Todavía tenemos asuntos pendientes en casa… La abuela Valentina, con grandes esfuerzos, logró abrir la cancela, se arrastró hasta la puerta, luchó un buen rato con la cerradura oxidada, entró en su vieja casa sin calentar y se sentó junto a la fría chimenea. En la estancia olía a abandono. Solo estuvo fuera tres meses, pero el techo se cubrió de telarañas, la vieja silla rechinaba con tristeza, el viento silbaba en la chimenea—la casa la recibió con cierto enfado: ¿Dónde andabas, dueña, a quién me dejaste? ¿Cómo vamos a pasar el invierno? —Ya voy, mi tesoro, espera un poco, descanso… Enseguida enciendo, nos calentamos… Hace apenas un año, la abuela Valentina se movía ágilmente por la casa: encalando, pintando, trayendo agua. Su figurita pequeña y ligera ora se inclinaba ante los iconos, ora bregaba con la chimenea, o salía al jardín a sembrar, desherbar, regar. Y la casa se alegraba con ella; el suelo crujía vivo bajo sus pasos ágiles, las puertas y ventanas se abrían dispuestas al primer toque de sus manos laboriosas, el horno horneaba sabrosos bollos. Se entendían bien: Valentina y su vieja casa. Perdió pronto a su marido. Sacó adelante a tres hijos, todos formados y convertidos en personas de bien. Un hijo, capitán de marina mercante; otro, militar, coronel; ambos viven lejos y vienen poco. Solo su hija menor, Tamara, quedó en el pueblo como jefa de agrónomas, siempre ocupada, solo domingo pasa por casa, disfruta unos bollos y otra semana sin verse. Su consuelo era su nieta, Lucía. Esa creció prácticamente con la abuela. Y menuda muchacha salió. Guapísima, ojos grises enormes, melena rubia hasta la cintura, ondulada, brillante, casi resplandeciente. Al recogerse el pelo en coleta, los mechones caían irresistibles y los chicos del pueblo quedaban atónitos. Con una figura finísima, era difícil entender de dónde sacó tal porte y belleza una muchacha de pueblo. Valentina fue guapa en su juventud, pero si comparas fotos antiguas con Lucía: como pastora y reina… Inteligente además. Terminó la universidad de agricultura en Madrid, volvió al pueblo a trabajar de economista. Se casó con el veterinario y, por programa social de nuevas familias, les dieron una casa nueva. ¡Y qué casa! Sólida, de ladrillo, un auténtico caserío para la época. Solo que la abuela tenía jardín rebosante, y en la nueva casa de Lucía aún nada lograba crecer: tres matitas. Y Lucía tampoco era de mucha mano para plantar nada. Aunque de pueblo, es delicada, protegida por la abuela de cualquier corriente o faena pesada. Y además, nació el hijo, Javi. Entonces no había tiempo para huerto ni jardín. Así que Lucía empezó a insistir: “Abuela, vente a mi casa: es grande, cómoda, aquí no tienes que encender la chimenea.” Valentina empezó a achacarse, cumplió ochenta, y como si la enfermedad se hubiera puesto fecha, sus piernas ágiles dejaron de responder. Así que cedió finalmente. Vivió con la nieta un par de meses. Hasta que oyó: —Abuela, te quiero mucho, tú lo sabes. ¡Pero no haces nada! Toda la vida has trabajado, ahora aquí ni te mueves… Yo quería montar algo, contaba contigo… —No puedo, hija, las piernas ya no me responden… Estoy mayor… —Vaya, como llegaste aquí, de repente anciana… Así que, al no servir de ayuda, la abuela regresó a su casita. De la tristeza, al sentirse inútil para su Lucía, Valentina enfermó aún más. Sus pies apenas deslizaban por el suelo. Para ir de la cama a la mesa era un esfuerzo; al templo, una hazaña imposible. El padre Boris iba personalmente a ver a su feligresa habitual, colaboradora asíduo del viejo templo. Observó todo atento. Valentina estaba escribiendo sus cartas habituales a sus hijos. Hacía frío: el horno no calentaba ya bien, el suelo estaba helado. Llevaba un jersey gastado, un pañuelo algo sucio, cosa impensable en una mujer tan pulcra, zapatillas desgastadas. El padre Boris suspiró; hacía falta una ayudante. ¿Quizá Ana? Vivía cerca, veinte años más joven. Sacó pan, galletas y la mitad de una empanada de pescado, regalo de doña Alejandra, esposa del sacerdote. Arremangó la sotana, limpió el horno, trajo leña, encendió, llenó de agua un enorme puchero