— Tío, ¡lleva a mi hermanita! — ¡Hace tiempo que no come nada! — Él se dio la vuelta de repente y quedó atónito.

¡Tío, llévate a mi hermanita! gritó la vocecita, que llevaba días sin haber comido y el hombre dio un vuelco, paralizado de asombro!

Por favor, señor tome a mi hermana. Está hambrienta

Ese clamor, tierno y desesperado, surgió entre el bullicio de la calle y detuvo en seco a Iñigo. No iba a paso ligero, no, corría como si una sombra lo persiguiera. El tiempo apremiaba: millones de euros estaban en juego y una decisión debía tomarse esa misma reunión. Desde que la muerte se llevó a Rita, su esposa, su luz, su apoyo, el trabajo se había convertido en su único refugio.

Pero entonces escuchó aquella voz

Iñigo giró la cabeza.

Delante de él estaba una niña de siete años, delgada, desaliñada, con los ojos hinchados de llanto. En sus brazos llevaba un pequeño fular del que asomaba la carita de una bebé. La niña, envuelta en una manta raída, sollozaba débilmente, mientras el niño la abrazaba como si fuera su único escudo en ese mundo indiferente.

Iñigo vaciló. Sabía que no podía perder el tiempo, tenía que seguir adelante. Sin embargo, algo en la mirada del pequeño o en ese simple «por favor» tocó una fibra profunda de su alma.

¿Dónde está su madre? preguntó suavemente, sentándose junto a ellos.

Prometió volver pero ya lleva dos días sin aparecer. Yo la espero aquí, a ver si vuelve tembló la voz del niño, al igual que su mano.

Se llamaba Máximo. La niña se llamaba Aitana. Ambos estaban solos, sin notas, sin explicaciones, solo con la esperanza que el pequeño de siete años aferraba como quien se agarra a una caña de pescar en medio de la tormenta.

Iñigo les propuso comprar comida, llamar a la policía, avisar a los servicios sociales. Pero al oír «policía», Máximo se encogió y susurró con dolor:

Por favor, no nos lleven. Se llevarán a Aitana

En ese instante Iñigo comprendió que ya no podía marcharse.

En el café más cercano Máximo devoró un bocadillo, y Iñigo, con mucho tacto, alimentó a Aitana con una papilla comprada en la farmacia de al lado. Algo que llevaba mucho tiempo dormido empezó a despertar bajo su coraza fría.

Marcó a su asistente:

Cancelad todas las citas. Hoy y mañana también.

Pasó un rato y llegaron los agentes García y Fernández. Preguntas de siempre, trámites rutinarios. Máximo apretó la mano de Iñigo con una mezcla de súplica y desafío:

No nos vas a dejar en el albergue, ¿verdad?

Iñigo, sorprendido de sí mismo, respondió:

No lo haré. Lo prometo.

En la comisaría comenzaron los papeles. Intervino Doña Laura Pérez, vieja amiga y experimentada trabajadora social. Gracias a ella, todo se formalizó rápido: tutela provisional.

Solo hasta que encuentren a la madre se repetía Iñigo, más para sí que para los demás. Solo temporalmente.

Llevó a los niños a su coche. En el interior reinaba un silencio tan denso como una tumba. Máximo sujetaba firmemente a su hermana, sin preguntas, sólo susurrándole algo dulce y tranquilizador.

El piso de Iñigo les recibió con espacio amplio, alfombras mullidas y ventanales que enmarcaban la vista de toda la ciudad. Para Máximo era como un cuento de hadas; nunca había vivido tanto calor y comodidad.

Iñigo se sentía perdido. No tenía ni idea de los biberones, los pañales ni los horarios. Tropezaba con los cambiadores, se olvidaba de cuándo alimentar y cuándo acostar.

