Tía, te cuento lo último que nos ha pasado con la madre de Eduardo, que últimamente parece sacada de una telenovela. Imagínate que nos monta un numerito solo porque este verano, después de años mirando hasta el último euro, nos hemos ido de vacaciones y no le hemos pagado el arreglo de su piso. Te lo juro, su casa está impecable pero claro, a mi suegra se le ha antojado cambiarlo todo porque sí y, por lo visto, espera que se lo financiemos nosotros, como si fuéramos su cajero automático.
Tú bien sabes que Eduardo y yo somos cuidadosos con el dinero. Pagamos la hipoteca, tenemos dos hijos en secundaria y, créeme, nunca antes hemos salido juntos de viaje en condiciones. Siempre tirando de escapadas al pueblo de mis padres en Soria o, como mucho, pasando unos días en la sierra con lo justo. Pero este año por fin dijimos basta y nos dimos ese capricho de ir una semanita a Italia. Nos costó sudor y lágrimas, recortando aquí y allá, pero valió la pena ver a los niños ilusionados conociendo otro país.
La suegra, ya desde que nos casamos, fue muy clara: que de cuidar nietos, nada de nadasu descanso es sagrado. Y mira, yo lo respeté totalmente, ni una sola vez le pedí ayuda. Así que cada vez que necesitamos que alguien esté con los críos, mis padres al rescate. Jamás la juzgué, que bastante hizo ya sacando adelante a Eduardo como para ahora pedirle más. Además, está jubilada y la mar de feliz y activa: que si natación, que si viajecitos culturales, que si exposiciones Vamos, que no para. El único pero es que, cada vez que quiere darse un gusto, espera que se lo paguemos nosotros, y eso aún sabiendo cómo estamos nosotros tirando de calculadora para todo.
Para colmo, cada fin de semana le encargaba a Eduardo algún “arreglito”: que si esto, que si lo otro Pero este año ya ha rozado el absurdo: se le ha metido entre ceja y ceja pintar y renovar la casa entera. ¡Y eso que hace cinco años le hicimos obra y está todo nuevo y bien! Pero ya sabes que cuando se le mete algo en la cabeza
No le contamos nada del viaje porque sinceramente, sabíamos lo que iba a pasar. Cerramos nuestro piso y nos piramos. Pero claro, se presentó en casa, vio que no estábamos y llamó a Eduardo. Cuando le dijo que estábamos en Italia, ni rechistó, pero a la vuelta madre mía, se desató el drama.
Podíais haberme avisado, ¿eh? ¿Y de dónde habéis sacado dinero para largaros de viaje? ¡Ese dinero teníais que haberlo usado para ayudarme con mi casa, no para pasearos por ahí! nos soltó, como si nada.
Y mira que Eduardo suele callar y aguantar lo que sea, pero esta vez, le plantó cara y le recordó que nunca ha metido ni un euro en nuestro bolsillo ni en esos ahorros. Desde ese día, se ha cortado toda comunicación. Ni llama para ver a los nietos. Encima, ahora nos llaman los primos y los tíos para echarnos la bronca, como si fuéramos unos egoístas.
Pero te digo una cosa: ni Eduardo ni yo nos sentimos mal, porque sabemos que no hemos hecho nada malo. Mis padres, que son un sol, nos apoyan y nos animan a aprovechar mientras podemos. Y que oye, que es una cosa de capricho, no de necesidad. Así que mientras podamos, nos escaparemos siempre que podamos, que la vida pasa volando y nadie te la va a vivir por ti.







