Todo sucede para bien Inmaculada Victoria – madre de Blanca – modeló a su hija a su imagen y semejanza, y Blanca siempre obedecía en todo. La madre se tenía por una mujer fuerte y exitosa, por eso le exigía a su hija que siguiera fielmente todos sus consejos. —Blanca —decía con severidad Inmaculada Victoria—, si quieres conseguir en la vida los mismos resultados que yo, debes seguir exactamente el camino que te marco, sin desviarte ni un paso. ¿Lo entiendes y lo tienes claro para siempre? —Sí, mamá —respondía la hija. Blanca quería mucho a su madre y por eso intentaba hacerle caso siempre, sin deseo de decepcionarla. La madre soñaba con ver en su hija a una perfecta Miss Perfección. Pero cuanto más crecía Blanca, menos lo lograba. Al fin y al cabo, los niños son niños, y Blanca siempre manchaba algo, rompía, se caía o hacía travesuras. Sin embargo, en el colegio sacaba excelentes notas, porque si llegaba un aprobado raspado, para su madre era una tragedia. —Blanca, ¡qué vergüenza! ¿Cómo puedes sacar un aprobado? ¿No tienes respeto por tu padre y por mí? No nos humilles— le reprendía. —Vale, mamá —respondía sumisa y a veces intentaba defenderse: —Mamá, solo ha sido uno, de casualidad… —Da igual, hija… Tienes que ser mejor y más lista que los demás. Blanca lo pasaba mal, pero en seguida arreglaba la nota sacando sobresalientes. Terminó el colegio con matrícula de honor, como no podía ser de otra forma. Inmaculada Victoria estaba satisfecha cuando su hija entró en la universidad sin dificultad. —Muy bien, hija, estoy orgullosa de ti —dijo su madre una vez—. Así debes seguir siempre. Inmaculada Victoria tenía una empresa de construcción, poco habitual para una mujer, pero la dirigía con firmeza tal que sorprendía incluso a empresarios hombres. Nunca dudó de que, tras la universidad, colocaría a su hija a su lado. Por su parte, Blanca deseaba liberarse del control de su madre, respirar tranquila; incluso quiso irse a la universidad a otra ciudad, pero fue en vano. —Tienes que estar bajo mi supervisión —le dijo tajante la madre—. Qué cosas dices… ¡Si en nuestra ciudad tenemos universidad! Aquí estudiarás. Blanca, claro, no replicó. En el tercer curso se enamoró perdidamente. Antes había salido con chicos, a veces a escondidas de la madre, pero nada serio. Jorge, un rubio de ojos azules y sonrisa encantadora, conquistó su corazón. Iba en su misma universidad, tercer curso también. Blanca seguía destacándose en los estudios; a Jorge le costaba algo más, especialmente los trabajos de fin de curso. Un día, la paró en el pasillo universitario: —Blanca, échame una mano con el trabajo, me he colapsado… —Por supuesto, te ayudo —aceptó ella encantada, porque Jorge le gustaba mucho. Desde entonces, Blanca le hacía los trabajos a Jorge, y él le “pagaba” con cariño y dejándose querer. Salían, paseaban, iban al cine, a cafeterías. Inmaculada Victoria notó enseguida que algo pasaba y fue directa: —¿Hija, te has enamorado? —¿Cómo lo sabes? —se sorprendió Blanca. —Se te nota en la cara… Preséntamelo. Tengo que saber “de qué pie cojea”. Blanca invitó a Jorge a casa, los padres le conocieron y le recibieron bien, incluso Inmaculada Victoria no puso pegas. Cuando Jorge se fue, la madre sentenció: —¿Amor? ¡Por favor! Ese chico solo te utiliza. Ni destaca por su inteligencia, ni es interesante. ¿Qué le ves? —No es verdad, mamá —se atrevió a responder Blanca—. Jorge es decidido, leído, le apasiona la historia. Tú le intimidas con tu inteligencia; no todos son iguales, además es aún joven. —Hija, él no es para ti —insistía la madre. Blanca decidió plantarse: —Mamá, perdona, pero por mucho que digas de Jorge, yo seguiré con él y le quiero. Inmaculada Victoria la miró asombrada y, enfadada, movió la mano con desdén. —Algún día lo entenderás; tu Jorge es un simple mediocre. A pesar de todo, Blanca se impuso y, tras graduarse en la universidad, se casó con Jorge. Se alegraba de que su madre se hubiera equivocado respecto a él. La vida le enseñó que los estudiantes mediocres pueden triunfar más y avanzar antes que los que sacan matrícula, y así pasó con Jorge. Tras acabar la carrera, encontró un trabajo prestigioso, mientras Blanca continuaba bajo el ala de