Todavía nos quedan cosas por hacer en casa… La abuela Valentina, haciendo acopio de fuerzas, apenas logra abrir la cancela y arrastrarse hasta la puerta. Pelea un buen rato con el viejo cerrojo oxidado, entra en su antigua casa, fría como el hielo, y se sienta junto al hogar apagado. El aire tiene ese olor a cerrado y abandono. Solo han pasado tres meses desde que se marchó, pero ya hay telarañas en los techos, la vieja silla cruje que da pena, el viento se cuela por la chimenea y la casa parece reprocharle: ¿Dónde has estado, dueña mía? ¿A quién nos dejaste? ¿Cómo piensas que pasaremos el invierno? —Ahora, ahora, mi bien, espera un poco, que descanse… ya prenderé el fuego y entraremos en calor… Hace apenas un año, la abuela Valentina zascandileaba alegre por su vieja casa: encalando, retocando, acarreando agua. Su menuda figura se doblaba ante los iconos, manejaba con soltura el horno, salía al huerto a tiempo de plantar, escardar y regar. La casa celebraba la vida, rechinando llena de alegría bajo sus pasos; puertas y ventanas se abrían a la primera caricia de sus manos, el horno cocía esponjosos pasteles. A Valentina y su vieja casa les iba todo a pedir de boca. Sepultó joven a su marido. Sacó adelante a sus tres hijos, los educó y los lanzó a la vida. Uno es capitán de la marina mercante, el otro militar, coronel, ambos viven lejos y rara vez vienen a verla. Solo la hija menor, Tamara, se quedó en el pueblo como jefa de agrónomos, siempre ocupada, apenas se pasa el domingo para probar los pasteles de su madre, y a la semana siguiente, otra vez sin verse. El consuelo—su nieta, la pequeña Svetlana, que prácticamente creció a su lado. ¡Y qué nieta! Guapa como una princesa: grandes ojos grises, pelo rubio hasta la cintura, rizado y brillante, una hermosura de pueblo con una planta digna de reina. Lista además: terminó la carrera de económicas agrícolas en Madrid y volvió al pueblo para trabajar de economista. Se casó con el veterinario y gracias a un programa social para jóvenes familias, les tocó una casa nueva. ¡Menuda casa! Sólida, de ladrillo, todo un caserón para la época. Solo que la abuela tenía alrededor de su casa, árbol, flores y todo tipo de vida, mientras que en la nueva casa de Svetlana apenas crecía nada. Ni tiempo tenía para jardines; el pequeño Vasito acababa de nacer, y eso era suficiente trabajo. Así que Svetlana empezó a pedirle a la abuela que se fuera a vivir con ellos: la casa es grande, moderna, sin necesidad de encender la estufa. Cumplidos los ochenta, ya no andaba la abuela tan ligera; las piernas que tanto caminaron sentían el peso de los años. Tras la presión familiar, accede a mudarse, pero apenas pasan un par de meses y alguien le dice: —Abuela, yo te quiero, pero ¿cómo puedes estar todo el día sentada? Si tú siempre has sido de no parar, y aquí ya ves, instalada… Yo contaba contigo para ayudarme en la casa… —No puedo, hija, las piernas ya no me responden… —Pues mira lo rápido que has envejecido desde que viniste… Así que la abuela, que no consiguió ayudar, volvió a su vieja casa y, llena de preocupación y tristeza, apenas podía moverse. Del lecho a la mesa era toda una hazaña, y acudir a la iglesia resultaba imposible. El padre Borja, el párroco, fue a visitarla; le ayudó con los recados, encendió la estufa, le trajo comida, e incluso completó las direcciones en las cartas que cada mes la abuela escribía a sus hijos. En ellas, con letras enormes y temblonas, escribía: “Aquí estoy muy bien, hijo mío”, pero las cartas estaban llenas de borrones, que bien podían ser lágrimas. Con la ayuda de Ana, vecina y veinte años más joven, y la colaboración de toda la parroquia, la vida volvió poco a poco a la casa de la abuela. Pasó el tiempo; la nieta enfermó gravemente y falleció en pocos meses. Su marido se dedicó a la bebida y el pequeño Vasito no tenía quien lo cuidase. Tamara, la agrónoma, se lo llevó, pero no podía atenderle y empezaron los preparativos para llevarle a un internado de la diputación. La abuela Valentina, agarrando fuerzas y con la ayuda del vecino Paco, se presentó en casa de Tamara: —Me llevo a Vasito conmigo. —¡Pero, mamá, si no puedes ya con él, apenas andas! —Mientras tenga vida, mi nieto no va al internado —sentenció la abuela. Y así fue como la abuela, a pesar de que todos decían que estaba perdiendo la cabeza, se las arregló para cuidar del niño y de la casa. Cuando el párroco vino a verles temiendo encontrar desgobierno y miseria, descubrió una casa limpia, el fuego encendido y la abuela más activa que nunca, haciendo pasteles para todos, como cuando era joven. Ya en casa, la mujer del párroco sacó un cuaderno azul grueso y leyó la historia de la vieja Gregoria, su bisabuela, que cuando le llegó la muerte, quiso posponerla porque vio que aún no había terminado su trabajo: “Es pronto para morir, aún me quedan cosas por hacer en casa”, dijo, y vivió diez años más, ayudando a criar a su querida bisnieta. El párroco y su esposa sonrieron. Porque sí, aún nos quedan cosas por hacer en casa.

