Tengo muchas ganas de volver a casa, hijo Don Victor salió al balcón, encendió un cigarrillo y se sentó en un pequeño taburete. Un nudo amargo le apretaba la garganta, intentó recomponerse, pero sus manos temblaban traicioneras. ¿Cómo iba él a imaginar que llegaría el día en que no habría espacio para él en su propio piso…? —¡Papá! ¡No te enfades ni te pongas así! —salió Larisa al balcón, la hija mayor de Don Victor—. No te pido mucho… Déjanos tu habitación y ya está. Si no tienes pena por mí, piensa al menos en tus nietos. Ya van al colegio dentro de poco, y tienen que dormir conmigo en la misma habitación… —Lara, no pienso irme a una residencia —respondió el anciano con calma—. Si estáis tan apretados aquí, idos a casa de la madre de Miguel. Ella vive sola en un piso de tres habitaciones. Allí tendrás cuarto para ti y para los chicos. —¡Sabes que nunca podría convivir con esa mujer! —gritó su hija, cerrando la puerta del balcón de un portazo. Don Victor acarició a su viejo perro, que le había acompañado toda la vida, y recordando a su querida esposa Nati, rompió a llorar. Siempre le brotaban lágrimas al pensar en ella, fallecida cinco años atrás, dejándole solo. Se sentía huérfano desde entonces. Toda la vida caminaron juntos, ¿cómo imaginar una soledad así teniendo hija y nietos? A Lara la criaron con cariño… pero algo debió fallar. Su hija resultó fría y egoísta. Barcino gimió y se tumbó a sus pies, sintiendo el dolor de su dueño y sufriendo con él. —¡Abuelo! ¿No nos quieres nada? —entró su nieto, de ocho años. —¡Claro que sí! ¿Quién te ha dicho semejante tontería? —se asombró el anciano. —¿Por qué no quieres marcharte? ¿Te da pena darnos tu habitación? ¿Por qué eres tan avaro? —el niño lo miró con rabia. Victor quiso explicarle, pero se dio cuenta de que eran palabras de Lara. —Está bien. Me iré —dijo el anciano con voz apagada—. Os dejo la habitación. Ya no aguantaba más aquel ambiente. Sentía que todos le detestaban: el yerno ni le dirigía la palabra, y el nieto creía que le robaba la habitación. —¿De verdad lo harás, papá? —asomó Lara, exultante. —Es verdad —susurró el anciano—. Prométeme que cuidarás de Barcino. Me siento como un traidor… —¡Déjate ya! Lo cuidaremos, lo sacaremos mucho a pasear. Y los fines de semana te visitaremos con él —prometió su hija—. Te he buscado el mejor centro, te gustará. Dos días después, Don Victor se fue a la residencia. Lara ya lo tenía todo preparado esperando que su padre por fin claudicara. Al llegar a la habitación, húmeda y maloliente, Don Victor se arrepintió enseguida. Su hija había mentido: era una residencia pública, llena de personas desgraciadas y solitarias. Entre recuerdos y conversaciones con una mujer llamada Valentina, la única luz en su vida allí, el anciano sobrevivía entre paseos y comida mediocre. Esperaba que Lara se arrepintiera, que le echara de menos… pero el tiempo pasaba y nadie le visitaba. Un día, al llamar a casa para preguntar por Barcino, nadie respondió. Un día, se encontró con su vecino, Esteban, que le reveló que Lara decía a los demás que Victor se había ido al pueblo y que había dado a su perro a un refugio. La hija vendía el piso y se iba a vivir con su suegra, y justificaba el abandono del perro diciendo que ya era viejo. Desesperado, Don Victor confesó a Esteban todo lo sucedido, arrepintiéndose de su decisión. —Tengo muchas ganas de volver a casa, hijo —susurró el anciano. Esteban, abogado defensor de ancianos, le ayudó: si Victor no había sido dado de baja del padrón, aún podía salvar su situación. —Prepara tus cosas, te espero en el coche —le dijo Esteban. Victor se despidió de Valentina, prometiéndola volver por ella. Al volver, encontró que la hija ya no vivía allí y que había alquilado el piso. Con ayuda del vecino, Victor pudo recuperar sus derechos y acordaron vender la vivienda, repartiendo la parte de Lara y comprando un pequeño chalet para el anciano y su perro, Barcino. Tres meses después, Victor y Barcino estrenan nuevo hogar en el campo. No podía dejar atrás a Valentina, así que pasó a buscarla ofreciéndole vivir con ellos, con aire puro, pesca, bayas, setas y tranquilidad. —¿Me esperas diez minutos? —preguntó ella, emocionada. —Por supuesto —respondió Victor. Contra la maldad de los cercanos, ellos dos encontraron la felicidad. