Tía Rita
Tengo 47 años. Soy un hombre común y corriente. Podría decirse que paso desapercibido, gris, sin atractivo especial ni un físico digno de resaltar. Siempre he estado solo. No me casé nunca, y la verdad es que tampoco me atrae esa idea; pienso que la mayoría de las mujeres son parecidas, siempre pensando en llenar la nevera y en criticar enfrente de la tele. Aunque, si he de ser sincero, jamás nadie me propuso casarse ni salir, ni siquiera hemos llegado a esos extremos. Mis padres, ya ancianos, viven en Valladolid. Soy hijo único. No tengo hermanos, ni hermanas. Algunos primos, pero hace años que no hablo con ellos, ni interés tengo. Vivo y trabajo en Madrid desde hace quince años. Trabajo en una oficina. Cada día es trabajo-casa, y nada más. Habito un piso en un bloque típico de una zona residencial, sin pretensiones.
Siempre he sido arisco, desconfiado, alguien a quien le cuesta empatizar. No me gustan los niños, ni las multitudes. En Año Nuevo fui a Valladolid para ver a mis padres, como hago una vez al año. A la vuelta, me dio por limpiar el frigorífico; quería tirar todas esas cosas congeladas que acumulaba: croquetas, empanadillas, filetes Compré cosas que al final ni toqué y ahí seguían. Lo recogí todo en una caja para tirar, llamé al ascensor y dentro estaba un niño de unos siete años. Le había visto antes con su madre y con otro bebé. Pensé para mis adentros que menuda vida la suya, sola con los críos.
El chaval miró fijamente la caja. Cuando salimos, yo caminé hacia los contenedores y él me siguió. Con vocecilla tímida me preguntó: ¿puedo cogerlo? Le contesté que estaba ya viejo, pero luego pensé, si le apetece, pues que lo coja, no estaba estropeado. Cuando ya me iba, volví la cabeza y le vi seleccionando las bolsas y guardándolas como si fuesen oro. Le pregunté por su madre, me dijo que estaba enferma, igual que su hermanita, y que no podían ni levantarse de la cama. Volví a casa, puse la cena al fuego. Pero no paraba de darle vueltas al niño, algo dentro de mí se agitó. Nunca he sentido compasión por nadie ni ganas de ayudar, pero había algo distinto esta vez. Rápido, agarré algo de embutido, queso, leche, galletas, patatas, cebolla y hasta un trozo de carne del congelador. Al salir, caí en que no tenía ni idea de qué piso ocupaban. Sabía que estaba más arriba, así que fui subiendo. A los dos pisos abrió el chaval, confundido al principio, pero al final me dejó pasar. El piso rebosaba pobreza, pero estaba increíblemente limpio.
Ella, su madre, yacía encogida en una cama, junto a la niña. Había un barreño con agua y trapos en una mesa, se notaba que intentaban bajar la fiebre con lo que podían. Pregunté si tenían medicinas. Me enseñó los restos de unas pastillas antiguas, todo caducado y sin valor. Me acerqué a la joven, le toqué la frente: ardía. Abrió los ojos, asustada, preguntando por Marcos, el niño. Le expliqué que era su vecino. Me hizo un pequeño resumen de los síntomas. Llamé a urgencias sin dudar. Mientras esperábamos, le di té con embutido; comía sin decir palabra, hambrienta. Me pregunté cómo podía aún amamantar a la pequeña.
Llegó el médico, recetó un sinfín de medicamentos y hasta inyecciones. Fui directo a la farmacia. También me pasé por el supermercado, compré leche, alimentos infantiles y por alguna razón que desconozco, cogí un mono de peluche absurdamente amarillo, jamás había comprado regalos para niños.
Se llama Lucía, tiene 26 años. Nació en Leganés, ni siquiera en Madrid capital. Su madre y abuela eran madrileñas, pero su madre se casó con un hombre de Leganés y se mudaron allí. Trabajaba en una fábrica, su marido era técnico. Cuando nació Lucía, el padre murió electrocutado en el trabajo. Su madre, sin empleo y sin dinero, cayó en una espiral y acabó perdiéndose en tres años. Fueron los vecinos quienes localizaron a la abuela en Madrid, y fue ella quien se hizo cargo de Lucía. Cuando cumplió quince años, la abuela le confesó toda la historia y que su madre, finalmente, falleció de tuberculosis. La abuela era seca, tacaña y fumadora empedernida.
A los dieciséis, Lucía empezó a trabajar en un supermercado; primero colocando productos, después en caja. A los diecisiete, su abuela murió y la dejó sola. A los dieciocho, un chico le prometió matrimonio, pero desapareció rumbo a otras tierras cuando la dejó embarazada. Siguió trabajando hasta el último día y ahorrando todo lo posible, porque no tenía a nadie que la ayudara. Tras nacer el niño, empezó a limpiar portales y dejaba al bebé solo en casa; no era otra opción. La niña llegó de la peor manera: el dueño del supermercado, donde volvió a trabajar cuando su hijo creció, empezó a agredirla, primero una vez, luego siempre, bajo amenaza de echarla y dejarla sin trabajo. Cuando supo del embarazo, le soltó mil euros y le dijo que no volviera a aparecer.
Toda esta historia me la contó aquella noche. Quiso agradecerme, prometiendo que trabajaría limpiando o cocinando para devolverme el dinero de la compra. No la dejé seguir ni agradecer más, y me fui. Esa noche no dormí. Me pregunté para qué y por qué vivo. Por qué soy como soy. No cuido de mis padres, ni les llamo. No quiero a nadie. Solo he ido ahorrando dinero, no sabría decir finalidad; y, sin embargo, allí estaban ellos: sin apenas nada para comer, sin recursos para curarse.
A la mañana siguiente apareció Marcos, el crío, con un plato de torrijas y se fue corriendo. Me quedé de pie en la puerta, y el calor de aquellas torrijas recién hechas me encendió algo en el pecho, fue como si empezara a despertarme por dentro. Me dieron ganas de todo: de llorar, de reír, y de comer al mismo tiempo.
A unas calles de casa hay un pequeño centro comercial. La dueña de la tienda infantil, al no saber qué talla necesitaba para los niños, accedió incluso a acompañarme a visitarles. No sé si fue por asegurarse una buena venta, porque vio que iba a gastar mucho, o si la conmovió la situación. En una hora, llené la casa de la familia con ropa para ambos niños: cuatro bolsas enormes, además de mantas, almohadas, sábanas, y un buen carro de comida. Incluso compré vitaminas. Por primera vez sentí que alguien me necesitaba.
Han pasado ya diez días. Me llaman tío Juan. Lucía es una artista con las manos: mi piso ha cambiado, ahora parece verdaderamente un hogar. He empezado a llamar a mis padres. Mando mensajes solidarios para recaudar fondos para niños enfermos. No entiendo cómo vivía antes. Ahora, después de trabajar, corro a casa porque sé que allí me esperan. Y aún queda algo más: en primavera, vamos todos juntos a Valladolid. Ya tenemos los billetes de tren.
Hoy aprendí que cualquier vida puede dar un giro y que nuestro corazón se despierta cuando alguien nos necesita de verdad.







