Tesoro enterrado: un drama familiar en el pueblo tranquilo

**El tesoro en el huerto: un drama familiar en Valdemorillo**

Carmen Fernández acababa de limpiar la casa. Era hora de poner la mesa. Ayer había preparado una sopa de verduras que estaba para chuparse los dedos. De repente, un grito desgarrador llegó desde la calle. Casi se le cayó el cazo de las manos, y el corazón le dio un vuelco.
—¡Abuela! ¡Abuelo! ¡Venid rápido, que he encontrado algo! —gritaba su nieto Adrián.

Carmen y su marido, Javier Martínez, salieron corriendo al patio.
—¡Mira, abuelo! —Adrián sostenía algo entre las manos, radiante de emoción.
Pero a Carmen le llamó más la atención otra cosa.
—Adrián, ¿cuándo has tenido tiempo de cavar los bancales? —exclamó, al ver la tierra removida con esmero.
—Me he esforzado —respondió el niño con orgullo—. ¡Pero mirad lo que he encontrado!
Javier miró el objeto que su nieto sostenía y se quedó petrificado, incrédulo.

Esa misma mañana, Carmen había hablado por teléfono con su hija. Al colgar, le gritó a su marido:
—¡Javi, quieren traernos al niño!
Javier levantó la vista del ordenador, donde jugaba al solitario, y preguntó sorprendido:
—¿Qué niño?
Tenían tres nietos. El mayor, Álvaro, ya tenía veinte años y acababa de terminar un ciclo formativo. Su nieta Marina acababa de salir del instituto y se preparaba para estudiar psicología. Sus padres no paraban de alabarla —objetiva, siempre estudiando—. Ella desde luego no vendría.

—¡Venga ya, Javi, como si no lo supieras! —se indignó Carmen—. ¿Quién es el vago de la familia? A los mayores los criamos bien, cuando teníamos fuerzas. Pero Adrián… ¡un caso perdido! Pasó quinto de primaria con tres suspensos, ¡qué vergüenza! Y tú, en vez de hacer algo, jugando a las cartas. ¡Vaya abuelo estás hecho!

—Cada uno es dueño de su suerte —refunfuñó Javier—, repitiendo su frase favorita.
—Bueno, sí, pero no tanto. Cuando venga, ya veremos qué tal se las apaña —dijo Carmen con determinación.
—No deberías haber aceptado —murmuró el abuelo—. Es un mimado, un desobediente. El pequeño, ya sabes, lo consienten demasiado. ¿Y qué va a hacer aquí? ¿Mirar el móvil todo el día mientras tú le cocinas? A su edad comen como lobos.

Javier cerró el ordenador con desgana.
—Voy a cavar tus bancales, eso haré.
—¡Ay, los bancales! —se rió Carmen—. Son cuatro palmos de tierra para hierbas y zanahorias. Y no son solo míos, el nieto es de los dos y las tareas también.
—¡No se me olvida! —masculló Javier—. Lo que pasa es que tú no te acuerdas de cómo eras a su edad. Ni sus padres pueden con él, ¡imagínate nosotros!
—Por cierto, le han quitado el móvil —añadió Carmen.
—¡Eso ya es el colmo! —se quejó el abuelo, y salió al patio.

Carmen empezó a preparar la comida. De pronto, la puerta se abrió de golpe: era su marido.
—¿Qué haces aquí tan pronto? —preguntó, echando las verduras picadas al caldo de pollo.
—¡Está diluviando, Carmen! ¡Mira por la ventana! —Javier no disimulaba su alivio por no tener que cavar bajo la lluvia—. Ya compraremos todo en el supermercado.
—Como decía tu madre: «Al perezoso hasta la lluvia le ayuda» —sonrió Carmen.
—¿Quién es el perezoso aquí? —se ofendió Javier—. ¿Ahora soy yo el vago? ¡Vaya cosas tienes, Carmen!
—Anda, deja de refunfuñar. Tráeme una manta y una almohada de la trastera, que el niño llegará pronto.

