Todo vale
La familia se ha reunido al completo en Madrid. El motivo, como siempre, es material, aunque disfrazado de una cena familiar. Lucía, hija de doña Tomasa y madre de Camino y Arturo, sostiene entre las manos las pañoletas de su abuela, donde esta solía guardar el dinero… La abuela, con su mente ya en las nubes, ni recuerda ni reconoce a nadie, pero Lucía, por costumbre, sigue guardando su pensión en los mismos pañuelos.
Ay, mirad se lamenta Lucía, dirigiéndose a los presentes. Otra vez han desaparecido. Diez mil euros, como poco. ¡No puedo equivocarme! ¡Yo misma los conté! ¿Dónde demonios van a parar? Mamá, ¿te acuerdas de cuánto había?
Doña Tomasa gira la cabeza… pero no hacia su hija, sino hacia el retrato de su difunto marido.
Ay, Pedro… Qué guapo estabas… Mira a su nieta Eugenia. Y tú, nieta, no toques mis dulces, que son para las visitas… ¿Y Arturo dónde está? ¿Ya salió del colegio?
Lucía, con sumo cuidado, enrolla los billetes de cincuenta euros. Sabe que su madre no podría recordar, ni de lejos, la cantidad. Pero lo tiene claro: alguien está robando. Es una idea absurda porque en esa casa sólo están los de confianza, y aun así, ¡hay un ladrón! Y, para colmo, robando a una anciana…
Al poco rato llega Arturo, justo cuando la abuela acababa de nombrarlo.
¿Pero qué pasa aquí? ¿Os habéis reunido como en un velatorio? dice dejando las llaves del coche sobre la mesa.
Lucía, su madre, da un pequeño respingo:
¡Arturo, hijo, un drama! El dinero. ¡El dinero de la abuela ha desaparecido otra vez! Llevo meses guardándole la pensión en el mueble del salón… ¡Y alguien la roba!
Arturo observa a todos con una ceja levantada. Su madre confía en todos, él en nadie.
¿Dices que el dinero desaparece? entrecierra los ojos. Pues yo sé a dónde va a parar.
Va al recibidor y, sin avisar, trae la bolsa rayada de Camino. Camino ni pestañea antes de que Arturo la abra y, desoyendo los gritos de su madre, vacía el contenido sobre el hule gastado de la mesa.
Cae un río de cosas: pintalabios, llaves, un espejito y… billetes. Muchos billetes. Un buen fajo en billetes de cincuenta euros, amontonados y arrugados.
¡Mirad! exclama Arturo, levantando un billete. Al entrar tiré accidentalmente su bolso, lo recogí y se cayó esto… ¡Billetes de cincuenta! ¡Y me son tan familiares!
La tía Gabriela, que hasta ese momento no había dejado de masticar su ensalada, engulle el bocado y se atraganta, tosiendo.
Si uno mira bien, en cada billete hay una pequeña línea azul de bolígrafo: una marca casi invisible.
¿Os acordáis? continúa Arturo. El mes pasado, mientras Lucía contaba el dinero, Iván cogió un boli y pintó una raya. Pues estos son, los mismísimos billetes de la pensión de la abuela.
Todas las miradas se clavan en Camino.
Ella, que hasta entonces parecía una estatua, da un brinco.
Arturo, ¿qué haces?
¿Yo? responde indignado. ¡Nada! Solo digo que el bolso cayó y aparecieron los billetes. ¡Unos billetes muy familiares!
Camino se da cuenta de que de nada sirve discutir con Arturo, y trata de defenderse ella misma.
¡No he sido yo! se levanta de golpe, derribando una silla.
Incluso la abuela gira la cabeza sobresaltada.
¿Qué pasa? pregunta doña Tomasa. ¿Dónde están mis zapatillas?
Todos parecen no dar crédito a lo que ven.
¿Camino, hija mía? Lucía se levanta con espanto. ¿Cómo has podido? ¿Por qué? Tienes tu trabajo, te ayudo con lo que puedo… ¿Cómo te atreves a robarle a tu abuela?
¡Mamá, que no he sido yo! ¡No he cogido nada!
¿Y quién entonces? pregunta Arturo con tono frío. Eres la única que está siempre aquí, cuidando de la abuela, según tú. Nadie más tiene acceso al cajón. Mamá podría, pero mamá jamás haría algo así. Solo quedas tú.
Camino retrocede, como si la fueran a golpear.
¡Juro que ni los he tocado!
Mira suplicante a su madre, esperando un resquicio de confianza, pero Lucía la contempla horrorizada.
Mientes… susurra. ¿Cómo has podido…?
¡Yo quiero a la abuela! llora Camino, dolida. ¡Solo venía a ayudarla! ¡No he tocado ese dinero!
Pero la lógica es inclemente: el dinero cayó de su bolso y sólo ella podría haberlo hecho.
Ya está. Creo que el asunto termina aquí sentencia Arturo. Qué penita, Camino. De verdad. Podrías haberlo pedido y te habríamos ayudado. Pero robarle a una abuela indefensa… nadie lo esperaba de ti.
