“Todo va a estar bien, hijo mío…”
“Borja, hijo, soy tu madre”, se escuchó una voz suave al otro lado del teléfono.
A Borja siempre le molestaba que su madre insistiera en presentarse, como si no reconociera su propia voz. Cuántas veces le había explicado que los móviles mostraban el nombre de quien llamaba. Pero ella seguía con su costumbre.
Tenía un viejo teléfono de botones. Él le había regalado uno moderno, con pantalla táctil, pero su madre ni lo miró.
—Demasiado vieja ya para tantas novedades. Regálaselo mejor… a Carmen. A ella su hija no la mima así. Le hará ilusión.
Carmen lo aceptó encantada y en dos días lo dominó. Borja no se lo dio por generosidad, sino con la esperanza de que, si a su madre le pasaba algo, Carmen llamaría al instante. Y así fue—programó su número en los contactos.
—Mamá, ya sé que eres tú—sonrió Borja—. ¿Todo bien?
—Hijo, estoy en el hospital.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Qué ha pasado? ¿El corazón? ¿La tensión?—preguntó, alterado.
—Mañana me operan. La hernia se ha inflamado. No aguanto el dolor.
—¿Por qué no me avisaste antes? Voy por ti mañana mismo, te llevo a Madrid. Allí los hospitales son mejores, los cirujanos, también. Mamá, por favor, cancela la operación—suplicó, casi gritando.
—Tranquilo, hijo. ¿Te acuerdas del doctor Huertas? Es muy bueno…
—¡Mamá, escúchame! Iré por ti al amanecer—la interrumpió, alzando la voz porque la suya se desvanecía—. Hazme caso, cancela la operación. Por favor.
—No te preocupes. Todo va a estar bien, hijo. Te quiero mu—La llamada se cortó.
Borja miró la pantalla. Las cifras brillaban sobre el fondo oscuro: 00:10.
Las últimas palabras de su madre sonaron apagadas, como llegando desde lejos. Ella jamás llamaba a esas horas. Algo no encajaba. Marcó su número una y otra vez. Nadie respondió.
Se levantó del escritorio y miró por la ventana. Llevaba dos días lloviendo con nieve. Por carretera despejada, el pueblo estaba a cinco horas, pero con este tiempo serían seis. Debía salir ya si quería llegar antes de la operación. ¿A qué hora empezarían? Los caminos estarían embarrados. Aunque no iba al pueblo, sino al hospital comarcal.
Apagó el ordenador y empezó a prepararse. Al salir, recordó que no había cogido el cargador. Regresó, lo agarró, y al pasar por el recibidor, una frase de su madre resonó en su cabeza: *Si olvidas algo y vuelves, mírate al espejo antes de salir*. Borja obedeció. Reflejó un rostro demacrado, ojos llenos de angustia. *”Dijo que todo estaría bien. Y ella nunca me mintió”*, se repitió, cerrando la puerta tras de sí.
Ya en el coche, dudó si llamar a Carmen. Vivía al lado, eran amigas de toda la vida. Pero él trabajaba de noche; en el pueblo, todos se acostaban temprano. ¿Por qué no había llamado ella? Justo para eso le dio el móvil. La inquietud lo ahogó. El motor rugió, y Borja arrancó.
Cuántas veces le había pedido que se mudara con él. El piso era amplio, espacio sobraba. Pero su madre siempre se negaba.
—Hijo, eres joven, te estorbaré. Aquí estoy bien. No quiero mudarme.
Ay, mamá… ¿Por qué no llamaste antes? Siempre evitó molestar, ser una carga.
Algo en aquella llamada no cuadraba. Su voz sonó extraña, distante, como tras una barrera. Y esas últimas palabras apenas se entendieron. Quizá pensó que lo despertó. Nunca antes había llamado tan tarde.
La hernia la atormentaba años, empeoraba con el frío, pero ella posponía la cirugía. Siempre una excusa: la huerta, la cosecha, Carmen resfriada… Nunca había tiempo.
¿Y él? Vivía cerca, tenía coche, pero nunca encontraba momento para visitarla. También ponía excusas.
La recordaba dulce, cariñosa. Pero si había que reprender, no se callaba. Incluso con lo primero que tuviera a mano. Nunca se quejó, cuando era merecido. Y por eso lo recordaba.
A los dieciséis, la primera vez que llegó al amanecer, ella lo esperó, despierta. Lo miró, despeinado y sonriente por los besos compartidos, y dijo, seria:
—¿Tanta prisa tienes? ¿Y cuando te cases? ¿Estarás listo? Llorarás como un lobo después. A dormir. Ni quiero verte.
Al día siguiente, ni lo miró. Eso dolía más que los gritos. Después, cuando se le pasó el enfado, Borja preguntó:
—¿Por qué tanto? Todos salen. ¿Tú no salías de joven? Amor, juventud…
Entonces, su madre le contó cómo a los diecisiete se enamoró. Los encuentros bajo el canto de los ruiseñores. Cuando quedó embarazada, el novio huyó. Su padre, el de Borja, la salvó del deshonor. Dijo que era suyo. Fijaron boda. Pero poco antes, durante la cosecha, perdió el bebé. Él aún así se casó con ella. Y Borja nació ocho años después…
La carretera era oscura, monótona, apenas coches. El sueño lo vencía. Por poco choca dos veces. La primera, despertó brusco, como si alguien lo empujara. Se encontró en el carril contrario. Suerte que no venía nadie. La segunda, casi se estrella al salirse. No supo cómo enderezó a tiempo. Puso la radio a todo volumen, cantó a gritos para no dormirse. Así llegó.
El hospital, un edificio de ladrillo de dos plantas, tenía solo unas pocas luces encendidas. Tres médicos trabajaban allí: un generalista, un cirujano y su ayudante. Los casos graves los mandaban a Madrid; las operaciones menores las hacían ellos.
Llamó a la puerta. Esperó, pero la enfermera abrió rápido, pese a la hora—las seis y media de la mañana. Lo escudriñó, miró detrás de él.
—¿Qué quiere? Las consultas empiezan a las ocho—dijo seca, al ver que no era un paciente local.
—Vengo por mi madre. La operan hoy. Huertas, Esperanza María.
La enfermera lo observó un momento.
—Pase. Siéntese, ya vuelvo—cerró la puerta y se alejó.
La sala era pequeña, las ventanas medio pintadas de blanco. Una mesa vacía, una silla y una camilla junto a la pared, cubierta con un plástico marrón manchado. Todo desolador.
Diez minutos después, entró el médico. Borja lo reconoció—en quinto de primaria, su madre lo llevó allí con dolor de barriga. Temía apendicitis. El doctor palpó su vientre, preguntó cuándo fue su última ida al baño. Borja no recordaba.
—Que vaya al servicio. O hacemos un enema—le dijo a su madre.
Pero Borja negó, asustado. En casa, ella le preparó una infusión de hierbas, y en tres horas se alivió.
—¿Doctor Huertas?—preguntó ahora.
—Verá…—el hombre evitó responder directamente—. Esperanza María Huertas murió ayer.
—¿Qué? Pero si la operación era hoy… Ella me llamó, dijo que…—Borja no lo entendía.
—La operamos ayer por la mañana, pero… llegó tarde. Falleció por la tarde.
—No…Borja miró fijamente al médico, sintiendo cómo el suelo se hundía bajo sus pies, y entonces, en medio del silencio opresivo, supo que aquella llamada de medianoche había sido la última despedida de su madre—un adiós que jamás olvidaría.