para el horno. —¡Hijo querido… Oh, perdón, padre querido! ¡Ayúdame con las direcciones de los sobres, que si escribo yo de mi letra de gallina, no llegan! Padre Boris escribió direcciones y, de soslayo, leyó algunas líneas grandes y temblorosas: “Vivo muy bien, hijo mío, gracias a Dios no me falta nada.” Pero aquellas cartas buenas estaban llenas de manchas: parecían lágrimas saladas. Ana empezó a cuidar de la abuela. Padre Boris la confesaba y comulgaba con frecuencia; en las fiestas, su marido, don Pedro, viejo marinero, la llevaba en moto a misa. La vida iba mejorando un poco. Lucía no iba a verla, y luego, con los años, cayó gravemente enferma. Tenía problemas estomacales, achacaba todo a eso. Resultó tener cáncer de pulmón. Nadie sabe por qué, pero Lucía se fue en seis meses. El marido se instaló en la tumba: bebía, dormía allí, despertaba y volvía a comprar vino. El hijo, Javier, solo y descuidado, acabó sucio, hambriento, sin que nadie le hiciera caso. Tamara se lo llevó, pero su puesto de agrónoma le impedía prestarle atención, y el niño iba camino al internado del distrito. Era un buen internado: director firme, buena comida, los fines de semana podía pasar en casa. No era una crianza familiar, pero a Tamara no le quedaba otra opción; debía seguir trabajando hasta la jubilación. Entonces, en el sidecar del viejo “Ural” llegó Valentina a ver a Tamara. Al volante, el vecino Pedro, con jersey de rayas, anclas y sirenas tatuadas, ambos de lo más resueltos. Valentina dijo claro: —Me llevo a Javi conmigo. —¡Mamá, si apenas andas! ¿Cómo vas a poder con el peque? ¡Hay que cocinarle, lavarle…! —Mientras viva, no lo llevo al internado. Ante semejante determinación, Tamara se calló y comenzó a preparar las cosas del nieto. Don Pedro llevó a ambos a la casita y casi levantó a los dos en brazos para acomodarlos en la casa. Los vecinos criticaban: —Mira que buena mujer, pero parece que ya ha perdido el juicio; ¡necesita ayuda y aún se carga con un niño! ¿Pues a dónde mira Tamara? Tras la misa dominical, el padre Boris fue con preocupación: ¿habría que sacar al niño desnutrido de allí? La casa estaba cálida y el horno a pleno. Javi limpio y feliz escuchaba un cuento del viejo tocadiscos. La “pobre inválida” abuela se movía ligera: engrasaba una bandeja, amasaba, batía huevos con requesón; sus piernas se deslizaban vivas como antes de enfermar. —¡Padre querido! Estoy haciendo unas tartitas… Espere un poco, que le mando a doña Alejandra y al pequeño Kiko una merendola… El cura llegó a casa aún asombrado y contó a su mujer lo visto. Doña Alejandra pensó, sacó un cuaderno azul del mueble y leyó: “La vieja Eulalia vivió una vida larga. Todo pasó, voló: sueños, esperanzas, sentimientos… Ya duerme bajo la blanca nieve, hora es de ir donde no hay dolor, ni pena ni suspiros… Una tarde ventosa, Eulalia rezó largo rato ante los santos, luego se acostó: ‘Llamad al cura, me voy a morir’. Su cara se puso blanca como la nieve. Llamaron al cura, Eulalia se confesó, comulgó, y durante un día no probó ni bocado ni agua. Solo el leve respiro indicaba que el alma seguía. De repente, se oyó llanto de bebé: —Callad, la abuela está muriendo. —¡Es que no puedo tapar la boca a una recién nacida! La nieta de Eulalia, Ana, regresaba del hospital con el bebé. Todos salieron a trabajar, dejando a la vieja y la joven madre a solas. Ana aún sin leche, sin saber cómo poner al bebé al pecho; y la niña lloraba desconsolada, molestando la agonía de la abuela. La moribunda levantó la cabeza, fijó la vista y se sentó, buscando las zapatillas con sus pies cansados. Cuando volvió la familia esperando ver a la abuela muerta, la hallaron sana, paseando y arrullando feliz al bebé, mientras la joven madre descansaba en el sofá.” Alejandra cerró el cuaderno, miró a su esposo, sonrió y dijo: —Mi bisabuela, Vera Eulalia, me cogió tanto cariño que no se permitió morir. Como en la canción: ‘No es nuestro tiempo de morir todavía: todavía tenemos asuntos pendientes en casa’. Vivió diez años más, ayudando a mi madre—tu suegra, Anastasia— a criarme, su bisnieta favorita. Y el padre Boris sonrió a su mujer.