Aquel día echan a Camino de la casa y su mundo se vino abajo. Nadie le escucha. Nadie quiere oír su versión. Su madre, tras calmarse, intenta pedir a la familia que sean más flexibles con ella, pero…
No la traigas más, Lucía susurra la tía Gabriela por teléfono cuando Lucía quiere hablar del asunto. ¿Te imaginas la vergüenza? La abuela ya no recuerda mucho, pero si supiera en qué se ha convertido Camino…
Lucía acepta. Apenas habla con su hija. Cuando Camino llama, apenas recibe monosílabos: ocupada, luego, ahora no.
Camino intenta luchar. Llama a todos los parientes desde distintos móviles, pero en cuanto reconocen su voz, cuelgan. Intenta investigar por su cuenta, pero nadie le habla ni le deja entrar en casa de la abuela.
Solo consigue que su madre acceda a verla.
Mamá, por favor Camino casi suplica. Sé que suena a excusa, ¡pero te juro que no he sido yo! ¿Por qué no me crees?
A Lucía le pesa más que a nadie. Después de todo, es su hija.
Camino… a mí esto me duele más que a nadie. Pero el dinero estaba en tu bolso. No hay más que hablar. Si sólo lo hubiera visto yo, tal vez podría olvidarlo, pero la familia no va a perdonarte Y yo tampoco puedo. La abuela hizo mucho por ti
¡Pero no he sido yo! ¿Y si se cayeron antes? ¿Si salieron de otro bolso? ¿Si otra persona los dejó ahí?
¡Basta! corta Lucía. Eres mi hija y quiero confiar en ti, pero los hechos ¡los hechos dicen que eres una ladrona!
Con esta acusación, Lucía se marcha deprisa, dejando a Camino en la calle, con el corazón helado.
Ni siquiera pudo despedirse de la abuela…
Pero Camino espera a que la familia se disperse, y va al piso de la abuela, pensando que quizá su madre esté allí. Al menos, todavía a veces acepta hablar con ella. ¿Quizás ahora sí la escuche?
Pero la recibe Arturo.
Alto, serio. Ella tiene que alzar la cabeza para mirarle a los ojos. Quizás, en el fondo, hasta prefiere que sea él.
Arturo le pide. Habla conmigo, por última vez.
Ay, Camino, ¿sigues queriendo salvar tu nombre? Ya no tiene remedio le responde su hermano. Será mejor que reconozcas que has robado, a lo mejor te perdonan.
Pero Camino nunca ha sabido pedir disculpas si no ha hecho nada malo.
No. Quiero saber la verdad. ¿Y si te has confundido? ¿Y si el dinero se cayó de otro bolso, o de un bolsillo? Recuerda bien…
Pero, de repente, la mirada de Arturo se vuelve helada.
¿Confundirme? Camino, ¿tú sigues siendo tan ingenua? Por supuesto que sé que no los cogiste. ¡Yo mismo te los metí en el bolso!
Camino siente que el mundo se le cae encima.
¿Qué? es lo único que acierta a decir.
Como lo oyes.
¿Por qué? ¿Por qué hiciste eso?
Para quitarme competencia.
En esto de la herencia, hermana, todo vale. A la abuela le quedaba poco, lo veías como yo. Y este piso ya estaba puesto a nombre de mamá para evitar líos de notaría. Pero había un problema. Mamá, como bien sabes, tiene el corazón blando. Quería que el piso fuera para ti.
Camino no entiende nada.
¿Por qué?
Porque, querida Caminito continúa él, venenoso, venías cada tarde, hacías la cena, limpiabas la casa, le leías cuentos aunque ya no entendiera nada. Eras la nieta perfecta. Mamá lo veía y se derretía. Creía que te lo merecías tú. ¿Y yo? ¿No era suficiente? Así que competí.
¡Yo no lo hacía por el piso! grita Camino, herida, su confesión solo le duele más. ¡Lo hacía por la abuela! ¡La quiero!
Él se ríe.
Ay, Camino, no cuentes historias. Todos somos humanos. Querías quedar de santa, hija adoptiva, y llevártelo todo. Pero te gané. Uno a uno.
Dado su silencio, él mismo zanja la cuestión.
Ahora ya está: eres una ladrona. Mamá nunca se irá de mi lado, porque soy el buen hijo. Tú, la oveja negra. Y el piso, por supuesto, es mío, porque tú ya ni puedes acercarte sin montar un escándalo.
Qué cabrón eres dice Camino.
Lo que hay, hay. Bueno, hasta luego, hermana. Yo ya tengo mi herencia.
Abre la puerta.
Camino ni se mueve. Sí, le habría venido bien el piso. Alquilar en Madrid es carísimo y comprar imposible. Pero la abuela de verdad la quería. Recuerda cómo doña Tomasa, incluso ya tan desconectada, le acarició la mejilla un día y dijo: Gracias por venir, hija mía. Eres igual que mi Pedro.
Ahora, para limpiar su nombre, debería probar que Arturo miente. ¿Y cómo hacerlo?
No puede.
Sale del portal y cierra. Sabe que en un año jamás recordarán que nunca fue mala persona. Solo recordarán una cosa: Camino robó a su abuela moribunda.
Arturo ya ha ganado. Y lo celebra.