su madre. Jorge tenía su propio piso, regalo de sus padres durante la universidad, así que, tras casarse, Blanca se sintió libre de la tutela materna, aunque fue un espejismo: en lo laboral, también trabajaba con su madre. Un día Jorge llegó a casa anunciando: —Blanca, me han nombrado jefe de departamento, aunque en periodo de prueba. Voy a esforzarme al máximo. Y al poco, el puesto fue definitivo. A Jorge no le gustaba que su esposa, con matrícula de honor, siguiera trabajando bajo el mando de su madre. —Blanca, mientras sigas con tu madre, no tendrás vida propia. Deja de estar sometida, libérate de una vez —le reclamaba su marido—. ¿Vas a pasarte la vida de alfombra? Ella te aplasta… es una bruja y tú una “mosquita muerta”. A Blanca le dolía oírlo, aunque sabía que tenía razón. Con el tiempo, Jorge dejó de reprochárselo, pero ese distanciamiento tampoco le sentó bien a ella. Él cada vez estaba más ausente y frío, y a Blanca le venía casi bien: al menos, no discutían y él seguía allí. Pasó un año más y, un día, Jorge la miró serio y sentenció: —He conocido a otra mujer y la amo. Me voy. Ella, a diferencia de ti, es auténtica… Por primera vez en su vida, Blanca perdió los papeles. Gritó, insultó, rompió un par de camisas y lanzó el teléfono contra la pared, luego se serenó. Su marido, en silencio, observó todo aquello y finalmente dijo: —Resulta que sí tienes carácter. Lástima haberlo descubierto tan tarde —y se fue. —Te odio, te odio —dijo ella, recogió sus cosas, alquiló piso y se marchó. No le contó nada a su madre; sabía qué iba a responderle. Durante más de un mes logró ocultar su situación, hasta que Inmaculada Victoria, con su instinto, la desenmascaró. —Blanca, ¿qué te pasa? Tienes la mirada triste, vas por la vida apagada. ¿Problemas con tu marido? —¿De dónde sacas eso? No es que tenga problemas con mi marido, es que ya no tengo marido. —Dios mío, lo sabía. ¿Te ha dejado? ¿Cuándo pasó? —En abril. —¿¡Y has callado hasta ahora!? Blanca suspiró. No podía interrumpir a su madre, y escuchó pacientemente la descarga de reproches contra Jorge y contra ella. —Te lo advertí, al menos no eres su sirvienta. Qué suerte que no tuvierais hijos. Ahora, a escuchar mis consejos, ¿entendido? —Mamá, todo sucede para bien —respondió entonces Blanca, se levantó y añadió—. Y a partir de hoy, dejo de trabajar contigo. Ya basta… Salió del despacho, dejando a Inmaculada Victoria descolocada. Blanca pensó alejarse todo lo posible. Sabía que, ahora, su madre la machacaría a diario y no la dejaría hacer nada por sí misma. Caminando distraída, sin rumbo fijo, se montó en el tranvía, y al bajar en su parada, torció el pie en un bache y cayó. “Solo me faltaba esto…” pensó mientras se sentaba de dolor. —¿Está bien? —se acercó enseguida un joven que pasaba por allí tras marcharse el tranvía. Le ayudó a levantarse; el pie dolía. —¿Le duele mucho? —Sí, bastante… —Apóyese en mi hombro —la cogió con facilidad y la llevó hasta su coche—. Vamos al hospital, puede ser una fractura… —Soy Eugenio; ¿cómo se llama usted? —Blanca. En el hospital descubrieron que era un esguince, le vendaron bien y le explicaron qué hacer. Eugenio la esperó todo el tiempo y luego la llevó a casa. —¿Me da su número de teléfono? —pidió amable— Por si necesitara ayuda. Blanca no objetó, se lo dictó. Al día siguiente Eugenio llamó. —¿Quiere que le traiga algo? Su pie aún no estará bien, imagino. —Algo de fruta, zumo… y pan, que no me queda —dijo ella. Enseguida sonó el timbre; Blanca abrió y Eugenio entró con dos bolsas llenas. —¡Virgen santa! ¿Y esto? —Vamos a celebrar nuestro encuentro, si le parece bien. No se preoupe, yo me encargo, o lo hago todo yo mismo. ¿Nos tuteamos? Blanca se rió sincera; con Eugenio se sentía cómoda y libre. Él lo preparó todo, puso la mesa, calentó un poco de carne, sirvió zumo. Dijo que no bebía alcohol. Pasaron una velada estupenda. Cuatro meses después, Blanca y Eugenio se casaron y, al año, nació su hija, Lucía. Cuando le preguntaban a Blanca dónde había encontrado a un marido tan estupendo, ella reía: —¡Me recogió de la calle! No os lo creéis, preguntadle a él… Gracias por leer, por suscribiros y por vuestro apoyo. ¡Os deseo lo mejor en la vida!

