Todo iba a salir bien…
El coche surcaba la ciudad dormida bajo la luna. Dentro, dos figuras: un hombre y una mujer. Cualquiera hubiera pensado que eran marido y mujer, apresurándose hacia el hogar donde les esperaban sus hijos.
—¿Podrías ir más rápido? —rogó ella, con los dedos aferrados al asiento.
—Es peligroso. Las calles parecen vacías, pero no lo están. —Él apretó el volante—. ¿Cuándo se lo dirás? ¿Cuánto más vamos a seguir escondiéndonos? Dímelo tú, sería más fácil.
—¿Más fácil? ¿Para quién? —Ella cerró los ojos—. Para nosotros, quizá, pero ¿y para Lucía? Ella adora a su padre. Y él a ella. ¿Qué será de los dos si lo descubren? Es cruel…
—¿Y mentirle todos estos meses no lo es? ¿Crees que no lo sospecha? Estoy harto de compartirte. Si quieres, se lo digo yo. De hombre a hombre.
—¡No, por favor! Dame tiempo. —Ella le agarró la mano con fuerza—. Te quiero, de verdad… pero no me obligues. Prometo hablar con él pronto.
Él giró hacia ella, buscó sus ojos y se inclinó para besarla.
De repente, un destello negro. Un todoterreno cruzó el giro como un rayo. El grito de ella se perdió entre el estruendo de metal retorcido…
***
El tono del móvil atravesó la niebla del sueño. Álvaro flotó entre la inconsciencia unos segundos antes de abrir los ojos.
Carla había llamado a las ocho para decir que se retrasaba. Una amiga tenía un problema, no podía dejarla sola. Le contaría luego. No le dio tiempo a preguntar qué amiga, qué problema. Podría haber llamado él mismo a las pocas amigas cuyos números guardaba. Pero le pareció humillante, para ambos.
Llevaba dos meses notando algo raro. Demasiadas noches de tardanzas repentinas, hasta fines de semana “de amigas”. Demasiadas emergencias inexplicables.
Alargó la mano hacia el móvil en la mesilla. Un número desconocido. El pecho le ardía de presentimiento.
—Diga —respondió con voz áspera.
—Capitán Ruiz. ¿Es usted el marido de Carla María Domínguez?
—Sí.
—Su esposa ha sufrido un accidente. Está ingresada en el Hospital Gregorio Marañón en estado grave.
—¿Está viva? —La voz le tembló.
—Sí, pero…
—Papá, ¿es mamá? —Lucía, de diez años, se asomaba a la puerta con los ojos llenos de miedo.
Álvaro tragó saliva.
—No… Está en el hospital. Se ha accidentado.
—¿Se ha muerto?
—¡No! Solo está herida. —Se apresuró—. Pero necesitamos ir mañana.
—Tengo miedo. —Ella corrió hacia él, abrazándole el cuello con tanta fuerza que apenas podía respirar—. Vamos ahora.
—No nos dejarán entrar a esta hora. —La apartó con suavidad—. Mañana temprano. Ahora, a dormir. No podemos llegar con cara de sueño, ¿verdad? —Intentó sonreír.
Lucía asintió y regresó a su habitación. Él se tumbó de nuevo. El alba se filtraba por las persianas. Antes de colgar, había visto la hora: las dos y media.
El corazón le martilleaba. Respiró hondo, intentando calmarse.
A la mañana siguiente, llegaron al hospital. Dejó a Lucía en el pasillo mientras entraba en la sala de médicos.
—¿El marido? —Un doctor de su edad lo miró con seriedad.
—Sí. ¿Qué tiene mi mujer?
—Traumatismo craneal, fracturas múltiples… Está en coma.
—Pero si ella no conduce. ¿Qué pasó?
—Un todoterreno embistió el coche donde iba. Los dos conductores fallecieron. Su esposa tuvo suerte. —Bajó la voz—. No le miento: está grave. Pero es joven, hay esperanza.