Todavía nos quedan cosas por hacer en casa

La abuela Valentina abrió la verja como pudo, llegó a la puerta dando pasitos cortos, estuvo un buen rato peleándose con la cerradura vieja, ya oxidada, y al entrar en su casa fría y sin vida, se sentó en una de esas sillas viejas al lado de la chimenea apagada.

El ambiente tenía ese olor tan peculiar de cuando la casa ha estado vacía. Solo habían pasado tres meses desde que se marchó, pero el techo ya estaba cubierto de telarañas, la silla antigua chirriaba que daba pena y el viento rugía por la chimenea como preguntando ¿dónde te has metido, dueña? ¿A quién nos has dejado? ¿Cómo vamos a pasar el invierno?

Ahora mismo, mi casa querida, espera un poco que coja aire y te enciendo la lumbre Entraremos en calor

Hace apenas un año, Valentina se movía ligera por la casa: pintando alguna pared, arreglando una maceta, trayendo agua. Esa figura suya, menuda y ágil, tan pronto rezando frente a las estampas en la pared, como atareada con la cocina o dándose paseos por el jardín, donde siempre tenía algo que plantar, desbrozar o regar.

Y la casa parecía acompañarla en ese ritmo: en cuanto ella pisaba, el suelo sonaba vivo, las puertas se abrían con solo rozarlas y el horno cocía tortas y empanadas humeantes. Se podía notar que había una vida compartida ahí, entre Valentina y su vieja casa.

Se quedó viuda pronto. Sacó adelante a tres hijos, les dio buena educación y vio a cada uno de ellos tomar su propio camino. Uno, capitán de barco, otro, militar de carreraambos lejos, sin apenas tiempo para visitar. Solo la hija menor, Carmen, se quedó en el pueblo como ingeniera agrónoma, siempre de aquí para allá, con poco tiempo para pasarse, salvo algún domingo, cuando invitaba a su madre a comer y, entre una charla y un trozo de bizcocho, la semana les pasaba volando sin verse.

El consuelo de Valentina era su nieta, Inés. En verdad, Inés se crió más con su abuela que con su madre. Y vaya cómo creció: guapísima, con unos ojos grises enormes, la melena rubia casi hasta la cintura y esa piel luminosa que parecía brillar bajo el sol de Castilla.

Cuando se hacía una coleta, los mozos del pueblo no podían dejar de mirarla, boquiabiertos y sin saber ni qué decir. ¿De dónde sacaría una chica así, de campo, ese porte y esa hermosura? Valentina de joven era maja, pero si comparabas una foto de entonces con la de Inés, parecía pastora y reina

Y además, Inés tenía cabeza. Terminó sus estudios en Madrid, en la universidad de agricultura, y volvió al pueblo como economista. Se casó con un veterinario, y gracias a una ayuda para jóvenes familias, les dieron una casa nueva.

