Todo lo que sucede, sucede para bien
Carmen Fernández era la madre de Lucía, y desde siempre quiso moldearla a su imagen y semejanza. Lucía obedecía en todo cuanto decía su madre. Carmen se consideraba una mujer fuerte y triunfadora, por eso exigía a su hija seguir a rajatabla todos sus consejos.
Lucía le decía Carmen Fernández con voz seria, si quieres llegar tan lejos como yo en la vida, tienes que ir justo por el camino por donde yo te indico, ni un paso fuera. ¿Lo entiendes y te queda claro para siempre?
Sí, mamá respondía la hija.
Lucía quería mucho a su madre, por lo que siempre intentaba escucharla y no decepcionarla. Además, Carmen soñaba con que su hija fuese una auténtica señorita perfecta. Sin embargo, mientras más intentaba Lucía, menos le salían las cosas como su madre quería.
Al fin y al cabo, era una niña; desde pequeña se manchaba, rompía cosas, se caía y hacía travesuras. Pero, eso sí, en los estudios iba muy bien. Sabía que si sacaba un cinco, para su madre sería una tragedia absoluta.
Lucía, ¡qué vergüenza! ¿Cómo puedes traer un cinco? ¿Es que no nos respetas a tu padre y a mí? Por favor, corrígelo cuanto antes.
Vale, mamá decía obediente su hija, e intentaba justificarse: Pero si es solo un cinco… fue por casualidad…
Nada de excusas, hija… Tú tienes que ser la mejor y la más lista.
A Lucía le afectaba, pero pronto cambiaba el cinco por un sobresaliente. Terminó el bachillerato con matrícula de honor, no podía ser de otra forma. Carmen Fernández estaba satisfecha, especialmente cuando su hija entró sin dificultad en la universidad.
Bien hecho, hija, estoy orgullosa de ti le dijo una vez su madre. Tienes que seguir así, siempre.
Carmen tenía una empresa constructora, un mundo donde pocas mujeres se movían, pero ella lideraba el negocio con mano firme y sorprendía a muchos empresarios con su carácter de hierro. Ni por un momento dudaba que, cuando Lucía terminara la universidad, trabajaría a su lado.
Lucía, por su parte, soñaba con liberarse del control materno y respirar tranquila; incluso pensó en irse a estudiar a una universidad en otra ciudad, aunque en vano.
Hija, tienes que estar bajo mi supervisión sentenció la madre. ¿A qué viene eso de otra ciudad? La universidad de nuestra ciudad es excelente, ahí te quedas.
Lucía no supo ni pudo replicar. En tercero de carrera, Lucía se enamoró de verdad. Antes había salido con algunos chicos, había tenido citas a escondidas de su madre, pero nunca llegó la cosa a mayores.
A Javier, un chico simpático de ojos verdes y sonrisa traviesa, le bastó para conquistar su corazón. Javier estudiaba en un grupo paralelo, también en tercero. Lucía era una estudiante de sobresaliente, mientras Javier llevaba fatal los trabajos finales. Un día la paró en el pasillo de la universidad:
Lucía, ¿me echarías una mano con el trabajo este? Estoy fatal…
Claro, te ayudo aceptó Lucía, feliz, pues le gustaba Javier.
Desde entonces, Lucía le hacía los trabajos y Javier pagaba a su modo: dejándose querer y queriendo. Salían juntos, paseaban, iban al cine y a cafeterías.
Carmen Fernández empezó a sospechar algo y fue al grano.
Hija, ¿te has enamorado?
¿Cómo lo sabes? se sorprendió Lucía.
Si es que se te nota en la cara… Quiero conocer a ese chico, tengo que saber qué clase de pájaro es.
Lucía llevó a Javier a casa, los padres lo recibieron bien, hasta Carmen no le sacó pegas. Cuando el chico se fue, la madre comentó:
¿De verdad esto es amor, Lucía? Ese chico solo te utiliza. No tiene ni brillo intelectual, no hay de qué hablar con él, ¿qué le ves?
Eso no es cierto, mamá protestó por primera vez Lucía. Javier es ambicioso, lee mucho, le interesa la historia. Le has intimidado con tu intelecto, pero no todo el mundo tiene que ser igual, y aún es joven…
Hija, no es para ti insistió la madre con firmeza.
Lucía decidió plantarse.
Mamá, lo siento, puedes decir de Javier lo que quieras que yo, de todos modos, voy a amarlo y salir con él.
Carmen la miró boquiabierta y, enfadada, agitó la mano.
Algún día entenderás que tu Javier es completamente mediocre.
Sin embargo, Lucía mantuvo su postura y, tras terminar la carrera, se casó con Javier. Estaba feliz de que su madre se hubiera equivocado sobre él.
La vida demostró que a veces los estudiantes mediocres llegan más lejos, triunfan y ascienden más rápido que los brillantes. Así le ocurrió a Javier; encontró trabajo en una empresa importante, mientras Lucía acabó bajo el ala de su madre.
Javier tenía su propio piso, que sus padres le regalaron mientras estudiaba, así que tras la boda Lucía celebró haberse librado por fin de la tutela materna, aunque fue solo un espejismo. Carmen la metió a trabajar en su empresa.
