Todo a medias
Clara, tenemos que hablar de los gastos. De los tuyos, más bien, que eres una derrochadora.
Clara se quedó quieta, levantando su taza de café a medio camino de la boca. Siete de la mañana, aún adormecida, y ya Rodrigo estaba en el umbral de la cocina, con cara de estar a punto de leer una sentencia judicial.
¿De qué gastos hablas? ¿Y por qué soy una derrochadora? probó a dar un sorbo, aunque el café perdió el sabor en el instante.
Te gastas demasiado en ti misma. Cada semana aparecen bolsas, paquetes… Un vestido, o una crema de sesenta euros.
Clara dejó la taza en la mesa con lentitud. Vaya manera de despertar: sin aviso, sin un buenos días, cariño.
La crema cuesta treinta y cinco euros, si tanto te importan los números. Y no es cada semana, es cada dos meses.
Clara, tenemos un presupuesto común.
Lo dijo con voz de maestro cansado, explicando la tabla de multiplicar a un alumno despistado. Clara apretó los dientes y contó hasta cinco. No sirvió de nada.
Rodri, ¿te recuerdo cuánto te gastas tú en el coche al mes?
Rodrigo frunció el ceño, sorprendido por el contraataque tan temprano.
Eso es diferente.
Por supuesto que sí. Gasolina, limpieza, aditivos, seguro, revisiones Y ni siquiera lo conduzco, ni una vez he llevado tu León. Ni el carnet tengo.
Es una herramienta de trabajo, lo necesito para ir a la oficina cruzó los brazos con seriedad.
Clara soltó una risa seca, a medio camino entre el enfado y la incredulidad.
¿Herramienta de trabajo, de verdad? ¿Y la ropa y los cosméticos para mí qué son? ¿Caprichos? Yo también estoy en una oficina, trato con clientes. No puedo ir hecha un desastre ni con la cara reseca.
Pero se puede ser más ahorrativo.
Se puede, claro. Mira, voy a las reuniones con la misma chaqueta tres años seguidos. Y tú vendes el León y te compras un Ibiza de segunda mano, que también llega a la oficina, ¿no?
Rodrigo abrió la boca, la cerró, y se restregó el puente de la nariz.
Estás exagerando.
No, eso haces tú. Cuando gastas tú, es inversión. Cuando gasto yo, despilfarro. Interesante aritmética.
Tras unos segundos de silencio, Rodrigo dio media vuelta y salió de la cocina. Clara oyó cómo se cerraba la puerta de entrada.
El café se enfrió del todo. Lo tiró por el fregadero y apoyó la frente en el frío azulejo. Maravilloso comienzo de día, sí señor.
En la oficina, Vera casi se atraganta con la ensalada al escuchar la historia.
Espera, ¿en serio te lo suelta así? ¿Nada más levantarte?
Clara movía la albóndiga con el tenedor, sin apetito desde primera hora.
Tal cual. Ni un sorbo de café pude terminar.
De manual Vera se reclinó, entornando los ojos. A mí mi ex me la intentó colar igual. Que si todo a medias, que si la modernidad…
¿Y?
Le saqué las cuentas rápido: tú comes el doble que yo. Por las mañanas, yo un yogur; tú, una sartén llena de huevos y bacon. Yo ensalada al mediodía; tú, doble ración de cocido. Así que, si vamos a pagar la comida a partes iguales, vamos mal.
Clara tuvo que sonreír. Vera tenía las mejores respuestas, como buena abogada frustrada.
¿Y recapacitó?
Y tanto. Tres días con la calculadora en la mano, recogiendo tickets. Luego lo dejó correr. Al mes nos separamos.
¿Por eso?
Fue la señal Vera encogió los hombros y siguió con el almuerzo. Cuando un hombre empieza a contar tus euros, ya no está contigo. Está en otro sitio mental, y tú sobras.
Clara no dijo nada. Había en esas palabras una verdad incómoda.
Esa tarde, Clara alargó el paseo de vuelta a casa, bajándose del metro una parada antes. El aire olía a asfalto mojado y a hojarasca; algo amargo flotaba, una mezcla de otoño y tráfico. No tenía ganas de enfrentarse a la casa.
El piso la recibió en silencio: Rodrigo aún no había vuelto. Clara se cambió de ropa y preparó pollo con verduras. Las manos funcionaban en automático. La mente, por fin, se vaciaba.
Rodrigo llegó sobre las ocho, apareció en la cocina, se quedó en el marco de la puerta.
¿Hoy no te has gastado nada demás?
Clara no se molestó en responder, simplemente siguió removiendo las verduras.
No. Ni he pisado una tienda.
