**El Tesoro del Huerto: Un Drama Familiar en Pinar del Rey**
Carmen Fernández acababa de limpiar la casa. Era hora de poner la mesa. Ayer había preparado un aromático cocido que quitaba el sentido. De pronto, un grito desgarrador llegó desde la calle. Casi se le cayó el cucharón de las manos, el corazón le dio un vuelco.
—¡Abuela! ¡Abuelo! ¡Vengan rápido, encontré algo! —gritaba su nieto Adrián, emocionado.
Carmen y Manuel salieron corriendo al patio.
—¡Mira, abuelo! —Adrián sostenía algo en la mano, con los ojos brillantes.
Pero a Carmen le sorprendió otra cosa.
—¡Adrián, pero si has cavado todo el huerto! —exclamó, mirando la tierra removida con esmero.
—Me esforcé —respondió el niño, orgulloso—. ¡Pero miren lo que encontré!
Manuel miró el objeto en la mano de su nieto y se quedó petrificado, sin dar crédito.
—
Esa misma mañana, Carmen había hablado por teléfono con su hija. Al colgar, gritó a su marido:
—¡Manuel, nos traen al niño!
Él apartó la vista del ordenador, donde jugaba al solitario, y preguntó sorprendido:
—¿Qué niño?
Tenían tres nietos. El mayor, Javier, ya tenía veinte años y había terminado un ciclo formativo. La nieta Lucía acababa de terminar el instituto y se preparaba para entrar en Psicología. Sus padres no paraban de alabarla: aplicada, siempre estudiando. No vendría, desde luego.
—¡Manuel, por Dios! ¿Quién crees? ¡El pequeño, Adrián! Un vago redomado. Aprobó quinto de primaria con tres suficientes, ¡qué vergüenza! Tú, en vez de ayudarme, jugando a las cartas. ¡Vaya abuelo estás hecho!
—¡Cada uno es artífice de su suerte! —refunfuñó él, soltando su frase favorita.
—Eso está bien dicho, pero no del todo. Ya veremos qué clase de artífice es cuando llegue —sentenció Carmen.
—No debiste aceptar —gruñó Manuel—. Es un malcriado. El pequeño, ya sabes, los mimos lo echaron a perder. ¿Qué hará aquí? ¿Mirar el móvil mientras tú le cocinas? A su edad, los niños comen como lobos.
Cerrando el ordenador con cara de resignación, añadió:
—Voy a cavar el huerto, eso sí es útil.
—¡Ay, el huerto! —se rió Carmen—. Cuatro plantas de tomate y unas lechugas. ¿Por qué es solo *mi* huerto? El nieto es de los dos, y las preocupaciones también.
—¡No he olvidado nada! —refunfuñó Manuel—. Pero tú sí olvidas cómo eras tú a su edad. Si sus padres no pueden con él, ¿cómo vamos a lograrlo nosotros?
—Por cierto, le han quitado el móvil —añadió Carmen.
—¡Eso ya es el colmo! —protestó el abuelo, saliendo al patio, malhumorado.
Carmen empezó a cocinar. De pronto, la puerta se abrió de golpe: era Manuel.
—¿Qué haces aquí tan pronto? —preguntó ella, echando las verduras picadas al puchero.
—¡Ha empezado a llover a cántaros! ¡Mira por la ventana! —Manuel parecía aliviado de tener una excusa para no cavar bajo la lluvia—. Compraremos lo que haga falta.
—Como decía tu madre: *”Lluvia en mayo, para el vago, descanso”*, sonrió Carmen.
—¡¿Quién es el vago aquí?! —se indignó Manuel—. ¿Ahora me insultas? ¡Vaya tela, Carmen!
—Anda, deja de refunfuñar. Saca una manta y una almohada de la despensa, que el niño llegará pronto.
—Mejor estaría en casa con sus padres —masculló Manuel toda la tarde—. ¡Nos han condenado a sufrir en nuestra vejez! ¡Ya hicimos nuestra parte!