¡Y qué casa! De ladrillo visto, moderna, calentita, con espacio para todo. Eso sí, donde Valentina tenía un jardín que no le cabía nada más de lo que florecía y crecía, la casa de Inés solo tenía unas tres ramitas plantadas, porque de jardinería, la pobre, ni idea.

Era de pueblo, sí, pero su abuela la había mimado tanto que del frío, de la corriente o de cargar un cubo, ni hablar. Encima, Inés tuvo a Pablo, un niño precioso, y claro, se acabó de rematar: ni flores ni huerto.

Así que empezó a insistirle a Valentina para que se fuera a vivir con ellos: Vente abuela, que aquí tenemos calefacción y casa grande, no tienes que encender la chimenea

Valentina, ya con ochenta años y las piernas como si le pesaran más que nunca, aceptó a regañadientes. Estuvo unos meses en la casa de Inés. Pero un día escuchó a su nieta decirle:

Abuela, yo te quiero con locura, ¿pero cómo es que no haces nada? ¡Si tú siempre has sido de no parar! Y ahora, desde que estás conmigo, te has vuelto mayor de repente

Hija, que ya no me dan las piernas, que una se hace mayor no puedo igual que antes

¡Caramba! Desde que has venido a mi casa, de pronto eres vieja

Total, que la abuela, sintiéndose mal por no poder ayudar, terminó de vuelta en su casa de siempre. Y de la pena, porque sentía que había fallado a su nieta querida, se quedó en cama.

Andar le costaba un mundo. Llegar de la cama a la cocina era como escalar el Mulhacén, y ya ir a misa imposible. El párroco don Francisco, buen hombre, que siempre contaba con Valentina para lo que hiciera falta en la iglesia, fue a visitarla. Se dio cuenta enseguida de la situación.

Valentina estaba sentada, liada con sus cartas habituales a los hijos. Había frío, la estufa apenas encendida, el suelo helado. Ella, con su jersey gastado y el pañuelo medio sucio, en zapatillas viejas. Don Francisco suspiró: hacía falta alguien que ayudara ahí. Quizás Ana, que vivía por la zona y era veinte años más joven.

Sacó del zurrón pan, dulces, media empanada de atún calentita (regalo de la señora Mercedes, su mujer). Se remangó la sotana, limpió la estufa, trajo leña del corral, caldeó la casa y puso agua a hervir en el puchero negro del fuego.

¡Ay, mi hijo! Bueno, padre, ayúdame con las direcciones de los sobres; que si lo hago yo con estas manos, no llegan ni a Burgos

Don Francisco escribió las direcciones y echó un vistazo rápido a las cartas: letras grandes y temblorosas, y en todas empezaba igual: Aquí estoy, viviendo a las mil maravillas, querido hijo. Tengo de todo, gracias a Dios. Pero esas cartas tenían manchurrones, y seguro que eran de lágrimas saladas.

Ana fue la que estuvo pendiente después de Valentina; don Francisco venía de vez en cuando para darle la comunión. En las fiestas, el marido de Ana, el tío Ramón, viejo marinero, traía a Valentina a misa en su Vespa. Poco a poco, la vida iba volviendo a la normalidad.

La nieta, Inés, no apareció por allí, y al poco tiempo enfermó de gravedad. Desde hacía tiempo tenía problemas de estómago, pero resultó que era cáncer de pulmón. Nadie supo nunca cómo pudo pasar. Inés se apagó en solo seis meses.

Su marido se instaló en el cementerio: cada día con una botella de orujo, durmiendo allí mismo, y luego volviendo a por más. El hijo, Pablo, apenas con cuatro años, acabó sucio, mocoso y sin que nadie lo atendiera.

Carmen, la hija de Valentina, lo recogió, pero con tanto trabajo, poco tiempo podía dedicarle. Así que empezaron los trámites para llevar al niño a un internado del ayuntamiento. No era mal sitio: buena comida, un director enérgico y los fines de semana podían ir a casa. No era como criarse en familia, pero Carmen no tenía otra.

Ahí fue cuando Valentina llegó en sidecar hasta casa de su hija, conducido por el tío Ramón, gordote, tatuado con anclas y sirenas en los brazos, y cara de pocos amigos.

