Tengo que repartir la comida a partes iguales con mi marido. Si no la divido, me quedo con hambre.

No sé, quizá soy la única a la que le ocurre algo tan extraño. Últimamente en mis sueños me veo compartiendo la comida con mi marido como si no existiera otra forma de vivir. Si no la divido desde el principio, él se la come toda, y al final me quedo con el estómago vacío, vagando hambrienta por las callejuelas laberínticas de Madrid.

Déjame que te aclare: llevo tres años casada con mi marido, Rodrigo. No pensamos todavía en tener hijos aun tenemos tiempo para eso y ambos trabajamos, ganando más o menos lo mismo, unos euros que suenan como monedas de oro en las fondas de mi infancia. Cuando recién nos casamos, no di importancia a esa costumbre tan rara suya: comer, comer y comer, hasta que la mesa queda limpia. “Bueno pensé a un hombre le debe gustar comer.”

Pero luego empecé a darme cuenta, en sueños de niebla y azulejo, de que los productos que compramos entre los dos o lo que yo cocino terminan siempre yendo a parar sobre todo a su plato. De lo que hay en la nevera, yo apenas pruebo un bocado, un pequeño recuerdo de las horas pasadas cocinando. Así fue durante un año entero.

Por ejemplo, una noche en la que asé pollo al horno, apenas me dejó una mínima porción. Y a mí me gustan igual los muslos que los filetes empanados. Comer sólo la pechuga, tan seca como la Castilla que llevamos dentro, o alguna alita perdida, resulta una fiesta diminuta y efímera. Igual sucede con los pasteles y las golosinas cuando consigo llevarme dos a la boca, ya me siento afortunada. Y Rodrigo, claro, ya terminó con su parte más sabrosa de la nata.

Al principio, con voz suave, intenté hacerle entender: “No eres el único al que le gustan los dulces o el pollo, ¿sabes?” Rodrigo entonces me respondía haciendo bromas, flotando como en un sueño dentro de una cocina de cerámica blanca:

“Cocinas tan bien que ni me doy cuenta de cómo lo devoro todo. No te enfades, Lucía. Si hubieras querido más, sólo tenías que decírmelo.”

No me sentí ofendida del todo, pero sí invadida por una sensación incómoda y extraña. Hasta que llegó la gota que colmó el vaso: Mi cumpleaños. Había preparado la noche anterior varias ensaladas y nuestro pollo favorito, para no pasarme el día esclava de los fogones y poder disfrutar juntos de la celebración.

Rodrigo siempre llega antes que yo del trabajo. Nunca pensé que aprovecharía para arrasar con todo. Como un duende travieso, escurrió cada ensalada, dejando tan solo una cucharada en cada fuente. Para mí, sólo quedó una pata de pollo, sola en la bandeja.

“Tenía muchísima hambre, no pude esperarte” murmuró sin demasiado remordimiento.

Hasta los pasteles repartimos a la mitad: medio para mí, medio para él. Pero esa vez, no pude más. Mi buen humor se evaporó como la niebla sobre el Manzanares.

“Mira, Rodrigo, ya está bien. Me he cansado. A partir de ahora, cada compra que hagamos, la partimos en dos. Pollo, mitad para ti y mitad para mí. Los dulces, uno por uno, cada uno su bolsa. La fruta, igual. Te puedes comer tu ración el mismo día o repartirla, me da igual. No pienso seguir pasando hambre ni terminando lo que me dejas. Ni siquiera me preguntas si me gustaría guardarlo o no. En resumen, o todo se reparte igual, o cada uno se compra su propia comida.”

Rodrigo, medio dormido, asintió sin discutir, aceptando con la resignación de una sombra. Ahora, en este sueño extraño, cada compra la dividimos por la mitad. Cada euro, cada pan y cada dulce para los dos, como si fuera una regla nacida de algún antiguo código de convivencia castellana. Nadie sale ya perjudicado, y todo flota en un justo equilibrio, como si nunca hubiera existido otro modo de comer en nuestra casa soñada de Madrid.

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Tengo que repartir la comida a partes iguales con mi marido. Si no la divido, me quedo con hambre.