—Mejor se hubiera quedado en casa con sus padres —se quejó Javier toda la tarde—. Así nos fastidian la tranquilidad en nuestra edad. ¡Ya cumplimos con lo nuestro!

A principios de la mañana siguiente, un coche llegó a su casa en Valdemorillo. De él salió Adrián, con cara de pocos amigos. Aunque, al ver a sus abuelos, les sonrió brevemente antes de fruncir el ceño de nuevo.
—¿Y qué se supone que voy a hacer aquí?

—Exacto, aquí no hay nada que hacer, estoy de acuerdo —murmuró Javier para sí.

Pero Adrián lo oyó.
—¿No te alegras de verme, abuelo?
—¿De qué voy a alegrarme? Con esa cara larga y sin ganas de ayudar, solo das trabajo.
—Mamá, ¿has oído lo que ha dicho el abuelo? —protestó Adrián, pero su madre, Eva, lo cortó:
—Papá, mamá, no le hagáis caso, siempre está gruñendo, es la edad. Bueno, me voy, ya vendré a por Adrián más tarde y charlamos. Mamá, aquí tienes su móvil, por si se pone insoportable. Y no te preocupes, hay que repetirle las cosas mil veces. Los niños ahora son raritos —susurró antes de marcharse.

—¡No le importamos a nadie! —refunfuñó Javier—. Nos ha soltado al chaval y se ha largado.
—Siempre tienen prisa —suspiró Adrián, echándose la mochila al hombro y entrando en la casa.

—Javi, ¿por qué no cavas hoy el bancal? —pidió Carmen—. Si no, no planto nada.
—Carmen, ¡déjate ya del bancal! Me duele la espalda, ¿quieres que me ponga enfermo? No vas a encontrar otro tesoro ahí. Pídeselo al niño, que está joven y lleno de energía —gruñó Javier.

—¿Qué tesoro, abuelo? —apareció Adrián al instante.
—¡Anda, conque oyes cuando te interesa! —se sorprendió Carmen—. Sí, una vez tu abuelo cavó y encontró un cofre viejo.
—¿Y qué había dentro?
—Si te interesa, luego te lo enseño.
—Abuela, ¿dónde está el bancal? Total, no tengo nada mejor que hacer —dijo Adrián de pronto.
—Anda, la pala está en el cobertizo. Hay tres bancales detrás de la casa, elige uno —asintió Carmen.

Adrián salió disparado.
—Se ha ido a buscar el tesoro —sonrió ella—. ¿Le ponemos algo?
—¡Como si no tuviera nada mejor que hacer! Dará dos golpes y lo dejará, que es un vago —se burló Javier.
—Claro, como quien habla —replicó Carmen, moviendo la cabeza.

Adrián estuvo más de una hora en el huerto. Ofendido, Javier fue al cobertizo a ordenar herramientas. Carmen terminó de limpiar y empezó a cocinar. La sopa del día anterior olía tan bien que se le hacía la boca agua.

Entonces llamó Eva:
—Mamá, se me olvidó decirte que Adrián se ha vuelto muy remilgado. No quiere sopas, solo come pizza y bocadillos. Os traje comida, no os compliquéis.
—No te preocupes, Eva, ya nos arreglaremos. Si está con nosotros, se adaptará —la tranquilizó Carmen.

Apenas colgó cuando un grito llegó del patio:
—¡Abuela! ¡Abuelo! ¡Mirad lo que he encontrado, venid rápido!

«¿Habrá puesto el abuelo algo?», pensó Carmen. Pero al ver la cara de sorpresa de Javier, supo que no. Salieron corriendo.
—¡Abuelo, mira! —Adrián sostenía algo, con—¡Es mi cartera, la que perdí el año pasado! —exclamó Javier, y abrazó a su nieto, emocionado—. ¡Eres un campeón, Adrián!

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