Aún nos quedan cosas pendientes en casa

La abuela Eulalia apenas pudo destrabar el portillo, avanzó con dificultad hasta la puerta de la casa, forcejeó largo rato con la cerradura vieja, ya carcomida por el óxido, entró en el hogar sin calentar y se sentó en una silla junto a la estufa fría.

En la casa olía a deshabitado.

Habían pasado apenas tres meses, pero las telarañas ya tapizaban los altos techos, la silla antigua suspiraba de dolor al soportar su peso, el viento ululaba por la chimenea. La casa la recibió de mal humor: ¿Dónde te has metido, dueña? ¿En manos de quién nos has dejado? ¿Y cómo vamos a pasar el invierno así?

Ahora, ahora, mi vida Dame un instante, respiro Enseguida encenderé la lumbre y entraremos en calor

Solo un año atrás la abuela Eulalia revoloteaba ágilmente por la casa: encalando, pintando, trayendo agua. Su figura, pequeña y ligera, a veces se inclinaba en devoción ante las imágenes santos, y otras mandaba en la cocina, o surcaba veloz el huerto, sembrando, escardando, regando aquí y allá.

Y la casa celebraba junto a ella, vibrando en los tablones bajo sus pasos ligeros, abriéndose puertas y ventanas de golpe bajo sus manos diestras y pequeñas, y el horno cocía con esmero las tortas gigantes. Qué felices estaban juntos: Eulalia y su vieja casa.

Pronto enviudó. Sacó adelante a tres hijos, todos con carrera y oficio. Uno acabó de capitán de la marina mercante, otro militar, coronel; ambos viven lejos, pasan poco.

Solo la más pequeña, Carmen, se quedó en el pueblo, de ingeniera agrónoma. Siempre en el tajo, desde el alba hasta el anochecer, visitando a la madre los domingos, compartiendo pasteles recién hechos, y luego otra semana sin verse.

El consuelo de Eulalia era su nieta, Lucía, que había crecido prácticamente con la abuela.

Y ¡vaya si creció!: guapísima, con unos ojos grises enormes, melena rubia y espesa hasta la cintura, luminosa como la avena dorada al sol. Si recogía el pelo en una coleta, los mechones caían sobre sus hombros causando fascinación instantánea entre los muchachos del pueblo, que se quedaban boquiabiertos ante tanto porte y belleza. Sorprendía que una joven tan sencilla destilara tan regio porte.

Eulalia en su juventud fue agraciada, pero si comparaba una foto antigua suya con una de Lucía, ambas parecían de dos mundos: una pastora y una reina

Inteligente además. Había cursado estudios de económicas en Salamanca y regresado a su pueblo como economista. Se casó con un veterinario y, gracias a la ayuda pública para jóvenes matrimonios, les concedieron una casa nueva.

¡Y qué casa! Sólida, de ladrillo, enorme para la época, más mansión que vivienda.

Solo que en la de la abuela siempre florecía algo, el jardín daba fruta y flores, todo era vida, mientras la nueva casa de Lucía apenas tenía tres macetas tristes. Además, criar plantas nunca fue lo suyo, aun siendo una chica de pueblo, siempre había sido delicada, protegida por su abuela de corrientes y trabajos pesados.