—¿Podemos verla? Mi hija está fuera.
—Depende de usted. No es una imagen agradable. Aunque a veces la familia ayuda. Venga.
—¿Quién iba con ella? —preguntó Álvaro mientras caminaban.
—Eso pregúntelo a la policía. Y no se demore, está inconsciente.
Al entrar, apenas reconoció a Carla. Vendajes, moretones, una máscara de dolor. En su mano, el anillo de bodas.
—¡Mamá! —Lucía acarició su brazo—. ¿Está dormida?
—Sí. —Le pasó un brazo por los hombros—. Solo podemos estar un rato.
En el coche, el silencio era denso. Llamó a la madre de Carla y le pidió que cuidara de Lucía. Él debía ir a trabajar.
Cuando llegó Isabel, tenía los ojos rojos.
—¿Quieres que me lleve a Lucía unos días? Así podrás ocuparte de Carla…
Lucía asintió de inmediato.
—Se lo dije… ¿Pero me iba a escuchar? —Isabel rompió a llorar y se interrumpió al ver la mirada de Álvaro.
—¿Qué le dijo, Isabel?
Ella negó con la cabeza, secándose las lágrimas.
—Dígamelo. Ya lo sabré igual.
—Que no acabaría bien. —Se llevó las manos a la cara—. Pero no me hacía caso. Decía que lo amaba, que no podía vivir sin él… ¡Perdón, Álvaro! Mejor lo hubiera contado ella…
Una punzada en el pecho. Había notado los cambios en Carla, pero prefirió ignorarlos.
—¿Quién es? —preguntó, frío.
—Sergio Márquez. La quería desde el instituto. Luego se fue fuera… y al volver, empezó todo.
Márquez. Lo había visto una vez. A veces recogía a Carla del trabajo. Esperaba en el coche, y ella corría hacia él, radiante.
Hace dos meses, él fue a buscarla y los vio juntos. No hacía falta ser genio para entender lo que había entre ellos. Carla se turbó al verle, pero luego sonrió y los presentó. “Un viejo amigo.” Sergio no le tendió la mano. La hostilidad fue instantánea.
—Qué bien que vinieras. Justo miraba un regalo para Lucía… —Carla lo llevó del brazo hacia el coche.
Sergio desapareció. En el trayecto, ella habló sin parar, nerviosa.
“¿Cuántas veces habrá sido con él? ¿Cuántas noches de ‘amigas’? ¿Se reirían de mí? ¿Pensaría en dejarme?” El dolor lo ahogaba.
—Mañana iré con Lucía al hospital. ¿Nos dejarán? —Isabel lo sacó de sus pensamientos.
¿Qué haría? ¿Enojarse? ¿Y si Carla no despertaba? Sergio estaba muerto. Él seguía aquí. Lucía les necesitaba.
—Sí. El doctor dijo que podemos hablarle. Quizá nos oiga…
Pasó la noche en vilo. ¿Debía decirle que lo sabía? ¿Si moría con eso en la conciencia? No. Solo quería que volviera.
Al día siguiente, en su hora de comida, fue al hospital. Lucía e Isabel estaban en la habitación. Cuando se fueron, él se quedó mirando el rostro hinchado de Carla.
—Intento entenderlo —susurró—. Perdonarte. Vuelve con nosotros.
No pudo decir “te quiero”. Las palabras se le atascaron.
A la mañana siguiente, el hospital llamó: Carla había despertado. Salió disparado del trabajo. Pero al acercarse, dudó. ¿Vería en sus ojos que ya no lo amaba? ¿Lástima?
El doctor fue claro: estaba débil. No debían alterarla.
Álvaro se acercó con paso lento.
—Carla…
Ella abriElla alargó una mano temblorosa hacia él, y mientras sus dedos se entrelazaban, Álvaro supo que, a pesar de todo, el amor que aún compartían era más fuerte que cualquier error del pasado.







