Tesoro enterrado: drama familiar en el jardín

**El Tesoro en el Huerto: Un Drama Familiar en Valdeolmos**

Carmen Fuentes acababa de terminar de limpiar la casa. Era hora de poner la mesa. El día anterior había preparado un delicioso cocido madrileño, ¡para chuparse los dedos! De pronto, un grito agudo llegó desde el jardín. Casi se le cayó el cucharón de las manos, y el corazón le dio un vuelco de la sorpresa.

—¡Abuela! ¡Abuelo! ¡Venid rápido, que he encontrado algo! —gritaba su nieto Adrián.

Carmen y su marido, Antonio Rodríguez, salieron corriendo al patio.

—Abuelo, ¡mira! —Adrián sostenía algo en la mano, radiante de emoción.

Pero a Carmen lo que más le sorprendió fue otra cosa.

—Adrián, ¿cuándo has tenido tiempo de remover la huerta? —preguntó, asombrada al ver la tierra bien removida.

—Me esforcé mucho —respondió el niño con orgullo—. Pero mirad lo que he encontrado.

Antonio miró el objeto en la mano de su nieto y se quedó petrificado, sin creer lo que veía.

***

Esa misma mañana, Carmen había hablado por teléfono con su hija. Al colgar, llamó a su marido.

—Antonio, ¡nos traen al nieto!

Él levantó la vista del ordenador, donde jugaba al solitario, y preguntó sorprendido:

—¿Qué nieto?

Tenían tres nietos. El mayor, Javier, ya tenía veinte años y había terminado un ciclo formativo. La mediana, Lucía, acababa de terminar el instituto y se preparaba para estudiar Psicología. Sus padres no paraban de alabarla— aplicada y siempre ocupada. Desde luego, ella no vendría.

—¡Antonio, por Dios! ¿Quién crees? —se enfadó Carmen—. Javier y Lucía son responsables, pero Adrián… ¡Ese niño es un vago! Terminó quinto de primaria con tres suspensos, ¡qué vergüenza! Y tú, en vez de ayudar, jugando a las cartas. ¡Vaya abuelo estás hecho!

—¡Cada uno es artífice de su suerte! —refunfuñó Antonio, repitiendo su frase favorita.

—Muy bien dicho, pero no tanto. Cuando venga, ya veremos qué artífice es —replicó Carmen con determinación.

—No deberías haber aceptado —gruñó el abuelo—. Está mimado y es rebelde. ¿Qué va a hacer aquí? ¿Mirar el móvil todo el día mientras tú cocinas? A su edad, tienen un hambre…

Antonio cerró el portátil con resignación.

—Voy a cavar el huerto, eso haré.

—¡Como si tuvieramos un campo! —se rio Carmen—. Son tres surcos para lechugas y zanahorias. Y no es solo *mi* huerto. El nieto es de los dos, y las preocupaciones también.

—¡No he olvidado nada! —se enfurruñó Antonio—. Lo que pasa es que tú olvidas cómo eras a su edad. Si sus padres no pueden con él, ¿cómo vamos a hacerlo nosotros?

—Por cierto, le han quitado el móvil —añadió Carmen.

—¡Eso ya es el colmo! —se quejó el abuelo y se marchó al jardín.

Carmen empezó a preparar la comida. De repente, la puerta se abrió de golpe.

—¿Ya de vuelta? —preguntó ella, echando las verduras al caldo hirviendo.

—¡Ha empezado a llover, Carmen! ¡Mira por la ventana! —Antonio parecía aliviado—. Ya compraremos lo que haga falta.

—Como decía tu madre: *«Lluvia en junio, descanso del que no trabaja»* —sonrió Carmen.

—¿Quién es el que no trabaja? —protestó Antonio—. ¡Vaya cosas dices, mujer!

—Anda, déjate de protestas. Ve a por una manta y una almohada, que el niño llega pronto.