Y encima nació el pequeño Ignacio. Lucía no tenía ya tiempo para jardines y huertos.

Así empezó a insistir: Abuela, vente a vivir conmigo; mi casa es grande, moderna, no necesitarás encender la estufa.

Eulalia, que cumplía ochenta años y con las piernas ya cansadas, cedió a la petición.

Pasó unos meses con su nieta, pero entonces escuchó:
Abuela, ¡con lo que te quiero! Pero ¿por qué solo estás sentada? ¡Si siempre has trabajado tanto! Aquí te has acomodado y yo quiero sacar adelante la finca, contaba con tu ayuda
Ay, hija mía, ya no puedo, ¡las piernas no me responden! Me he hecho mayor
Hum En cuanto llegaste, te hiciste vieja

Pronto, no cumpliendo con las expectativas, la abuela tuvo que volver a su vieja casa.

Del disgusto, de no haber podido ayudar a su querida nieta, Eulalia cayó de verdad enferma.
Las piernas ya no querían avanzar: años y años andando, y ahora, exhaustas, se negaban a moverse. Cruzar la habitación costaba un mundo, y asistir a misa se volvió imposible.

El padre Benito, su párroco de siempre, su infatigable colaboradora en todo lo referente a la iglesia, fue a visitarla.
La encontró redactando una de sus usuales cartas mensuales a sus hijos, sentada en la mesa, abrigada con un jersey raído, pañuelo en la cabeza, pies enfundados en unas zapatillas deformadas, en la casa apenas templada.

El padre Benito suspiró: necesitaba alguien que la ayudase. ¿Quizá Ana? Vivía cerca, aún fuerte, veinte años menos que Eulalia.

Sacó pan, unos mantecados, media empanada de atún aún caliente (presente de doña Alejandra, su mujer).

Remangó la sotana, limpió las cenizas del horno, trajo leña para encender el fuego y puso una olla grande en el escaño.

¡Hijo mío! Ay… Quiero decir, padre, querido Ayúdame otra vez con los nombres de los sobres, que con mi garabato de gallina no llegarán a tiempo

El sacerdote sentó y escribió los destinatarios, echando un rápido vistazo a las frases torcidas. En letras enormes y temblorosas se leía: Y yo estoy muy bien, hijo mío, no me falta de nada, ¡gracias a Dios!

Pero esas cartas sobre la vida buena de Eulalia estaban llenas de borrones y de gotas saladas.

Ana se propuso cuidar de la abuela; el padre Benito procuraba llevarle los sacramentos. En fiestas, don Pedro, el marido marinero de Ana, la llevaba a misa en la moto. La vida, poco a poco, recobraba cierto orden.

La nieta no daba señales, y un par de años más tarde cayó gravemente enferma. Hacía tiempo arrastraba dolores de estómago, pero resultó ser cáncer de pulmón.

Lucía se consumió en seis meses.

El marido se fue a vivir a su tumba: compraba vino, bebía, dormía junto a ella, se despertaba y repetía. El niño Ignacio, de cuatro años, solo, sucio y hambriento, acabó siendo recogido por Carmen. Pero el trabajo de agrónoma y las ausencias obligaban a pensar en un internado.

El internado era bueno, decían: directora enérgica, comida decente, fines de semana en casa si se podía.

No era lo ideal, pero Carmen no tenía alternativa.

Entonces, en el sidecar de una vieja moto Montesa, Eulalia llegó a casa de su hija. Al volante iba don Pedro, tan rechoncho como siempre, remangado con sus tatuajes de anclas y sirenas, ambos con una determinación feroz.

Eulalia dijo simplemente:
A Ignacio me lo llevo conmigo.

¡Pero mamá, si tú apenas andas! ¿Quién va a cuidar del niño? ¡Necesita comida, ropa limpia!

Mientras yo viva, a Ignacio al internado no lo envío sentenció la abuela.

Carmen, sorprendida por la fuerza de la normalmente dulce Eulalia, calló y comenzó a preparar la bolsa del niño.

