Todo debe ser a medias: cuando repartir las cuentas en pareja se convierte en una absurda aritmética…

Todo a partes iguales

Lucía, tenemos que hablar de los gastos. Tus gastos, para ser exactos, porque eres una derrochadora.

Me quedé petrificada, la taza de café a medio camino de la boca. Siete de la mañana y aún no tenía los ojos bien abiertos, pero Alfonso ya estaba plantado en la puerta de la cocina, con cara de estar a punto de leerme la sentencia.

¿Qué gastos? ¿Y por qué soy una derrochadora? logré responder, aunque al sorber el café se me quedó soso de golpe.

Gastas demasiado en ti misma. Todas las semanas paquetes, cajas… Un vestido, una crema de ochenta euros.

Dejé la taza en la mesa, despacio. Vaya manera de empezar el día, sin avisos, sin un buenos días, cariño.

Ochenta no, sesenta euros. Si tanto te importa la cifra. Y no es cada semana, será cada dos meses.

Lucía, tenemos un presupuesto compartido.

Lo dijo con ese tono de profesor explicando las tablas de multiplicar al alumno torpe. Apreté los dientes. Conté hasta cinco. No sirvió de nada.

Alfonso, ¿te recuerdo cuánto te gastas tú cada mes en el coche?

Le cambió la cara. No se esperaba la respuesta tan temprano.

Eso es distinto.

Claro, distinto. Gasolina, lavado, aditivos, seguro, revisión cada seis meses Y que yo me acuerde, ese León tuyo ni lo huelo; nunca he cogido el volante.

Lo uso para ir al trabajo se cruzó de brazos. Es una herramienta de trabajo.

Solté una carcajada; no era risa de verdad, más bien un tic nervioso.

¿Herramienta de trabajo? ¿Y la ropa o las cremas mías, para qué crees que sirven? ¿Por gusto? Paso el día en la oficina, reuniéndome con clientes. ¿Qué voy a hacer, ir medio hecha polvo y con la cara reseca?

Seguro que hay formas… más económicas.

Seguro. Asentí con sorna. Puedo ir con el mismo blazer tres años seguidos, ¿qué te parece? Y tú vendes el León y compras algo sencillo, un Ibiza de segunda mano. También te lleva al trabajo, ¿o no?

Alfonso abrió la boca para responder, la cerró, se frotó el entrecejo.

Estás exagerando.

No, el que exagera eres tú. Lo tuyo son inversiones. Lo mío, despilfarro. Qué bien te salen las cuentas así.

Se quedó un momento en silencio, luego soltó un bufido y desapareció del salón. Oí cómo se cerraba la puerta de casa.

El café se volvió frío. Lo tiré al fregadero y acerqué la frente al azulejo. Perfecto comienzo de día Fantástico.

En el trabajo, Vera casi se atraganta con la ensalada.

¿En serio te dijo eso? ¿Antes siquiera de desayunar?

Removía la albóndiga del menú con el tenedor. El apetito me había abandonado antes de salir de casa, y no volvía ni cinco horas después.

Tal cual. Sin tiempo ni de terminar el café.

Ese guion lo conozco Vera se echó hacia atrás y entrecerró los ojos. Mi ex también me salió un día con eso de todo a medias, por lo moderno, dice.

¿Y qué hiciste?

Le saqué las cuentas rápido. Le dije: tú comes el doble que yo. Yo yogur por la mañana, tú huevos con chorizo y pan. Yo ensaladita, tú dos segundos platos. Así que, cariño, en comida paga proporcional.

Sonreí. Vera debería haber sido abogada; sus argumentos siempre eran a prueba de bomba.

¿Lo calculó?

Vamos que si lo calculó. Tres días con la calculadora y guardando tickets. Luego, silencio absoluto. Al mes, cada uno por su lado.

¿Por eso?

Eso fue la puntilla dijo, encogiéndose de hombros. Cuando empieza a contarte los céntimos, ya no está contigo. Está con una idea que tú estorbas.

No respondí. Sus palabras me dejaron el estómago más revuelto todavía.

Volví a casa más despacio que nunca; me bajé una parada antes para airearme andando. Todo olía a asfalto mojado y algo agrio: humedad, hojas podridas o, quizás, diésel. No quería ni imaginarme el ambiente de casa.

Silencio al abrir la puerta. Alfonso no había vuelto aún. Me cambié, saqué pollo y verduras de la nevera y me puse a cocinar en automático: cortar, salar, a la sartén. No pensaba en nada, y ese vacío hasta me tranquilizaba.

Alfonso llegó a las ocho. Se quedó en el marco de la puerta.

