Tengo veintinueve años. Quizá soy la mujer más ingenua de toda España, porque hasta hace poco pensaba que en mi familia todo iba sobre ruedas. Pues me equivoqué de pleno Mi marido resultó ser un traidor y un egoísta de libro. Todavía no me cabe en la cabeza que me hiciera esto.
Nos conocemos desde hace diez años, de los cuales llevamos seis casados. Se llama Jorge, siempre ha sido atento y protector, y no le faltaba detalle a la familia: nos mantenía a mí y a los niños sin rechistar. Tenemos dos churumbeles: un niño y una niña. Con mi ayuda, Jorge logró montar su propio negocio. Y no le iba nada mal, hacía caja.
Yo trabajaba de dependienta y hace poco abrí mi propia tienda online de ropa. Así que, mientras mi hija está en la guardería y el niño duerme la siesta, yo trabajo y gano mis euros.
Mi peso siempre ha rondado los cincuenta y cuatro kilos. Después de dar a luz, cogí veinte más, así de golpe. Al principio pensé que correteando detrás de dos niños perdería kilos en un pispás. Pero nada, la vida no es una película de Almodóvar. Me comprometí a adelgazar: comía sano, hacía ejercicio, me bebía más agua que una fuente de la Plaza Mayor y ni tocaba el pan o la bollería. Y nada, la báscula ni se inmuta y yo cada día más frustrada. Empecé a acomplejarme.
Tras el segundo embarazo, dejé de gustarme. Ya no me sentía femenina ni atractiva. Y Jorge parecía otro: se le olvidaron los besos, los abrazos y, bueno, lo demás. Ni me acuerdo de la última vez que tuvimos una conversación que no fuera sobre si falta leche o si hay que lavar los uniformes del cole.
Lo reconozco, antes de tener niños, me sentía segura y guapa. Ahora ni yo me aguanto mirándome al espejo. Sé que esto ha enfriado nuestra relación. Así que decidí ponerle remedio. Un día se me ocurrió sorprender a mi marido llevándole la comida al trabajo. Me acerqué a la puerta y, mira tú, escuché esto:
Cariño, no te preocupes, iré a verte después del curro. Le he dicho a mi mujer que voy hasta arriba de trabajo. Ni se imagina que tú existes.
No entré. Me di la vuelta y me fui con la tortilla bajo el brazo y el orgullo por los suelos.
¿No se da cuenta de que engordé porque tuve a nuestros hijos? Él tampoco es precisamente el rey de la tableta de chocolate, vaya. Pero claro, solo ve lo mío. ¿Encima me toma por tonta?
No he sido capaz de decirle a Jorge que lo escuché todo. ¿Y ahora qué hago? ¿Pido el divorcio? ¿Pero y los niños? ¿Cómo se sentirían sin su padre por casa? ¿Me hago la loca, como si aquí no hubiera pasado nada? No sé si me da la vida para ese teatro.
Por ahora, he decidido cuidarme. Me he apuntado al gimnasio. Primero le voy a enseñar a Jorge lo que se pierde y luego ya veremos.




