Tenía 36 años cuando me ofrecieron un ascenso en la empresa donde llevaba casi ocho años trabajando.
No era un ascenso cualquiera. Pasaba de un puesto operativo a coordinadora regional. El salario aumentaba bastante, el contrato pasaba a ser indefinido, las condiciones mejoraban mucho. Lo único que cambiaba era que tendría que viajar dos días a la semana a una ciudad que está a una hora de Madrid, dormir allí y regresar al día siguiente.
Cuando llegué a casa y le conté la noticia a mi marido, estaba convencida de que se alegraría.
Pero no fue así.
Esa misma noche, sentado enfrente de mí, me dijo que aquello no le parecía buena idea. Hablaba de los niños, de la casa, de que no podía estar de aquí para allá, que una mujer con familia no debía vivir de esos viajes. Repitió varias veces que el dinero no lo es todo y que la estabilidad del hogar está por encima de cualquier otra cosa.
Intenté explicarle que no me iba a mudar, que solo serían dos días fuera, que incluso nos vendría bien para liquidar las deudas. Pero él seguía firme: que no. Que aquello iba a romper la familia.
Estuvimos discutiendo sobre el tema semanas enteras. Llevaba los papeles del ascenso en el bolso, sin firmar. En la oficina me presionaban porque necesitaban una respuesta. Y en casa, el ambiente se volvía cada vez más tenso. Cada vez que mencionaba el asunto, se enfadaba, levantaba la voz y me decía que era una egoísta.
Al final, cedí.
Fui a Recursos Humanos y rechacé el ascenso. Les dije que por motivos familiares no podía aceptarlo. Volví a mi antiguo puesto, con el mismo horario de siempre y el mismo sueldo.
Durante los meses siguientes, él empezó a comportarse de forma extraña. Llegaba cada día más tarde a casa, se pasaba el tiempo pegado al móvil, cambiaba las contraseñas. Decía que estaba hasta arriba de trabajo. Yo no sospechaba nada. Había hecho lo que él quería. Pensaba que así todo volvería a la normalidad.
Tres meses después, una compañera me escribió por redes sociales y me preguntó directamente si seguía con mi marido. Le contesté que sí. Entonces me mandó unas fotos.
En las fotos él salía con una mujer de mi trabajo en un restaurante, abrazados, como pareja. No había duda: era él, y era ella.
Esa misma noche le enfrenté con la verdad. No lo negó. Me dijo que llevaba tiempo sintiéndose atraído por ella, que con ella se sentía escuchado, que lo nuestro ya no funcionaba. Que no quería seguir casado, y que se marchaba.
En menos de una semana se fue. Recogió su ropa, dejó las llaves y se mudó con ella. No lo intentó arreglar. No pidió perdón. No hubo conversación.
Yo me quedé en la misma casa, con el mismo trabajo, el mismo sueldo bajo y sola.
El ascenso ya no existía. Otra persona ocupaba el puesto. Cuando pregunté si volvía a salir una oportunidad, me dijeron que no, que aquel tren ya había pasado.
Hoy, con la perspectiva del tiempo, lo veo claro: rechacé una verdadera oportunidad profesional por una familia que en realidad ya estaba rota. Me quedé sin el marido que supuestamente protegía el hogar, y sin la posición que podría haberme dado estabilidad.
Él siguió adelante con su vida y con ella.
Yo tuve que empezar de cero, tomando una decisión convencida de que salvaba algo que, la verdad, ya estaba perdido.
Así que mi consejo es sencillo:
Nunca renuncies a tus sueños por un hombre.