Don Pedro los llevó a ambos a casa, casi cargándolos entre risas y broncas. Los vecinos cuchicheaban:
Pobre Eulalia, tan buena pero ha perdido la cabeza en la vejez. Bastante tiene con cuidarse sola, ¿y se trae un crío? No es un perrito ¿Dónde mira Carmen?

El padre Benito, inquieto por lo que pudiera encontrar, fue a visitar una mañana a Eulalia, temiendo hallar al niño hecho un desastre y a la abuela exhausta.

Pero en la casa el ambiente era cálido, la estufa ardía. Ignacio, limpísimo y feliz, escuchaba cuentos de un viejo tocadiscos, y la supuesta abuela inválida revoloteaba ligera: untando manteca en las bandejas, amasando, batiendo huevos. Las piernas, milagrosamente, le respondían como antes de la enfermedad.

¡Padre, querido! Estoy aquí, preparando unas ensaimadas Espere un momento, que le tengo a su señora y al pequeño Leopoldo un regalo caliente

El sacerdote, aún medio aturdido, llegó a casa y contó a Alejandra, su mujer, el milagro presenciado.

Alejandra, pensativa, sacó de la biblioteca un cuaderno azul y halló la página buscada:

La vieja Gregoria vivió muchos inviernos. Todo se fue, los sueños, las esperanzas, las inquietudes todo duerme bajo el manto de nieve tranquila. Un febrero, mientras rezaba ante el santo, se acostó diciendo: Llamad al padre, que me voy de este mundo.

El rostro se le quedó blanco como la escarcha del campo. Llamaron al sacerdote, se confesó y, durante un día entero, yacía sin comer ni beber. Solo la respiración indicaba que el alma no se había volado.

De pronto, la puerta se abrió de golpe, entró aire frío, un llanto de bebé.

¡Silencio, que la abuela se muere!
No puedo callarla, acaba de nacer, no entiende que no puede llorar

Había vuelto la nieta de Gregoria del hospital, Inés, con su pequeñaja colorada. Aquella mañana todos se habían ido a trabajar, dejando sola a la moribunda con la recién parida. Inés aún no tenía leche, no sabía cómo coger a la niña, que lloraba desconsolada, molestando el tránsito de Gregoria al otro mundo.

La anciana abrió los ojos, el mirar perdido cobró lucidez. Se sentó trabajosamente, posó los pies desnudos en el suelo y buscó a tientas las zapatillas.

Cuando la familia regresó, esperando encontrarla muerta, hallaron a Gregoria animada: paseaba con brío por la estancia, meciendo feliz a la nieta, mientras la madre joven descansaba en el sofá.

Alejandra cerró el diario, miró a su marido y sonrió:

Mi bisabuela, Vitoria Gregoria, me adoraba y no podía permitirse morir. Decía, cantando: ¡Y aún quedan cosas que hacer en casa, no hay tiempo para morir!

Vivió otros diez años, ayudando a mi madre y a tu suegra Anastasia, a criarme, su biznieta favorita.

El padre Benito sonrió y abrazó con ternura a su mujer.