Todo sucede para bien

Recuerdo aquellos días como si fueran de otra vida, cuando doña Mercedes Álvarez mi madre se esforzaba por hacer de mí, Lucía, su viva imagen. Desde niña, no hacía más que seguir al pie de la letra sus consejos. Mi madre se consideraba una mujer fuerte y triunfadora, y con esa convicción inculcaba en mí la obligación de obedecerla sin desviarme un ápice de su camino trazado.

Lucía decía con voz firme doña Mercedes, si quieres llegar donde yo he llegado, has de recorrer el sendero que te marco. Ni un paso de lado, ¿me entiendes? Espero que te quede claro para toda la vida.

Sí, madre respondía yo sin dudar.

Siempre quise mucho a mamá, por eso intentaba complacerla y jamás soñaba con decepcionarla. Su mayor deseo era que su hija fuese la perfección hecha persona. Sin embargo, cuanto más crecía yo, más difícil se volvía estar a la altura de sus exigencias.

De pequeña, como cualquier niña, a veces me ensuciaba, rompía algún vestido, tropezaba y llegaba a casa con las rodillas raspadas. Pero, en la escuela, jamás me permitía fallar. Si alguna vez sacaba un aprobado justo, para mamá aquello era poco menos que una catástrofe.

Lucía, qué vergüenza. ¿Cómo te atreves a sacar un simple cinco? ¿Es que no respetas a tus padres? Corrígelo cuanto antes y que no se repita.

Sí, mamá murmuraba yo, a veces intentando, tímidamente, justificarme. Mamá, solo ha sido un despiste, de verdad

No me importa, hija. Tienes que ser la mejor, nadie debe superarte.

Me dolía desilusionarla, de modo que rápidamente enmendaba la nota. Terminé el colegio con matrícula de honor, como no podía ser de otra manera. Doña Mercedes quedó satisfecha cuando ingresé sin dificultad en la Universidad Complutense de Madrid.

Bien hecho, hija, me siento orgullosa de ti me dijo por fin, cediendo una sonrisa. Así debes seguir.

Mi madre era una empresaria del sector inmobiliario, un mundo de hombres en el que ella se movía con una destreza asombrosa. Muchos de sus colegas se asombraban de su mano firme. Jamás dudó de que, al terminar la carrera, me querría tener a su lado en la empresa.

Por mi parte, tenía ansias de respirar libertad, incluso soñé con estudiar en Barcelona, pero, por supuesto, no fue posible.

Hija, necesitas estar bajo mi vigilancia zanjó ella tajantemente. Nada de irte fuera, aquí tenemos universidades de sobra.

No era capaz de contradecirla. En tercero de carrera, me enamoré verdaderamente por primera vez. Antes había salido alguna vez, siempre a escondidas, pero nada importante.

Álvaro, sonriente, de ojos claros y pelo rubio, me conquistó por completo. Él estudiaba en un grupo paralelo al mío, también en su tercer año. Yo seguía sacando muy buenas notas, pero él, en cambio, se atrancaba con los trabajos. Un día me abordó en el pasillo:

Lucía, ¿me ayudas con el trabajo de fin de curso? Estoy agobiado

Claro, te ayudaré encantada contesté, feliz de poder pasar más tiempo con Álvaro.

Desde entonces empecé a hacerle varios trabajos. Él, a cambio, me premiaba con su cariño y compañía. Salíamos, paseábamos por el Retiro, íbamos al cine o a tomar chocolate con churros.

Pero doña Mercedes, con su siempre atento instinto, enseguida sospechó.

Hija, ¿te has enamorado?

¿Cómo lo sabes? me sorprendió que lo adivinara.

Se te nota en la cara Tráelo a casa, quiero ver qué clase de pájaro es.

Presenté a Álvaro en casa. Mis padres le trataron bien, incluso doña Mercedes no mostró críticas. Al marcharse él, mi madre sentenció tajante:

¿Eso es amor? Ese chico solo te utiliza. No tiene conversación, no sobresale en nada, ¿qué le ves?

No es cierto, mamá me atreví a replicar. Álvaro es culto, tiene metas y le apasiona la historia. Lo que pasa es que no todos tienen tu intelecto, y además, es joven.

No es tu igual, Lucía insistió ella.

Decidí plantar cara por primera vez:

Mamá, digas lo que digas, le quiero y pienso seguir saliendo con él.

Mi madre me miró con asombro y agitó el brazo con fastidio:

Ya te darás cuenta, ese Álvaro es un hombre gris.

Me mantuve firme y, al acabar la universidad, me casé con él. Por dentro sentía alivio: mi madre estaba equivocada.

La vida demostró que, a veces, los menos brillantes destacan más tarde; así fue con Álvaro. Al terminar los estudios consiguió un empleo en un banco madrileño, mientras yo continuaba trabajando con mi madre.

Álvaro tenía un piso propio, regalo de sus padres durante la carrera, así que tras la boda pude, por fin, librarme de la vigilancia materna o eso creí, ya que mamá me llevó a su empresa.

Tiempo después, Álvaro llegó a casa y me anunció:

¡Lucía! Me han hecho jefe de departamento, aunque aún estoy en periodo de prueba. Voy a esforzarme para no defraudarles.

Y así ocurrió. En tres meses, el puesto fue suyo de forma indefinida. A él le molestaba que yo trabajase bajo las órdenes de mi madre:

Lucía, si sigues aquí, no avanzarás. Tienes que soltarte, vivir tu vida. ¿Piensas pasar toda la vida aguantando sus órdenes? Tu madre es demasiado dura, y tú demasiado blanda.

Me dolía oírlo, pero era cierto. Con el tiempo, dejó de reprochármelo y se volvió más callado, casi apático. A mí no me molestaba; mientras no me criticara y estuviera a mi lado, me parecía suficiente.

Pasó poco más de un año hasta que, un día, Álvaro llegó taciturno:

He conocido a otra mujer La amo. Me voy con ella. Ella es auténtica, diferente a ti.

Por primera vez, perdí el control. Grité, insulté, arrojé el teléfono contra la pared, rasgué camisas y, después, me calmé.

Él lo miraba todo en silencio, luego murmuró:

Parece que sí tenías carácter Lástima que sea tarde para descubrirlo.

Te odio, te odio respondí. Hice la maleta, alquilé un pequeño apartamento y me marché.

A mi madre, ni una palabra. Durante un mes o más conseguí ocultarle mi situación, pero era cuestión de tiempo.

Lucía, ¿qué te pasa? Tienes la mirada apagada, vas como un alma en pena ¿Hay problemas con Álvaro?

No hay problema con mi marido porque ya no tengo marido.

