Todo empezó con un mensaje equivocado… y un corazón desesperado por amor.

Todo empezó con un mensaje equivocado y un corazón al borde del precipicio.

Eran las dos de la madrugada y la cocina de Lucía Fernández parecía más desolada que una plaza en agosto. Una bombilla solitaria colgaba del techo, bañando de luz amarillenta la mesa con arañazos, los platos apilados y las paredes descascarilladas. Fuera, Madrid dormía, ajena. Pero dentro, Mateo su bebé de cuatro meses lloraba como si el mundo se le acabara.

Lucía se desplomó en una silla de plástico, rendida. Llevaba horas paseando a Mateo de un lado a otro, tarareando canciones de cuna que ya no salían sin quebrarse. No era un berrinche. Su llanto era hambre. Era desesperación.

Solo quedaba leche de fórmula para un biberón más.

Lo sabía. Lo había contado mil veces. Esa última cucharada era todo lo que le quedaba a su hijo y el sueldo, que llegaba el viernes, estaba a años luz.

Lo había intentado todo. Trabajaba turnos dobles como camarera en un bar que apenas le daba para pagar el alquiler. Empeñó la alianza de boda, vendió el televisor e incluso recogía chapas cuando podía. Sus padres, pensionistas, apenas llegaban a fin de mes. Sus amigas ¿quién quiere cargar con una madre soltera y sin un duro?

Lucía suspiró, derrotada. Cogió su móvil viejo y abrió la aplicación del banco.

Saldo disponible: 0,83 euros.

Le apretó el pecho. Lo sabía, pero verlo escrito dolía igual.

Deslizó la pantalla y volvió a leer ese mensaje en borradores. Lo había escrito días atrás, tras ver un anuncio en internet ofreciendo ayuda a madres necesitadas. Lo redactó con la esperanza de que alguien, quien fuera, contestara. Pero nada. Solo palabras vacías, promesas incumplidas.

Apretó los labios, tragó el nudo en la garganta y repasó el texto otra vez:

*«Hola, siento preguntar, pero se me acabó la leche de fórmula y no cobro hasta la semana que viene. Mi bebé no para de llorar y no sé qué hacer. Si pudieras ayudarme, te lo agradecería de por vida. Perdona la molestia, pero no tengo a quién más recurrir. Gracias por escuchar.»*

Esta noche el orgullo ya no importaba.

Con el dedo tembloroso, pulsó «enviar».

Y se echó a llorar.

No esperaba respuesta. Solo necesitaba soltarlo. Hablar, aunque fuera con una pantalla. Ni siquiera estaba segura de haber mandado el mensaje al número correcto.

Pero entonces

Vibró el móvil.

Parpadeó. Un mensaje nuevo.

*«Hola, soy Javier Mendoza. Creo que me has escrito por error, pero entiendo por lo que estás pasando. No te preocupes por la leche; me encargaré de que tengas lo necesario.»*

Lucía lo leyó una, dos, tres veces.

¿Javier Mendoza?

El nombre le sonaba. Algo algo en la tele. ¿Un empresario? ¿Un presentador? ¿Alguien famoso?

¿Y si era un timo? Ya había oído de estafadores que se hacían pasar por famosos para engañar a gente vulnerable. Cerró los ojos y se dijo: *«No te hagas ilusiones, Lucía. No caigas.»*

Pero entonces

Otro mensaje:

*«Puedo mandarte un paquete mañana. Céntrate en cuidar de ti y de Mateo. No te preocupes por nada.»*

Y con esas simples palabras

Se le rompió el alma.

Lucía lloró como no lo hacía desde hacía años.

No era un engaño. No podía serlo. Había algo en ese tono, en esa calma al otro lado del teléfono, que no parecía falso. Era como si alguien de verdad se preocupara. Como si alguien la viera.

Y eso ser vista era algo que no sentía desde que nació Mateo.

De pronto, el llanto del pequeño volvió a llenar el piso.

Lucía corrió hacia él y lo abrazó. Su cuerpecito temblaba, sus mejillas estaban mojadas. Pero ahora había una chispita en su pecho. Una chispa llamada esperanza.

Mientras lo arrullaba, el móvil vibró de nuevo.

*«¿Me das tu dirección? Solo para asegurarme de que el paquete llegue mañana. Tranquila, no quiero nada a cambio.»*

Respiró hondo. Dudó. ¿Y si era un psicópata? ¿Y si todo era una broma cruel?

Pero ¿y si no?

Tecleó la dirección de su humilde piso y la envió.

Un minuto después:

*«Listo. Mañana por la mañana llegará una caja con leche, pañales y algo más. Si necesitas cualquier cosa, dímelo. Estoy aquí.»*

Lucía se tapó la boca con la mano.

No lo conocía. Él no la conocía. Pero por primera vez en meses, no se sentía tan sola. Como si alguien, en algún lugar, hubiera decidido tenderle la mano.

Gracias susurró, aunque nadie pudiera oírla.

Al día siguiente, a las 8:05 de la mañana, un repartidor llamó a su puerta.

Y lo que Lucía encontró en esa caja no fueron solo latas de leche y pañales

Sino el comienzo de algo mucho, mucho más grande.

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Todo empezó con un mensaje equivocado… y un corazón desesperado por amor.