Querido diario,
He observado que la podredumbre de un hombre se revela justo cuando la mujer empieza a depender de él. Ya no le sirve fingir; se vuelve su «única salida» y sabe que ella no se irá a ningún lado. ¿Para qué ser atento si ella se queda de todas formas? ¿Para qué respetarla si ya está atrapada? En ese momento muestra su verdadero rostro: el silencio, el frío, la desvalorización—«Eso es cosa tuya de imaginación». El poder sobre la mujer dependiente corrompe incluso al chico más dulce.
Por eso es vital recordar que siempre debemos tener nuestro propio dinero, nuestro propio «a dónde ir» y nuestro propio «para qué vivir». Mi apoyo no debe ser él, sino yo misma. Puedo amar, puedo construir una unión, puedo estar al lado de alguien, pero solo cuando soy capaz de vivir sin él. De lo contrario no es amor, es miedo, y el miedo nunca constituye un cimiento firme.
Una verdadera alianza solo es posible entre dos personas autónomas y completas. No entre un hombre y una mujer que no tiene su propio rincón, su propia hoja de ruta y sus propios euros. Cuando no tienes salida, no eliges, sobrevives. Y una mujer que sobrevive al lado de un hombre ya no habla de amor, sino de necesidad.
Bonus
Mi vecina, la señora Carmen, siempre ha sido «para el marido». Es bonita, amable, recatada—dejó su puesto cuando nacieron sus hijos porque «él dijo que era lo correcto». Todas las finanzas estaban en sus manos. Vivía como si tuviera abundancia: un piso decente en Madrid, vacaciones una vez al año, pero pedía dinero para un vestido nuevo como una niña por un helado.
Cuando los hijos crecieron y se fueron, el marido empezó a cambiar: mirada helada, quejas constantes, distanciamiento. Entonces llegó el día en que simplemente empacó sus cosas y se fue con una mujer más joven. Carmen quedó sola, sin trabajo, sin ahorros, sin confianza.
Los primeros meses fueron los más aterradores: ¿cómo pagar la luz, el agua, con qué vivir, qué hacer después? Fue entonces cuando, por primera vez, tomó las riendas de su vida. Se puso a trabajar—primero en una tienda, luego en contabilidad. Aprendió de nuevo, contaba centavos por la noche y durante el día trataba de no mostrar a sus hijos lo difícil que era.
Han pasado varios años. Hoy la señora Carmen tiene su propio pequeño negocio: hornea pasteles por encargo. Y ¿sabe qué me dice?
— Si él no se hubiera ido, nunca habría descubierto lo fuerte que soy.
Esta historia me ha enseñado una sola cosa: la dependencia siempre se vuelve una trampa. Y la libertad—aunque cueste—siempre se transforma en fuerza. Sólo cuando la mujer puede plantarse sobre sus propias piernas puede elegir el amor y no la mera supervivencia.