¿No has derrochado hoy nada, no?

Ni me giré. Seguí removiendo las verduras.

No. No he comprado nada.

Asintió y fue a cambiarse. Apagué la vitro, puse la mesa. Dos platos, ensalada, pollo con verduras. Todo igual, salvo las raciones, que eran un poco más pequeñas; la nevera estaba pelada y no quise pisar el súper. Nos sentamos. Alfonso miró el plato, luego a mí.

¿Por qué hay tan poca comida?

Dejé el tenedor en el borde del plato y lo miré directamente.

Tú querías todo a partes iguales. Pues partes iguales.

Parpadeó varias veces, el tenedor suspendido en el aire.

¿Cómo que…?

Lo que oyes. Preparé la cena y la dividí exactamente en dos. Esa es tu parte. Le señalé su plato. Yo tengo para cenar y hasta me sobra para el desayuno. Tú, ya veremos qué comes mañana. Porque ahora, si gasto para ti solo, ya no es justo.

Dejó el tenedor. La vena del cuello se le marcaba como un cable tenso.

Lucía, así no es…

¿No es qué? arqueé la ceja y me recliné. ¿No es qué exactamente? ¿No era lo que tú prometiste? Lo tuyo intocable, lo mío a recortar.

No me contestó. Le veía buscar argumentos y no encontrar ninguno.

Por cierto dije, levantando mi vaso de agua. ¿Cuánto te has dejado hoy en gasolina?

¿Qué tiene que ver…?

Tiene. ¿Cuánto?

Titubeó, frunció el ceño, hizo cálculos.

No sé… unos seis euros. O siete.

Digamos seis. Me levanté. Un momento.

Fui al recibidor. Sabía perfectamente dónde Alfonso guardaba la cartera. La abrí y saqué un billete de cinco euros y monedas, lo puse en mi bolsillo.

¿Pero qué haces? Alfonso se levantó de golpe.

Cogiendo mi mitad.

Volví con toda la tranquilidad del mundo, le dejé la cartera en la mesa.

Alfonso, esto va en serio. Tú has gastado seis euros en gasolina, yo me llevo seis para mis necesidades. Justo, ¿no? Todo a medias, como tú dijiste.

Es absurdo…

Es tu idea. Yo solo la aplico. Volví a mi plato. Con suerte, juntaré para un suéter nuevo.

Alfonso calló. Le temblaba la mandíbula, la vena más hinchada todavía, pero ni una queja salió de su boca. Yo, tranquila, reanudé mi cena.

La semana se hizo eterna. Cada noche, cocina sólo para dos, porciones calculadas. Alfonso miraba el plato y el mío, fruncía el entrecejo. Todas las mañanas le preguntaba cuánto iba a gastar en gasolina, y por la tarde me llevaba mi parte. Para el miércoles, iba al trabajo en metro.

El viernes tenía cara de lobo hambriento y ni energía para protestar.

A fin de semana, ya había reunido casi doscientos euros en un sobre aparte. Alfonso, que picoteaba cualquier cosa fuera de casa. Y yo lo sabía bien: hice recuento en cuanto llegué el lunes. A medias, a medias.

El sábado por la mañana, Alfonso se sentó en la cocina con su taza de té. Tenía unas ojeras para enmarcar.

Lucía… se aclaró la garganta. Me he equivocado. Perdóname.

Me serví café, me senté frente a él, calentando las manos con la taza caliente y esperando en silencio.

Todo esto es una estupidez suspiró. Me enredé con tonterías que leo y me monté la película de las cuentas. ¿Lo dejamos ya?

Por mí, sí asentí, aliviada. Pero recuerda: ni he contado el trabajo de casa.

¿Qué trabajo?

Cocinar, limpiar, planchar, lavar la ropa. Si lo calculo según precio de mercado, me debes otros doscientos euros, por lo menos.

Alfonso casi se atraganta con el té. Tosió, buscó una servilleta.

Pero no pienso contarlo dije, sorbiendo el café y mirándole por encima de la taza. Si tú dejas de meter la calculadora en nuestro matrimonio. ¿Trato?

Trato afirmó enseguida. Te lo prometo. Sin más cuentas.

Perfecto.

Sonreí y cogí una galleta. Alfonso me miraba como si acabara de salvarse del naufragio.

Mientras tanto, pensaba en que a veces hay que dejarles llevar su idea hasta el absurdo, demostrarles el sinsentido por dentro y dar la vuelta a las reglas para que jueguen a nuestro favor. Así es como se salva un matrimonio… y una discusión. Una aritmética sencilla.

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MagistrUm
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