¡Virgen Santa! Lo sabía, ese hombre te ha dejado, ¿cuándo pasó?

En abril.

¿Y has estado callada todo este tiempo?

Suspiré. Aguardé a que mi madre me lanzara sus críticas, tanto a mí como a Álvaro.

Te lo dije, al menos no eres su criada y menos mal que no hay niños. Mi consejo: hazme caso de una vez. ¿Lo entiendes?

Mamá dije al fin, todo sucede para bien. Y otra cosa, dejo tu empresa. Estoy harta salí del despacho y la dejé petrificada.

Decidí irme lejos de mi madre, sabía que, si no, seguiría aguantando sus sermones y nunca sería libre.

Aquella tarde, caminé sin rumbo, tomé un tranvía y, al bajar en mi parada, tropecé y caí en un bache, sentándome dolorida.

¡Solo me faltaba esto! pensé, con el dolor punzándome.

¿Está bien? preguntó un joven que pasaba justo porque el tranvía se acababa de ir. Se apresuró a ayudarme a levantarme.

¿Le duele? preguntó amablemente.

Mucho dije, apretando los dientes.

Apóyese en mí dijo, cogiéndome en brazos y llevándome hasta su coche antes de que pudiera negarme. Nada de riesgos, la llevo al hospital, no vaya a ser fractura

Soy Eugenio, ¿y tú?

Lucía.

En el hospital confirmaron que era sólo un esguince. Eugenio esperó pacientemente a que me vendaran y, luego, me llevó a casa.

¿Me dejas tu número? Por si necesitas algo

Se lo dí sin reparos. Al día siguiente, Eugenio llamó.

¿Qué te llevo? Imagino que la pierna sigue doliendo.

Un poco de zumo y frutas, y pan, si puede ser dije, encogiéndome de hombros.

Poco después llamó a la puerta con las manos llenas de bolsas.

¡Madre mía! ¿Para qué tanto?

Celebraremos que nos hemos conocido, ¿te parece? No te preocupes, yo lo hago todo. Y, si quieres, tuteémonos.

No pude evitar estallar en carcajadas. Con Eugenio todo era sencillo y natural.

Él se ocupó de poner la mesa, calentar una tortilla, servir los refrescos. No hubo vino: me advirtió que no tomaba alcohol. Aquella noche fue estupenda.

Cuatro meses después, Eugenio y yo nos casamos. Al poco nació nuestra hija, Almudena. Si alguien me preguntaba cómo había encontrado a un marido tan maravilloso, yo me reía y contestaba:

Me recogió tirada en la calle ¿No lo crees? Pregúntaselo a él

Gracias por escuchar mis recuerdos. Que la suerte os acompañe siempre.