Valentina, muy seria, dijo:

Me llevo a Pablo conmigo.

¡Mamá, pero si apenas puedes andar! ¿Cómo vas a cuidar de un crío? Hay que lavarle, darle de comer

Mientras yo respire, Pablo no va a un internado.

Se quedó Carmen muda, y se puso a preparar la bolsa del niño.

Tío Ramón los llevó hasta la casa de Valentina, y la vecindad empezó a murmurar:

Una mujer tan buena, pero ya está mayor, medio ida ¡Y se ha traído un niño! Si apenas se vale ¿En qué estará pensando Carmen?

Un domingo tras la misa, don Francisco fue a ver cómo estaban. Temía encontrar a Pablo medio muerto de hambre y a Valentina más débil que nunca.

Pero al entrar, la casa estaba caldeada, Pablo limpio y risueño, escuchando una vieja radio con cuentos y la estufa brillando. Y la supuesta anciana enferma iba de un lado para otro batiendo huevos, amasando y preparando merienda como si tuviera veinte años menos.

¡Padre, no se marche, que tengo tortas de cuajada para usted, para Mercedes y el pequeño!

Don Francisco volvió a su casa, sin dar crédito, y se lo contó a su mujer.

Mercedes buscó en una libreta azul, repasó hasta encontrar una página donde, hacía muchos años, la abuela Antonia había dejado escrito:

La vieja Antonia había vivido mucho. Todo había volado: sueños, anhelos, hasta la esperanzatodo dormía bajo la nieve callada. Llegó el día que debía partir; ella misma pidió al cura para confesarse y, tras ello, se tumbó, diciendo: Id llamando al cura, que ya me voy.

Esa misma noche llegó su nieta, recién dada a luz, con una criatura recién nacida, llorando a pleno pulmón, ni caso a las lágrimas de la abuela. Todos fuera, trabajando, y ellas solas en casa. Ni la leche venía ni la nieta sabía aún cómo atender al bebé, así que el crío berreaba sin parar.

La abuela, ya desahuciada, al oír el llanto se sentó en la cama, enfocó la vista y, con esfuerzo, bajó los pies a tierra, buscando sus zapatillas. Cuando los demás volvieron creían que encontrarían a la abuela muerta, pero en vez de eso, estaba ella paseando por la habitación con el bebé tranquilísimo en brazos. Ya había decidido que morirse podía esperar.

Mercedes cerró la libreta, miró a su marido, sonrió y le dijo:

Mi bisabuela Verónica me quería tanto, que no fue capaz de marcharse. Como decía la canción: Aún nos quedan cosas por hacer en casa.

Vivió casi diez años más, ayudando a mi madre a criarme, y don Francisco correspondió a la sonrisa.

Y así es la vida, como ves, que en casa siempre hay tareas pendientes, y el cariño nos da fuerzas que ni imaginamos.

