Todo vale
Los familiares se han reunido al completo. El motivo, como siempre, es económico, aunque lo disfrazan como una cena familiar. Luisa, hija de la abuela Tomasa y madre de Carmen y Antonio, repasa entre sus manos los clásicos pañuelos de su madre, donde ésta solía guardar el dinero… La abuela ya no es capaz de manejar su dinero, no se acuerda de nada ni reconoce a nadie, pero Luisa, por costumbre, sigue guardando su pensión en esos mismos pañuelos.
Mira, se lamenta Luisa, dirigiéndose a los presentes. Otra vez han desaparecido. Diez mil euros, por lo menos. ¡No puede ser confusión, los he contado yo misma! ¿A dónde demonios se va ese dinero? Mamá, ¿tú recuerdas cuánto había?
La abuela Tomasa se gira… pero no hacia su hija, sino hacia el retrato de su difunto marido.
Ay, Pedro… qué bonito todo… dice, mirando de reojo a su nieta Eugenia. Y tú, nieta mía, no toques mis bombones, son para las visitas… ¿Y Antonio? ¿Está en clase?
Luisa enrolla los billetes de mil euros. Su madre, por supuesto, ya no recuerda cuánto dinero había. Pero Luisa está convencida: alguien roba en casa. Es una idea absurda, porque allí sólo están los de la familia, pero está segura: ¡alguien roba! ¿Y a quién? A una anciana indefensa…
Llega Antonio, justo al que evocaba la abuela.
Bueno, ¿qué pasa aquí, que parecéis en un velatorio? pregunta dejando las llaves del coche sobre la mesa.
Su madre, Luisa, solloza:
¡Antonio, hijo, es un desastre! El dinero… ¡A la abuela le han vuelto a desaparecer los ahorros! Llevo meses guardando aquí su pensión, en este armario… ¡Y alguien lo está robando!
Antonio examina la escena con una sonrisa sarcástica. Su madre aún confía en todos; él, en nadie.
¿Dinero, dices? ¿Desaparece? entrecierra los ojos Antonio. Pues yo sé dónde acaba…
Se va al recibidor y vuelve arrastrando el bolso de rayas de Carmen. Carmen no puede reaccionar antes de que Antonio, ignorando los exclamaciones de protesta de su madre, abre la cremallera y vuelca el contenido sobre el viejo hule de la mesa.
Brotes de pintalabios, llaves, espejito y… dinero.
Mucho dinero.
Billetes arrugados, pero perfectamente reconocibles; cinco mil euros en billetes de quinientos.
¡Mira! exclama Antonio levantando uno. Cuando entré, el bolso se me cayó y, al levantarlo, vi que se salían… ¡Billetes de quinientos! Y qué familiares son…
La tía Gloria, que estaba comiendo ensalada con la mirada fija, traga el bocado, se atraganta y empieza a toser.
En cada billete, si uno mira bien, se aprecia una tenue línea azul de bolígrafo.
¿Recordáis sigue Antonio que hace un mes, cuando mamá contaba el dinero, Juanito le garabateó los billetes con bolígrafo? Pues aquí están. Los mismos quinientos de la pensión de la abuela.
Todas las miradas se centran en Carmen.
Carmen, que hasta ahora parecía una estatua, da un respingo.
Antonio, ¿pero tú qué haces?
¿Yo? se indigna él. ¡Nada! Yo sólo pasaba y cuando tu bolso cayó, vi el dinero. ¡Un dinero que me sonaba muchísimo!
Carmen comprende que ya no sirve enfrentarse a Antonio; sólo le queda justificarse.
¡No he sido yo! salta, rozando la mesa.
Incluso la abuela Tomasa gira buscando el alboroto.
¿Qué escándalo hay? pregunta. ¿Dónde están mis zapatillas?
Los ojos de todos eran grandes como platos.
Carmen, hija… Luisa se levanta. ¿Cómo has podido? ¿Por qué? Trabajas, yo te ayudo… ¿Cómo se puede robar a la abuela?
¡Mamá, que no he sido yo! ¡No he cogido nada!
¿Y quién, entonces? espeta Antonio. Tú eres la única que está aquí todo el día, cuidando a la abuela, como dices. Los demás ni tienen acceso al armario. Mi madre sí, pero ella jamás haría algo así. Sólo quedas tú.
Carmen retrocede como si temiera que la fueran a golpear.
¡Te juro que no he tocado nada!
Busca una señal de comprensión en su madre, pero Luisa le clava la mirada con horror.
Mientes susurra. ¿Cómo has podido hacer esto?
¡Si yo quiero a la abuela! Carmen llora de pura impotencia. ¡Vengo para ayudarla! ¡No he cogido ese dinero, te lo juro!
Pero la lógica implacable iba en su contra. El dinero había salido de su bolso. No había más sospechosos.
Ya está, resume Antonio. Creo que el tema queda zanjado. Qué pena, Carmen. De verdad. Podrías haberlo pedido, te lo habríamos dado. Pero robarle a la abuela, tan indefensa… Nadie lo imaginaba de ti.