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MagistrUm
Todo sucede para bien Inmaculada Victoria – madre de Blanca – modeló a su hija a su imagen y semejanza, y Blanca siempre obedecía en todo. La madre se tenía por una mujer fuerte y exitosa, por eso le exigía a su hija que siguiera fielmente todos sus consejos. —Blanca —decía con severidad Inmaculada Victoria—, si quieres conseguir en la vida los mismos resultados que yo, debes seguir exactamente el camino que te marco, sin desviarte ni un paso. ¿Lo entiendes y lo tienes claro para siempre? —Sí, mamá —respondía la hija. Blanca quería mucho a su madre y por eso intentaba hacerle caso siempre, sin deseo de decepcionarla. La madre soñaba con ver en su hija a una perfecta Miss Perfección. Pero cuanto más crecía Blanca, menos lo lograba. Al fin y al cabo, los niños son niños, y Blanca siempre manchaba algo, rompía, se caía o hacía travesuras. Sin embargo, en el colegio sacaba excelentes notas, porque si llegaba un aprobado raspado, para su madre era una tragedia. —Blanca, ¡qué vergüenza! ¿Cómo puedes sacar un aprobado? ¿No tienes respeto por tu padre y por mí? No nos humilles— le reprendía. —Vale, mamá —respondía sumisa y a veces intentaba defenderse: —Mamá, solo ha sido uno, de casualidad… —Da igual, hija… Tienes que ser mejor y más lista que los demás. Blanca lo pasaba mal, pero en seguida arreglaba la nota sacando sobresalientes. Terminó el colegio con matrícula de honor, como no podía ser de otra forma. Inmaculada Victoria estaba satisfecha cuando su hija entró en la universidad sin dificultad. —Muy bien, hija, estoy orgullosa de ti —dijo su madre una vez—. Así debes seguir siempre. Inmaculada Victoria tenía una empresa de construcción, poco habitual para una mujer, pero la dirigía con firmeza tal que sorprendía incluso a empresarios hombres. Nunca dudó de que, tras la universidad, colocaría a su hija a su lado. Por su parte, Blanca deseaba liberarse del control de su madre, respirar tranquila; incluso quiso irse a la universidad a otra ciudad, pero fue en vano. —Tienes que estar bajo mi supervisión —le dijo tajante la madre—. Qué cosas dices… ¡Si en nuestra ciudad tenemos universidad! Aquí estudiarás. Blanca, claro, no replicó. En el tercer curso se enamoró perdidamente. Antes había salido con chicos, a veces a escondidas de la madre, pero nada serio. Jorge, un rubio de ojos azules y sonrisa encantadora, conquistó su corazón. Iba en su misma universidad, tercer curso también. Blanca seguía destacándose en los estudios; a Jorge le costaba algo más, especialmente los trabajos de fin de curso. Un día, la paró en el pasillo universitario: —Blanca, échame una mano con el trabajo, me he colapsado… —Por supuesto, te ayudo —aceptó ella encantada, porque Jorge le gustaba mucho. Desde entonces, Blanca le hacía los trabajos a Jorge, y él le “pagaba” con cariño y dejándose querer. Salían, paseaban, iban al cine, a cafeterías. Inmaculada Victoria notó enseguida que algo pasaba y fue directa: —¿Hija, te has enamorado? —¿Cómo lo sabes? —se sorprendió Blanca. —Se te nota en la cara… Preséntamelo. Tengo que saber “de qué pie cojea”. Blanca invitó a Jorge a casa, los padres le conocieron y le recibieron bien, incluso Inmaculada Victoria no puso pegas. Cuando Jorge se fue, la madre sentenció: —¿Amor? ¡Por favor! Ese chico solo te utiliza. Ni destaca por su inteligencia, ni es interesante. ¿Qué le ves? —No es verdad, mamá —se atrevió a responder Blanca—. Jorge es decidido, leído, le apasiona la historia. Tú le intimidas con tu inteligencia; no todos son iguales, además es aún joven. —Hija, él no es para ti —insistía la madre. Blanca decidió plantarse: —Mamá, perdona, pero por mucho que digas de Jorge, yo seguiré con él y le quiero. Inmaculada Victoria la miró asombrada y, enfadada, movió la mano con desdén. —Algún día lo entenderás; tu Jorge es un simple mediocre. A pesar de todo, Blanca se impuso y, tras graduarse en la universidad, se casó con Jorge. Se alegraba de que su madre se hubiera equivocado respecto a él. La vida le enseñó que los estudiantes mediocres pueden triunfar más y avanzar antes que los que sacan matrícula, y así pasó con Jorge. Tras acabar la carrera, encontró un trabajo prestigioso, mientras