A la mañana siguiente, un coche se detuvo frente a su casa en Pinar del Rey. De él salió Adrián, con gesto hosco. Aunque al ver a sus abuelos esbozó una sonrisa, pronto frunció el ceño:
—¿Y qué voy a hacer aquí?
—Exacto, no hay nada que hacer. Estoy de acuerdo —murmuró Manuel para sus adentros.
Pero Adrián lo escuchó:
—Abuelo, ¿no te alegras de verme?
—¿De qué alegrarme? Pones mala cara, solo traes problemas.
—Mamá, ¿has oído lo que dice el abuelo? —Adrián se volvió, pero su madre, Marta, lo interrumpió:
—Papá, mamá, no le hagáis caso, siempre está gruñendo, es la edad. Bueno, me voy. Vendré a recogerlo más tarde. Mamá, si se pone insoportable, dale el móvil. Estos chavales ahora son raritos —susurró antes de irse.
—¡A nadie le importamos! —rezongó Manuel—. Nos ha soltado al crío y se ha largado.
—Siempre están así, nunca tienen tiempo —suspiró Adrián, echándose la mochila al hombro y arrastrando los pies hacia la casa.
—Manuel, ¿no cavarás hoy el huerto? —rogó Carmen.
—¡Basta ya con el huerto! Me duele la espalda, ¿quieres que me ponga enfermo? Además, no vas a encontrar otro tesoro ahí. Pídeselo al niño, ¡tiene fuerzas de sobra!
—¿Qué tesoro, abuelo? —Adrián asomó la cabeza al instante.
—Dicen que no escuchas, ¿eh? —se sorprendió Carmen—. Una vez, tu abuelo estaba cavando y encontró una cajita antigua…
—¿Y qué había dentro?
—Si te interesa, luego te la enseño.
—Abuela, ¿dónde está la azada? Total, no tengo nada mejor que hacer —dijo Adrián de repente.
—En el cobertizo. Hay tres bancales detrás de la casa, elige uno —asintió Carmen.
Adrián salió como un rayo.
—Se fue a buscar el tesoro —sonrió ella—. ¿Le escondemos algo?
—¡Como si fuera a hacer algo! Dos paladas y se cansará. Es más vago que la chaqueta de un guardia —se quejó Manuel.
—Claro, como quien habla —replicó Carmen, moviendo la cabeza.
Adrián estuvo más de una hora en el huerto. Ofendido por ser llamado vago, Manuel se fue al cobertizo a ordenar herramientas. Carmen limpió la casa y empezó a preparar la comida. El cocido del día anterior olía tan bien que se le hacía la boca agua.
Entonces llamó Marta:
—Mamá, se me olvidó decirte. Adrián ahora es muy tiquismiquis. No come sopas, solo pizzas y bocadillos. Os traje comida, no os molestéis en cocinar.
—No te preocupes, hija, ya nos apañaremos —la tranquilizó Carmen.
Apenas colgó cuando un grito retumbó desde fuera:
—¡Abuela! ¡Abuelo! ¡Miren lo que encontré!
«¿Habrá escondido Manuel algo?», pensó Carmen. Pero al ver la cara de asombro de su marido, supo que no. Salieron corriendo.
—¡Mira, abuelo! —Adrián sostenía algo, los ojos encendidos.
Pero Carmen se sorprendió por otra cosa:
—¡Adrián, pero si has cavado todo el huerto! ¡Manuel, mira qué fuerte es nuestro nieto! ¡No cualquiera podría hacer eso!
Adrián brilló aún más ante el elogio.
—Me esforcé, abuela, el abuelo no puede por la espalda. ¡Pero miren lo que encontré! ¡Es casi un—¡Es mi cartera, la que perdí el año pasado! —exclamó Manuel, emocionado—. ¡Adrián, qué nieto tengo! ¡No solo cavó el huerto, sino que encontró lo que yo perdí!