***

Al día siguiente, un coche se detuvo frente a su casa en Valdeolmos. Del coche salió Adrián, con cara de pocos amigos. Aunque saludó con una sonrisa a sus abuelos, al instante volvió a fruncir el ceño.

—¿Y qué voy a hacer aquí?

—Eso mismo digo yo, no hay nada que hacer —murmuró Antonio para sí.

Pero Adrián lo oyó.

—¿No estás contento de verme, abuelo?

—¿De qué voy a estar contento? —refunfuñó el abuelo—. Pareces un limón agrio, y no sirves más que para dar trabajo.

—Mamá, ¿has oído lo que dice el abuelo? —protestó Adrián, pero su madre, Laura, lo calló.

—Papá, mamá, no le hagáis caso, siempre está gruñendo. Me tengo que ir, luego paso a recogerlo. Mamá, ahí tienes su móvil, por si se pone insoportable. Y no te preocupes, hay que repetirle las cosas mil veces. Todos los niños de ahora son iguales —susurró antes de marcharse.

—¡A nadie le importamos! —se quejó Antonio—. Nos ha endilgado al chico y se ha largado.

—Siempre están igual, nunca tienen tiempo —suspiró Adrián, tirando la mochila al sofá.

***

—Antonio, ¿podrías remover el huerto hoy? —pidió Carmen—. Si no, no podré plantar nada.

—Carmen, ¡déjate de huertos! Me duele la espalda, ¿quieres que acabe en la cama? No vas a encontrar otro tesoro ahí. Mejor pídeselo al niño, ¡que está lleno de energía! —refunfuñó.

—¿Qué tesoro, abuelo? —intervino Adrián, asomándose.

—¡Siempre dices que no escuchas! —exclamó Carmen—. El abuelo encontró una cajita vieja aquí hace años.

—¿Y qué había dentro?

—Si te interesa, luego te la enseño.

—Abuela, ¿dónde está la azada? Total, no tengo nada mejor que hacer —dijo Adrián de pronto.

—Está en el cobertizo. Hay tres bancales detrás de la casa, elige uno —respondió Carmen.

Adrián salió como un rayo.

—Se ha ido a buscar el tesoro —sonrió Carmen—. ¿Le escondemos algo nuevo?

—¡No tengo tiempo para tonterías! Dará dos golpes y lo dejará, ¡ése es un vago! —se quejó Antonio.

—Sí, claro, el que dice eso es el primero en protestar —replicó Carmen, negando con la cabeza.

Adrián estuvo más de una hora en el huerto. Antonio, ofendido por el comentario, se fue a ordenar el cobertizo. Carmen terminó de limpiar y empezó a cocinar. El cocido del día anterior olía tan bien que se le hacía la boca agua.

Entonces llamó Laura:

—Mamá, se me olvidó decirte: Adrián se ha vuelvo muy exigente. No come cocidos, solo quiere pizza y bocadillos. Os dejé comida para él, no os molestéis.

—Tranquila, cariño. Si está aquí, lo cuidaremos —la tranquilizó Carmen.

Apenas colgó, un grito llegó del jardín.

—¡Abuela! ¡Abuelo! ¡He encontrado algo!

*¿Habrá escondido Antonio algo?* —pensó Carmen. Pero al ver la cara de sorpresa de su marido, supo que no. Salieron corriendo.

—¡Abuelo, mira! —Adrián sostenía algo en la mano, los ojos brillantes.

Pero Carmen se sorprendió por otra razón:

—¡Adrián, ¿has cavado todo el huerto?! Antonio, ¡mira qué fuerte es nuestro nieto! ¡No cualquiera haría eso!

Adrián se iluminó aún más con el elogio.

—Me esforcé, abuela, que al abuelAl volver a casa, Laura se sorprendió al ver a su hijo cansado pero feliz, ayudando a su abuelo a arreglar la vieja bicicleta de Javier, mientras Carmen les preparaba una merienda con chocolate caliente.

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