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MagistrUm
Todavía tenemos asuntos pendientes en casa… La abuela Valentina, con grandes esfuerzos, logró abrir la cancela, se arrastró hasta la puerta, luchó un buen rato con la cerradura oxidada, entró en su vieja casa sin calentar y se sentó junto a la fría chimenea. En la estancia olía a abandono. Solo estuvo fuera tres meses, pero el techo se cubrió de telarañas, la vieja silla rechinaba con tristeza, el viento silbaba en la chimenea—la casa la recibió con cierto enfado: ¿Dónde andabas, dueña, a quién me dejaste? ¿Cómo vamos a pasar el invierno? —Ya voy, mi tesoro, espera un poco, descanso… Enseguida enciendo, nos calentamos… Hace apenas un año, la abuela Valentina se movía ágilmente por la casa: encalando, pintando, trayendo agua. Su figurita pequeña y ligera ora se inclinaba ante los iconos, ora bregaba con la chimenea, o salía al jardín a sembrar, desherbar, regar. Y la casa se alegraba con ella; el suelo crujía vivo bajo sus pasos ágiles, las puertas y ventanas se abrían dispuestas al primer toque de sus manos laboriosas, el horno horneaba sabrosos bollos. Se entendían bien: Valentina y su vieja casa. Perdió pronto a su marido. Sacó adelante a tres hijos, todos formados y convertidos en personas de bien. Un hijo, capitán de marina mercante; otro, militar, coronel; ambos viven lejos y vienen poco. Solo su hija menor, Tamara, quedó en el pueblo como jefa de agrónomas, siempre ocupada, solo domingo pasa por casa, disfruta unos bollos y otra semana sin verse. Su consuelo era su nieta, Lucía. Esa creció prácticamente con la abuela. Y menuda muchacha salió. Guapísima, ojos grises enormes, melena rubia hasta la cintura, ondulada, brillante, casi resplandeciente. Al recogerse el pelo en coleta, los mechones caían irresistibles y los chicos del pueblo quedaban atónitos. Con una figura finísima, era difícil entender de dónde sacó tal porte y belleza una muchacha de pueblo. Valentina fue guapa en su juventud, pero si comparas fotos antiguas con Lucía: como pastora y reina… Inteligente además. Terminó la universidad de agricultura en Madrid, volvió al pueblo a trabajar de economista. Se casó con el veterinario y, por programa social de nuevas familias, les dieron una casa nueva. ¡Y qué casa! Sólida, de ladrillo, un auténtico caserío para la época. Solo que la abuela tenía jardín rebosante, y en la nueva casa de Lucía aún nada lograba crecer: tres matitas. Y Lucía tampoco era de mucha mano para plantar nada. Aunque de pueblo, es delicada, protegida por la abuela de cualquier corriente o faena pesada. Y además, nació el hijo, Javi. Entonces no había tiempo para huerto ni jardín. Así que Lucía empezó a insistir: “Abuela, vente a mi casa: es grande, cómoda, aquí no tienes que encender la chimenea.” Valentina empezó a achacarse, cumplió ochenta, y como si la enfermedad se hubiera puesto fecha, sus piernas ágiles dejaron de responder. Así que cedió finalmente. Vivió con la nieta un par de meses. Hasta que oyó: —Abuela, te quiero mucho, tú lo sabes. ¡Pero no haces nada! Toda la vida has trabajado, ahora aquí ni te mueves… Yo quería montar algo, contaba contigo… —No puedo, hija, las piernas ya no me responden… Estoy mayor… —Vaya, como llegaste aquí, de repente anciana… Así que, al no servir de ayuda, la abuela regresó a su casita. De la tristeza, al sentirse inútil para su Lucía, Valentina enfermó aún más. Sus pies apenas deslizaban por el suelo. Para ir de la cama a la mesa era un esfuerzo; al templo, una hazaña imposible. El padre Boris iba personalmente a ver a su feligresa habitual, colaboradora asíduo del viejo templo. Observó todo atento. Valentina estaba escribiendo sus cartas habituales a sus hijos. Hacía frío: el horno no calentaba ya bien, el suelo estaba helado. Llevaba un jersey gastado, un pañuelo algo sucio, cosa impensable en una mujer tan pulcra, zapatillas desgastadas. El padre Boris suspiró; hacía falta una ayudante. ¿Quizá Ana? Vivía cerca, veinte años más joven. Sacó pan, galletas y la mitad de una empanada de pescado, regalo de doña Alejandra, esposa del sacerdote. Arremangó la sotana, limpió el horno, trajo leña, encendió, llenó