Blanca continuaba bajo el ala de su madre. Jorge tenía su propio piso, regalo de sus padres durante la universidad, así que, tras casarse, Blanca se sintió libre de la tutela materna, aunque fue un espejismo: en lo laboral, también trabajaba con su madre. Un día Jorge llegó a casa anunciando: —Blanca, me han nombrado jefe de departamento, aunque en periodo de prueba. Voy a esforzarme al máximo. Y al poco, el puesto fue definitivo. A Jorge no le gustaba que su esposa, con matrícula de honor, siguiera trabajando bajo el mando de su madre. —Blanca, mientras sigas con tu madre, no tendrás vida propia. Deja de estar sometida, libérate de una vez —le reclamaba su marido—. ¿Vas a pasarte la vida de alfombra? Ella te aplasta… es una bruja y tú una “mosquita muerta”. A Blanca le dolía oírlo, aunque sabía que tenía razón. Con el tiempo, Jorge dejó de reprochárselo, pero ese distanciamiento tampoco le sentó bien a ella. Él cada vez estaba más ausente y frío, y a Blanca le venía casi bien: al menos, no discutían y él seguía allí. Pasó un año más y, un día, Jorge la miró serio y sentenció: —He conocido a otra mujer y la amo. Me voy. Ella, a diferencia de ti, es auténtica… Por primera vez en su vida, Blanca perdió los papeles. Gritó, insultó, rompió un par de camisas y lanzó el teléfono contra la pared, luego se serenó. Su marido, en silencio, observó todo aquello y finalmente dijo: —Resulta que sí tienes carácter. Lástima haberlo descubierto tan tarde —y se fue. —Te odio, te odio —dijo ella, recogió sus cosas, alquiló piso y se marchó. No le contó nada a su madre; sabía qué iba a responderle. Durante más de un mes logró ocultar su situación, hasta que Inmaculada Victoria, con su instinto, la desenmascaró. —Blanca, ¿qué te pasa? Tienes la mirada triste, vas por la vida apagada. ¿Problemas con tu marido? —¿De dónde sacas eso? No es que tenga problemas con mi marido, es que ya no tengo marido. —Dios mío, lo sabía. ¿Te ha dejado? ¿Cuándo pasó? —En abril. —¿¡Y has callado hasta ahora!? Blanca suspiró. No podía interrumpir a su madre, y escuchó pacientemente la descarga de reproches contra Jorge y contra ella. —Te lo advertí, al menos no eres su sirvienta. Qué suerte que no tuvierais hijos. Ahora, a escuchar mis consejos, ¿entendido? —Mamá, todo sucede para bien —respondió entonces Blanca, se levantó y añadió—. Y a partir de hoy, dejo de trabajar contigo. Ya basta… Salió del despacho, dejando a Inmaculada Victoria descolocada. Blanca pensó alejarse todo lo posible. Sabía que, ahora, su madre la machacaría a diario y no la dejaría hacer nada por sí misma. Caminando distraída, sin rumbo fijo, se montó en el tranvía, y al bajar en su parada, torció el pie en un bache y cayó. “Solo me faltaba esto…” pensó mientras se sentaba de dolor. —¿Está bien? —se acercó enseguida un joven que pasaba por allí tras marcharse el tranvía. Le ayudó a levantarse; el pie dolía. —¿Le duele mucho? —Sí, bastante… —Apóyese en mi hombro —la cogió con facilidad y la llevó hasta su coche—. Vamos al hospital, puede ser una fractura… —Soy Eugenio; ¿cómo se llama usted? —Blanca. En el hospital descubrieron que era un esguince, le vendaron bien y le explicaron qué hacer. Eugenio la esperó todo el tiempo y luego la llevó a casa. —¿Me da su número de teléfono? —pidió amable— Por si necesitara ayuda. Blanca no objetó, se lo dictó. Al día siguiente Eugenio llamó. —¿Quiere que le traiga algo? Su pie aún no estará bien, imagino. —Algo de fruta, zumo… y pan, que no me queda —dijo ella. Enseguida sonó el timbre; Blanca abrió y Eugenio entró con dos bolsas llenas. —¡Virgen santa! ¿Y esto? —Vamos a celebrar nuestro encuentro, si le parece bien. No se preoupe, yo me encargo, o lo hago todo yo mismo. ¿Nos tuteamos? Blanca se rió sincera; con Eugenio se sentía cómoda y libre. Él lo preparó todo, puso la mesa, calentó un poco de carne, sirvió zumo. Dijo que no bebía alcohol. Pasaron una velada estupenda. Cuatro meses después, Blanca y Eugenio se casaron y, al año, nació su hija, Lucía. Cuando le preguntaban a Blanca dónde había encontrado a un marido tan estupendo, ella reía: —¡Me recogió de la calle! No os lo creéis, preguntadle a él… Gracias por leer, por suscribiros y por vuestro apoyo. ¡Os deseo lo mejor en la vida!