabra.