Aquella noche Carmen salió de la casa, y su mundo se volcó. Nadie quiso escucharla ni comprenderla. Luisa, tras unos días, pidió a los familiares que no fueran duros, pero
No dejes que vuelva, Luisa, le espetó al teléfono la tía Gloria cuando Luisa trataba de hablar del asunto. ¡Qué vergüenza! Tu madre ya no se entera, pero si supiera en quién se ha convertido Carmen, se moriría dos veces…
Luisa obedecía. Dejó casi de hablar con su hija. Cuando Carmen la llamaba, sólo obtenía un “ocupada”, “luego”, “no ahora”.
Carmen intentó luchar. Llamaba desde distintos números; en cuanto descubrían que era ella, colgaban. Inició su propia investigación, sin éxito, porque nadie quería oírla ni permitirle entrar en la casa de su abuela.
Solo consiguió reunirse con su madre.
Mamá, por favor… le rogaba Carmen. Sé que parece una excusa, pero te juro que no he sido yo. ¿Por qué no me crees?
Para Luisa era durísimo. Era su hija.
Carmen… a mí me duele más que a nadie. Pero el dinero estaba en tu bolso. No hablemos más. Si solo lo hubiera visto yo, habría intentado olvidar el tema, pero la familia no te lo va a perdonar Me está costando mucho, tu abuela hizo tanto por ti.
¡Pero yo no tengo la culpa! Quizá los billetes se cayeron antes, de otro bolso, o alguien más…
¡Basta! cortó Luisa. Eres mi hija y quiero creer en ti, pero los hechos dicen que eres una ladrona.
Con esa acusación, Luisa se fue, dejando a Carmen a la intemperie.
Ni oportunidad para despedirse de la abuela le dieron…
Pero esperó a que todo se calmara, a que se fueran todos, y fue al piso de la abuela, con la esperanza de que su madre viviera ya allí. A veces, aunque distante, Luisa ahora aceptaba hablar con ella. ¿Quizá esta vez conseguiría explicarse?
Pero quien la recibió fue Antonio.
Era tan alto que tuvo que mirar hacia arriba para encontrarle la mirada. Y quizá mejor que fuera él.
Antonio suplicó Carmen. Por favor, hablemos. Solo una vez más.
Ay, Carmen… ¿aún crees que puedes limpiar tu nombre? Eso ya no tiene arreglo, dice él. Mejor asume y pide perdón, quizá te perdonen.
Pero Carmen no iba a pedir perdón por algo que no había hecho.
No. Necesito saber la verdad. ¿Seguro que no te confundiste? ¿Quizá el dinero cayó de otro bolso o de un bolsillo? Piensa bien…
Entonces a Antonio se le heló la mirada.
¿Confundirme? ¿De verdad eres tan inocente, Carmen? se inclina sobre ella. ¿Quieres la verdad? Claro que sé que tú no robaste nada. Fui yo quien metió los billetes en tu bolso.
A Carmen le da un vuelco el corazón.
¿Qué…?
Así es.
¿Pero por qué? no puede creerlo ¿Por qué me has hecho esto?
Eliminas a la competencia.
En las guerras de herencias, hermana, vale todo. A la abuela le quedaban, con suerte, unos meses y la casa ya estaba a nombre de mamá, evitando líos de herencias. ¿Y cuál era el problema? Mamá, como sabes… es de lágrima fácil. Quería dejarte la casa a ti.
Carmen aún no entiende nada.
¿Por qué?
Pues porque, querida Carmen, responde él con cinismo, eras la nieta perfecta: cada tarde ibas, la cuidabas, limpiabas, le leías cuentos que ya ni comprendía. Mamá veía eso y se derretía. Pensaba que te lo merecías todo… ¿Y yo qué? ¿No soy nieto? ¿No merezco nada? Así que decidí competir a mi manera.
¡Pero yo no venía por el piso! grita Carmen desgarrada. Venía por la abuela, porque la quería.
Antonio se ríe con desprecio.
Ay, Carmen, no me vengas con cuentos. Todos somos humanos. Querías hacerte la buena, la sufrida, y así llevártelo todo. Y he ganado. Uno a uno.
Como Carmen ya no responde, él remata:
Ahora, concluye Antonio, eres una ladrona. Mamá nunca dudará de mí, soy el hijo ejemplar. Tú, la hija perdida. Y el piso, por supuesto, me toca, porque tú ya no puedes ni entrar sin montar un escándalo.
Eres un… dice Carmen, conteniéndose las lágrimas.
Lo soy. Pues hala, hermana. La herencia es mía.
Abre la puerta.
Carmen no se mueve. Le habría venido bien el piso; alquilar está por las nubes, comprar imposible. Pero ella de verdad quería a la abuela, siempre recordaría cómo Tomasa, incluso en sus momentos de lucidez, le acarició la mejilla y le dijo: Gracias por venir, mi niña. Eres como mi Pedro.
Ahora, para recuperar su honra, tendría que demostrar que Antonio mentía. Pero, ¿cómo?
No había manera.
Sale, cierra la puerta. Sabe que en un año ya nadie recordará que no fue mala persona. Solo quedará lo de siempre: Carmen robó el dinero a su abuela moribunda.
Antonio ya ha ganado. Y lo celebra como quien gana la lotería.