Pero Máximo estaba ahí, callado, atento, como un guardián que observa a un desconocido que podría desaparecer en cualquier momento. Y sin embargo, ayudaba: mecía a su hermana, cantaba nanas, la acostaba con la ternura que sólo tienen los que lo han hecho cientos de veces.

Una noche, Aitana no podía dormir. Gritaba, se revolvía en la cuna sin hallar posición. Entonces Máximo se acercó, la tomó en sus brazos y empezó a tararear suavemente. En pocos minutos la niña estaba dormida como un ángel.

Sabes calmarla como nadie comentó Iñigo, con una chispa de orgullo en los ojos.

He tenido que aprenderlo respondió el chico sin reproche, como si fuera una simple cuestión de vida.

En ese momento sonó el teléfono. Era Doña Laura.

Hemos localizado a su madre. Está viva, pero está en rehabilitación por una adicción y su estado es delicado. Si termina el tratamiento y demuestra que puede cuidar a los niños, se los devolverá. Si no, el Estado asumirá la tutela o tú podrías quedarte con ellos.

Iñigo se quedó en silencio, sintiendo que algo se apretaba dentro de él.

Puedes formalizar la tutela. Incluso adoptarlos, si de verdad lo deseas.

No estaba seguro de estar listo para ser padre, pero una cosa tenía clara: no quería perderlos.

Esa misma noche Máximo se sentó en una esquina del salón y dibujó con lápiz.

¿Qué será de nosotros ahora? preguntó sin apartar la vista del papel, con el miedo, el dolor y la esperanza en la voz.

No lo sé contestó Iñigo, sentándose a su lado. Pero haré todo lo posible para que estén seguros.

Máximo se quedó pensativo.

¿Nos volverán a quitar? ¿Te los quitarán a ti, a esta casa?

Iñigo lo abrazó con fuerza, sin decir nada. Quería que el abrazo hablara: ya no estás solo. Nunca lo estarás.

No los entregaré. Lo prometo. Nunca.

En ese instante comprendió que esos niños ya no eran un accidente. Se habían convertido en parte de él.

A la mañana siguiente llamó a Doña Laura:

Quiero ser su tutor legal, a tiempo completo.

El proceso no fue fácil: inspecciones, entrevistas, visitas domiciliarias, preguntas sin fin. Pero Iñigo siguió adelante, porque ahora tenía una meta real. Dos nombres: Máximo y Aitana.

Cuando la tutela provisional se transformó en algo definitivo, Iñigo decidió mudarse. Compró una casa en las afueras, con jardín, amplitud, el canto matutino de los pájaros y el aroma a hierba después de la lluvia.

Máximo floreció. Se reía, construía fortalezas de cojines, leía en voz alta, llevaba sus dibujos y los colgaba con orgullo en la nevera. Vivía, de verdad, libre de temores.

Una noche, al acostar al chico, Iñigo le tapó con la manta y le acarició suavemente el cabello. Máximo lo miró de arriba a abajo y, en voz baja, dijo:

Buenas noches, papá.

Iñigo sintió una cálida luz en el pecho y una lágrima le asomó al ojo.

Buenas noches, hijo.

En primavera se oficializó la adopción. La firma del juez cerró el trámite, pero en el corazón de Iñigo ya estaba todo decidido.

La primera palabra de Aitana, «¡Papá!», valió más que cualquier éxito empresarial.

Máximo hizo amigos, se apuntó al fútbol y a veces llegaba a casa con una pandilla ruidosa. Iñigo aprendió a hacer trenzas, preparar desayunos, escuchar, reír y volvió a sentirse vivo.

Nunca había planeado ser padre. No lo buscó. Pero ahora no podía imaginar su vida sin ellos.

Fue complicado. Fue inesperado.

Y, sin embargo, se convirtió en lo más hermoso que le había ocurrido.

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MagistrUm
— Tío, ¡lleva a mi hermanita! — ¡Hace tiempo que no come nada! — Él se dio la vuelta de repente y quedó atónito.