Él asintió y fue a cambiarse. Clara terminó, puso la mesa: dos platos, ensalada, pollo. Todo igual, solo que las raciones un poco justas la nevera andaba escasa y ella, por principios, no salió a comprar.
Se sentaron a cenar. Rodrigo miró el plato, luego a Clara.
¿Por qué tan poca comida?
Clara dejó el tenedor sobre el borde. Fijó en Rodrigo una mirada serena, casi fría.
Dijiste que todo a medias, ¿no? Pues ahí tienes, todo a medias.
Rodrigo pestañeó, una, dos veces. El tenedor se quedó en el aire.
¿Cómo?
Literalmente. He preparado la cena y la he dividido en dos partes iguales. Esa es tu porción señaló su plato. Con la mía tengo suficiente para mañana en el desayuno. De ti no sé, los víveres son comunes, así que ahora hay que racionar para uno solo. No sería justo gastarlo solo en ti.
Rodrigo apartó el tenedor, el color subió por sus mejillas.
Clara, esto no tiene sentido.
¿Y qué es lo que no te cuadra? Tú lo propusiste. Yo reparto.
Yo me refería a otra cosa.
¿A qué? ¿A que solo tengo que reducir mis gastos, pero los tuyos se mantienen intactos?
Sin palabras, Rodrigo solo gesticuló.
Por cierto Clara cogió su vaso de agua, ¿cuánto gasolina has gastado hoy?
¿Y eso qué importa?
Importa. ¿Cuánto?
Pensando, frunciendo el ceño, Rodrigo dio una cifra.
Eh… veinte euros, tal vez veinticinco.
Pues dejémoslo en veinte Clara se levanta. Espera un momento.
Se fue al recibidor, Rodrigo oyó cómo abría el armario, luego el monedero. Volvió con la cartera de Rodrigo.
¿Qué haces?
Me llevo mi mitad.
Abrió la billetera, sacó un billete de diez euros, lo dobló y se lo guardó en el bolsillo del pantalón de estar por casa. Rodrigo la miraba boquiabierto.
¿Clara, hablas en serio?
Muy en serio dejó la cartera sobre la mesa. Has gastado veinte euros en gasolina, pues yo me llevo diez para mis cosas. Justicia absoluta, a partes iguales, como tú querías.
Pero es absurdo.
Es tu idea, Rodrigo. Yo solo la aplico Clara sonrió y retomó la cena. Mira, igual hasta ahorro para una blusa nueva.
Rodrigo apretaba los dientes, la vena del cuello palpitando, pero no dijo nada más. Clara cenó en silencio absoluto.
La semana pasó lenta. Clara cocinaba siempre calculando las porciones. Rodrigo miraba y callaba. Cada mañana preguntaba cuánto iba a gastar en combustible; cada noche, se llevaba su mitad. El miércoles Rodrigo empezó a ir en metro. Para el viernes parecía un lobo hambriento.
El sábado, Clara tenía casi ciento cincuenta euros guardados en un sobre. Rodrigo picoteaba fuera de casa, la comida apenas le duraba. Clara sabía cada euro que quedaba en casa, mitad por mitad.
El sábado por la mañana, Rodrigo apareció en la cocina con su taza de té. Cuando entró Clara, él alzó la vista: bajo los ojos tenía ojeras profundas.
Clara… tartamudeó, masajeándose el cuello. Me equivoqué. Perdóname.
Clara se sirvió café, se sentó enfrente y esperó, calentándose las manos en la taza.
Todo esto es una gilipollez suspiró Rodrigo. Me he liado con ideas raras que leo por ahí, se me ha ido la pinza con lo de las cuentas. ¿Podemos olvidar este absurdo, por favor?
De acuerdo aceptó ella sonriendo. Pero ten en cuenta que no he puesto en la cuenta el trabajo de casa.
¿Qué trabajo?
Cocinar, limpiar, lavar, planchar. Si lo paso a tarifa de mercado, me debes al menos otros ciento cincuenta euros.
Rodrigo se atragantó con el té y tosiendo cogió una servilleta.
Pero no lo voy a hacer dijo Clara, sorbiendo el café y mirándolo por encima del borde. Si tú prometes no volver a hacer la contabilidad de nuestra vida. ¿Trato hecho?
Hecho afirmó rápido. Ni un cálculo más, lo prometo.
Perfecto.
Clara sonrió y cogió una galleta. Rodrigo la miró con alivio, como quien se libra por los pelos de la catástrofe.
Y Clara pensó en lo útil que es, a veces, llevar la lógica de algunos hombres hasta el final, mostrar el absurdo desde dentro, convertirlo en tu ventaja. Así se salvan los matrimonios y se ganan debates en casa. Esa es la aritmética más sencilla y justa.







