Todo el mundo adora a sus nietos, pero…

Ha nacido mi segundo hijo. Ya desde el hospital, nos visitan familiares radiantes de alegría. Las caras de los abuelos reflejan pura felicidad, todos me desean salud, dicha y todo lo mejor.

Mis suegros tienen un piso de tres habitaciones; mi madre y mi hermana viven en una casa amplia y a nadie parece preocuparle que nuestra habitación de apenas quince metros sea, digamos, bastante justa.

Los padres de mi marido poseen una bonita casa en un pueblo de Castilla, con un huerto y un río cercano. Se mudaron del centro de Madrid al pueblo y no han querido considerar nuestra propuesta de intercambiar pisos.

Solo en una ocasión me comentó mi suegra: A nuestra edad, necesitamos descansar, cada uno tenemos nuestra habitación y en el salón vemos la televisión y recibimos las visitas.

Parece que piensa que nosotros cuatro dormiremos a pierna suelta, de arriba abajo, sumando el llanto habitual del bebé…

Todo esto pasa por mi cabeza y, creo, se refleja claramente en mi rostro, porque poco a poco los familiares recortan sus felicitaciones y se dispersan deprisa en distintas direcciones.

Cuando ya nos hemos despedido de todos, le sonrío con melancolía a mi marido: Bueno, ¿y cuándo crees que podremos volver a casa?.

Rate article
MagistrUm
Todo el mundo adora a sus nietos, pero…