Tengo treinta años, pero aún no vivo mi propia vida: mi madre decide todo por mí, y no puedo escapar.
Treinta años. Una edad en la que algunos ya tienen hijos e hipotecas, pero yo no tengo libertad, ni espacio propio, ni voz. Porque está ella. Mi madre, que no me suelta. Mi madre, que controla cada uno de mis pasos. Y yo lo permito. Sé que es mi error. Nunca aprendí a decir «no».
Mi padre desapareció de nuestras vidas mucho antes de que yo naciera. Mamá nunca habló de él, solo silencio, como si nunca hubiera existido. De pequeña, siempre estaba enferma: bronquitis, sarampión, tos ferina, varicela. No fui al colegio; mamá me cuidaba en casa. Vivíamos con mis abuelos, que nos mantenían. Ella era profesora de piano, pero solo empezó a trabajar cuando cumplí quince.
Yo era su razón de vivir. Vivía por mí, respiraba por mí, me protegía del mundo entero. Si me caía, no podía salir a la calle. Si me resfriaba, nada de helados. Cada pequeñez era una amenaza. Un paso fuera de lo establecido, y el pánico la invadía. Y me acostumbré.
Terminé el conservatorio, estudié Pedagogía Musical y me convertí en profesora de piano, como ella. De niña, apenas tuve amigos. Mi madre no me dejaba juntarme con nadie, todos eran «poco adecuados». En cambio, íbamos juntas al teatro, a conciertos, leíamos libros. Vivía como la protagonista de una novela decimonónica, pero sin bailes ni pretendientes.
En la universidad, poco cambió. Mi abuelo me ayudó a conseguir trabajo en una escuela de música. Me gustaba enseñar, los niños me alegraban, y mamá estaba contenta: solo mujeres mayores a mi alrededor, nada de «malas compañías». Casi no tenía amigas. Dos chicas con las que intenté conectar desaparecieron: no podíamos quedar, mamá no las aprobaba.
Hace cinco años, apareció él: el nuevo profesor de guitarra. Amable, inteligente, atractivo. El héroe de mi novela. Salimos una vez. Fui feliz, pero poco.
La primera cita: mamá llamaba cada diez minutos, me llevó al borde de un ataque de nervios, él se asustó. La segunda: apagué el teléfono. Al volver, una ambulancia esperaba frente a casa. Ella había llamado a hospitales, a la policía, a mis compañeros. Se la llevaron con una crisis. No hubo tercera cita. Sentí rabia por primera vez. Me fui a casa de una amiga. Ella me dijo: «No vuelvas. Si no, nunca serás libre».
No contesté sus llamadas, solo mensajes diciendo que estaba bien. Aparecía en mi trabajo, montaba escenas, volvía al hospital. No pude más: regresé. Con una culpa que desde entonces me atraviesa como una espina. Mi amiga me rogó que me quedara. No la escuché. Y desde entonces, todo se paralizó.
Ahora tengo treinta. Vamos al teatro juntas, a balnearios, comemos los domingos en casa. No tengo pareja, ni amigos, ni libertad. Cada intento de salir de este círculo desata el pánico. Tengo miedo. Miedo de que ella no sobreviva si me voy. Que si decido irme, ocurra lo peor. Y no podría perdonármelo. Sería la causa de su muerte.
Quiero vivir mi vida. Pero no puedo. No sé ser dura. No sé elegirme a mí misma. Temo repetir su destino: sola, encerrada, rota. Cada vez pienso más que no hay salida…