Un día, Javier llegó a casa con una noticia:
Lucía, me han nombrado jefe de departamento, aunque estoy a prueba. Pero voy a esforzarme y a cumplir las expectativas.
Así fue, y a los tres meses fue confirmado en el cargo. A Javier no le gustaba nada que su mujer, con su expediente impecable, estuviera siempre a la sombra de su madre.
Lucía, en esa empresa, siempre bajo tu madre, no llegarás a nada. Es hora de despegar y dejar ese control rezongaba Javier. ¿Vas a seguir toda la vida siendo su marioneta? Ella te aplasta y, la verdad, es una mandona, y tú una blandengue.
A Lucía le dolía escuchar eso, aunque sabía que tenía razón. Poco a poco Javier dejó de reprocharle la falta de carácter, pero Lucía no se sentía mejor; él se volvió más introvertido e indiferente, pero a ella le bastaba con que no protestase y siguiese a su lado.
Un año después, Javier llegó un día y, en voz baja, le dijo:
He conocido a otra mujer y la amo. Me voy con ella. Es, a diferencia de ti, de verdad…
Por primera vez en su vida, Lucía perdió los papeles. Gritó, insultó, rompió un plato y, cogiendo el móvil de Javier, lo estampó contra la pared, desgarró varias camisas y luego se calmó.
Javier la observó tranquilo y le dijo:
Fíjate, al final tenías genio. Lástima descubrirlo ahora. Y se fue con la otra.
Te odio… te odio… susurró Lucía. Recogió sus cosas, alquiló un piso y se marchó.
A Carmen Fernández no le dijo nada, pues ya sabía lo que su madre le contestaría. Lucía logró ocultarle su situación por más de un mes, pero Carmen, con su sexto sentido, pronto lo notó.
Lucía, te veo sin vida, vas por ahí como alma en pena. ¿Tienes problemas con tu marido?
¿Por qué lo dices? No tengo problemas de marido porque ya no tengo marido.
Madre mía, ya sabía yo que te dejaría. ¿Cuándo fue?
En abril…
¿Y has callado todo este tiempo?
Lucía suspiró. No podía interrumpir la letanía de reproches de su madre hacia Javier y hacia ella misma.
Te lo advertí. Al menos no serás su criada, y menos mal que no tienes hijos. Deberías hacerme caso de ahora en adelante, ¿lo has entendido?
Mamá, todo lo que pasa, pasa para bien le dijo de repente Lucía, se levantó y añadió: Y no pienso seguir trabajando en la empresa, estoy harta… Salió del despacho y Carmen se quedó hablando sola.
Lucía decidió alejarse de su madre, ya sabía que si seguía, tendría que escuchar sermones a diario, y aún la controlaría cada paso que diese.
Salió a la calle caminando sin rumbo, después se subió a un tranvía, se bajó en su parada y, sin darse cuenta, cayó de mala manera al pisar un agujero en la acera. Se sentó frotándose la pierna.
¡Lo que me faltaba! pensó entre dientes.
¿Le ha pasado algo? le preguntó un chico que pasaba por allí, pues ya se había marchado el tranvía. La ayudó a levantarse; cuando apoyó la pierna, le dolía.
¿Le molesta mucho? preguntó él con delicadeza.
Bastante contestó Lucía con una mueca.
No diga más; apóyese en mí la cogió sin esfuerzo y la llevó a su coche. Mejor la llevo al hospital, no sea que sea algo serio
Soy Álvaro, ¿y tú cómo te llamas?
Lucía.
En el hospital confirmaron que no era fractura, solo un esguince. Le vendaron la pierna, le explicaron qué hacer e indicaron reposo. Álvaro la esperó pacientemente todo el tiempo y la acompañó hasta casa.
Dime tu número de móvil pidió con cortesía, por si te puedo ayudar en algo.
Lucía no tuvo inconveniente y se lo dio. Al día siguiente, Álvaro la llamó.
¿Qué te llevo? Imagino que todavía estarás dolorida.
Pues zumo y fruta, y no tengo pan en casa respondió Lucía.
Al poco tiempo sonó el timbre. Lucía arrastró el pie y abrió. Álvaro había traído dos bolsas llenas.
¡Por Dios, cuántas cosas!
Vamos a celebrar nuestro encuentro, si te parece. No te preocupes, hoy yo cocino o ayudo en lo que haga falta. ¿Nos tuteamos ya?
Lucía se echó a reír; no ponía ninguna objeción, se sentía cómoda y libre con Álvaro.
La iniciativa la llevó él: puso la mesa, calentó una bandeja en el microondas, sirvió zumo en copas. Nada de alcohol; avisó desde el principio que no bebía. La velada fue estupenda.
Cuatro meses después, Lucía y Álvaro se casaron; al año tuvieron una hija a la que llamaron Triana. Cuando le preguntaban dónde había conocido a un hombre tan estupendo, Lucía se reía:
Me recogió en plena calle… ¿No os lo creéis? Pues preguntadle a él.
Gracias por haber leído mi historia. Mucha suerte en la vida.







