Tía Sonia, perdone que la moleste, ¿podría quedarse un rato con mi hijo? – En el rellano se encontra…

Querida diario,

Hoy me ha pasado una situación tan curiosa, que necesito escribirla antes de olvidarla. Esta mañana, justo cuando me disponía a preparar el café, han llamado a la puerta. Era una chica joven, con cara de pedir perdón antes siquiera de abrir la boca.

Perdone, Doña Asunción, ¿le importaría quedarse un ratito con mi hijo? me ha dicho, casi en susurro.

Me he hecho la despistada, como si no entendiera qué pretendía.

¿Cómo dice? le he respondido, con toda la calma del mundo.

Verá, los vecinos me han contado que a veces cuida usted de niños un rato, mientras los padres tienen que salir por algún asunto ha intentado sonreír.

Escucha, hija, hijos ajenos no existen. Todos los niños son de todos le he dicho con solemnidad, como si estuviera repitiendo un refrán de mi abuela.

La madre ha dejado escapar una risilla de alivio, y ha vuelto a la carga.

Entonces, ¿puede quedarse con él?

¿Y cuánto tiempo exactamente me dejas al crío?

Solo será un par de horitas.

¿De verdad solo dos?

Bueno… quizás sean tres ha dudado, como si le pesara cada minuto extra.

No, niña, así no funciona he contestado, muy seria. El niño me lo dejas el tiempo exacto, con hora y todo, y te hago firmar un papel.

¿Un papel? ¿Para qué?

¡Para que por cada minuto de retraso me abones ciento veinte euros más! he sentenciado.

¿Cuánto? ¿Está de broma?

Nada de bromas: ciento veinte euros por minuto. Si te pasas sesenta minutos, son siete mil doscientos euros de más.

La pobre madre me miraba con ojos como platos.

Entonces, ¿cuánto cobra por tres horas?

¿Y es niño o niña?

¿Eso qué importa?

Mucho. Tres horas de niña son mil doscientos euros. Niños, dos mil cuatrocientos.

¿Y por qué esa diferencia?

¿No nota usted la diferencia entre criar una niña y un niño?

La verdad, no. Quitando los detalles obvios, son iguales.

¡Ahí está! En esos matices está todo el asunto. Si me trae a un niño…

Sí, le traigo a un niño.

Pues tendré que arreglarme, ponerme el batín bien planchado, la manicura, pintarme las sombras, los labios… Y los cosméticos están por las nubes.

¡Pero por favor! ha exclamado ella. Mi Iñiguín tiene cinco añitos. ¿Para qué le importa a un niño mi aspecto?

¿Cómo que para qué? ¡Hay que educar el gusto desde pequeños! Un niño ha de aprender a distinguir una señora bien arreglada de otra que va hecha un cuadro. ¿No querrá usted que de mayor traiga a casa a una cualquiera, una que va siempre hecha un desastre? Espero que usted no ande por casa en calcetines desparejados y bata sin lavar delante de su hijo…

De repente, la joven madre se ha quedado callada y colorada como un tomate.

¿Eso no se puede?

¡Mi niña! le he respondido con todo el cariño. El hombre escoge esposa parecida a su madre. Si quiere usted que le toque en suerte una nuera desarreglada…

¡No, por favor! Entonces, ¿puedo traerle ya al niño?

¿Ahora mismo?

Eso. Necesito salir dos horitas.

¿Y vas a volver puntual?

Bueno… Vuelvo en tres horas, lo prometo.

Está bien, tráemelo, pero dentro de quince minutos. Por cierto, ¿qué le gusta hacer? ¿A qué dedica su tiempo?

¿Perdón?

¿Qué temas le interesan? ¿Le gusta hablar de ciencia, de coches, de arte…?

¡Pero si solo tiene cinco años!

Por eso lo pregunto. Los intereses se forjan ahora. Mire, mi Esteban con cinco años desmontaba bicis y más tarde motores de coche. Su padre era el mejor mecánico de Valladolid. ¿No lo sabía?

No, no tenía idea…

Y el segundo, Conrado, tocaba el violín a esa edad. Siempre le decíamos que cambiara de afición, porque a su padre le faltaba el don de la música, pero ahí está, ahora da clases de solfeo en el conservatorio.

¡Con cinco años!

Así es. Verá que todo depende del empeño. Y el tercero…

¿No es el que le ha salido deportista? me ha interrumpido la madre.

Exacto, por eso en casa tenemos aún la espaldera sueca. Si Iñiguín quiere subirse, le enseño yo un par de ejercicios de mi invención.

¿Usted, enseñar gimnasia? se ha sorprendido la madre.

¿Por qué no? Además, tengo piano, violín, libros de tecnología, de música, de pesca… Dígame a qué le gusta jugar su hijo y le hago olvidar el mundo estas tres horas.

No le entusiasma nada ha confesado con tristeza.

¿Y sueños? ¿No sueña con tener una varita mágica, ser pájaro, marciano, meterse en la lavadora y probar si funciona encendida?

Lo único que quiere es un móvil como el de los mayores ha dicho con resignación.

Entendido. Tráemelo rápido, y solo te cobraré mil doscientos, como si fuera niña.

¿Por qué? ya casi ofendida, ha protestado la madre. ¡Pero si es niño!

El hecho de que lleve diferencias en los pantalones no dice nada aún. Yo te aseguro que haré de él un verdadero hombrecito.

¿Cómo? se ha asustado la madre.

Eso ya es cosa mía, no te preocupes. Pero te adelanto que cuando quiera volver y querrá, te lo aseguro, te cobraré ya como a un niño. ¿De acuerdo?

Bueno, qué remedio… ha aceptado, resignada.

Venga, ve a buscar al niño, que yo voy a arreglar mi cara.

Esta mañana, en cuanto se ha despertado, Iñiguín me ha preguntado:

Mamá, ¿hoy puedo ir a casa de la abuela Asunción?

¿Para qué? he respondido a la defensiva.

¡Porque es divertidísimo estar allí! ha exclamado el niño.

Así son las cosas…

Rate article
MagistrUm
Tía Sonia, perdone que la moleste, ¿podría quedarse un rato con mi hijo? – En el rellano se encontra…