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MagistrUm
Todavía nos quedan cosas por hacer en casa… La abuela Valentina, haciendo acopio de fuerzas, apenas logra abrir la cancela y arrastrarse hasta la puerta. Pelea un buen rato con el viejo cerrojo oxidado, entra en su antigua casa, fría como el hielo, y se sienta junto al hogar apagado. El aire tiene ese olor a cerrado y abandono. Solo han pasado tres meses desde que se marchó, pero ya hay telarañas en los techos, la vieja silla cruje que da pena, el viento se cuela por la chimenea y la casa parece reprocharle: ¿Dónde has estado, dueña mía? ¿A quién nos dejaste? ¿Cómo piensas que pasaremos el invierno? —Ahora, ahora, mi bien, espera un poco, que descanse… ya prenderé el fuego y entraremos en calor… Hace apenas un año, la abuela Valentina zascandileaba alegre por su vieja casa: encalando, retocando, acarreando agua. Su menuda figura se doblaba ante los iconos, manejaba con soltura el horno, salía al huerto a tiempo de plantar, escardar y regar. La casa celebraba la vida, rechinando llena de alegría bajo sus pasos; puertas y ventanas se abrían a la primera caricia de sus manos, el horno cocía esponjosos pasteles. A Valentina y su vieja casa les iba todo a pedir de boca. Sepultó joven a su marido. Sacó adelante a sus tres hijos, los educó y los lanzó a la vida. Uno es capitán de la marina mercante, el otro militar, coronel, ambos viven lejos y rara vez vienen a verla. Solo la hija menor, Tamara, se quedó en el pueblo como jefa de agrónomos, siempre ocupada, apenas se pasa el domingo para probar los pasteles de su madre, y a la semana siguiente, otra vez sin verse. El consuelo—su nieta, la pequeña Svetlana, que prácticamente creció a su lado. ¡Y qué nieta! Guapa como una princesa: grandes ojos grises, pelo rubio hasta la cintura, rizado y brillante, una hermosura de pueblo con una planta digna de reina. Lista además: terminó la carrera de económicas agrícolas en Madrid y volvió al pueblo para trabajar de economista. Se casó con el veterinario y gracias a un programa social para jóvenes familias, les tocó una casa nueva. ¡Menuda casa! Sólida, de ladrillo, todo un caserón para la época. Solo que la abuela tenía alrededor de su casa, árbol, flores y todo tipo de vida, mientras que en la nueva casa de Svetlana apenas crecía nada. Ni tiempo tenía para jardines; el pequeño Vasito acababa de nacer, y eso era suficiente trabajo. Así que Svetlana empezó a pedirle a la abuela que se fuera a vivir con ellos: la casa es grande, moderna, sin necesidad de encender la estufa. Cumplidos los ochenta, ya no andaba la abuela tan ligera; las piernas que tanto caminaron sentían el peso de los años. Tras la presión familiar, accede a mudarse, pero apenas pasan un par de meses y alguien le dice: —Abuela, yo te quiero, pero ¿cómo puedes estar todo el día sentada? Si tú siempre has sido de no parar, y aquí ya ves, instalada… Yo contaba contigo para ayudarme en la casa… —No puedo, hija, las piernas ya no me responden… —Pues mira lo rápido que has envejecido desde que viniste… Así que la abuela, que no consiguió ayudar, volvió a su vieja casa y, llena de preocupación y tristeza, apenas podía moverse. Del lecho a la mesa era toda una hazaña, y acudir a la iglesia resultaba imposible. El padre Borja, el párroco, fue a visitarla; le ayudó con los recados, encendió la estufa, le trajo comida, e incluso completó las direcciones en las cartas que cada mes la abuela escribía a sus hijos. En ellas, con letras enormes y temblonas, escribía: “Aquí estoy muy bien, hijo mío”, pero las cartas estaban llenas de borrones, que bien podían ser lágrimas. Con la ayuda de Ana, vecina y veinte años más joven, y la colaboración de toda la parroquia, la vida volvió poco a poco a la casa de la abuela. Pasó el tiempo; la nieta enfermó gravemente y falleció en pocos meses. Su marido se dedicó a la bebida y el pequeño Vasito no tenía quien lo cuidase. Tamara, la agrónoma, se lo llevó, pero no podía atenderle y empezaron los preparativos para llevarle a un internado de la diputación. La abuela Valentina, agarrando fuerzas y con la ayuda del vecino Paco, se presentó en casa de Tamara: —Me llevo a Vasito conmigo. —¡Pero, mamá, si no puedes ya con él, apenas andas! —Mientras tenga vida, mi nieto no va al internado —sentenció la abuela. Y así fue como la abuela, a pesar de que todos decían que estaba perdiendo la cabeza, se las arregló para cuidar del niño y de la casa. Cuando el párroco vino a verles temiendo encontrar desgobierno y miseria, descubrió una casa limpia, el fuego encendido y la abuela más activa que nunca, haciendo pasteles para todos, como cuando era joven. Ya en casa, la mujer del párroco sacó un cuaderno azul grueso y leyó la historia de la vieja Gregoria, su bisabuela, que cuando le llegó la muerte, quiso posponerla porque vio que aún no había terminado su trabajo: “Es pronto para morir, aún me quedan cosas por hacer en casa”, dijo, y vivió diez años más, ayudando a criar a su querida bisnieta. El párroco y su esposa sonrieron. Porque sí, aún nos quedan cosas por hacer en casa.