de agua un enorme puchero para el horno. —¡Hijo querido… Oh, perdón, padre querido! ¡Ayúdame con las direcciones de los sobres, que si escribo yo de mi letra de gallina, no llegan! Padre Boris escribió direcciones y, de soslayo, leyó algunas líneas grandes y temblorosas: “Vivo muy bien, hijo mío, gracias a Dios no me falta nada.” Pero aquellas cartas buenas estaban llenas de manchas: parecían lágrimas saladas. Ana empezó a cuidar de la abuela. Padre Boris la confesaba y comulgaba con frecuencia; en las fiestas, su marido, don Pedro, viejo marinero, la llevaba en moto a misa. La vida iba mejorando un poco. Lucía no iba a verla, y luego, con los años, cayó gravemente enferma. Tenía problemas estomacales, achacaba todo a eso. Resultó tener cáncer de pulmón. Nadie sabe por qué, pero Lucía se fue en seis meses. El marido se instaló en la tumba: bebía, dormía allí, despertaba y volvía a comprar vino. El hijo, Javier, solo y descuidado, acabó sucio, hambriento, sin que nadie le hiciera caso. Tamara se lo llevó, pero su puesto de agrónoma le impedía prestarle atención, y el niño iba camino al internado del distrito. Era un buen internado: director firme, buena comida, los fines de semana podía pasar en casa. No era una crianza familiar, pero a Tamara no le quedaba otra opción; debía seguir trabajando hasta la jubilación. Entonces, en el sidecar del viejo “Ural” llegó Valentina a ver a Tamara. Al volante, el vecino Pedro, con jersey de rayas, anclas y sirenas tatuadas, ambos de lo más resueltos. Valentina dijo claro: —Me llevo a Javi conmigo. —¡Mamá, si apenas andas! ¿Cómo vas a poder con el peque? ¡Hay que cocinarle, lavarle…! —Mientras viva, no lo llevo al internado. Ante semejante determinación, Tamara se calló y comenzó a preparar las cosas del nieto. Don Pedro llevó a ambos a la casita y casi levantó a los dos en brazos para acomodarlos en la casa. Los vecinos criticaban: —Mira que buena mujer, pero parece que ya ha perdido el juicio; ¡necesita ayuda y aún se carga con un niño! ¿Pues a dónde mira Tamara? Tras la misa dominical, el padre Boris fue con preocupación: ¿habría que sacar al niño desnutrido de allí? La casa estaba cálida y el horno a pleno. Javi limpio y feliz escuchaba un cuento del viejo tocadiscos. La “pobre inválida” abuela se movía ligera: engrasaba una bandeja, amasaba, batía huevos con requesón; sus piernas se deslizaban vivas como antes de enfermar. —¡Padre querido! Estoy haciendo unas tartitas… Espere un poco, que le mando a doña Alejandra y al pequeño Kiko una merendola… El cura llegó a casa aún asombrado y contó a su mujer lo visto. Doña Alejandra pensó, sacó un cuaderno azul del mueble y leyó: “La vieja Eulalia vivió una vida larga. Todo pasó, voló: sueños, esperanzas, sentimientos… Ya duerme bajo la blanca nieve, hora es de ir donde no hay dolor, ni pena ni suspiros… Una tarde ventosa, Eulalia rezó largo rato ante los santos, luego se acostó: ‘Llamad al cura, me voy a morir’. Su cara se puso blanca como la nieve. Llamaron al cura, Eulalia se confesó, comulgó, y durante un día no probó ni bocado ni agua. Solo el leve respiro indicaba que el alma seguía. De repente, se oyó llanto de bebé: —Callad, la abuela está muriendo. —¡Es que no puedo tapar la boca a una recién nacida! La nieta de Eulalia, Ana, regresaba del hospital con el bebé. Todos salieron a trabajar, dejando a la vieja y la joven madre a solas. Ana aún sin leche, sin saber cómo poner al bebé al pecho; y la niña lloraba desconsolada, molestando la agonía de la abuela. La moribunda levantó la cabeza, fijó la vista y se sentó, buscando las zapatillas con sus pies cansados. Cuando volvió la familia esperando ver a la abuela muerta, la hallaron sana, paseando y arrullando feliz al bebé, mientras la joven madre descansaba en el sofá.” Alejandra cerró el cuaderno, miró a su esposo, sonrió y dijo: —Mi bisabuela, Vera Eulalia, me cogió tanto cariño que no se permitió morir. Como en la canción: ‘No es nuestro tiempo de morir todavía: todavía tenemos asuntos pendientes en casa’. Vivió diez años más, ayudando a mi madre—tu suegra, Anastasia— a criarme, su bisnieta favorita. Y el padre Boris sonrió a su mujer.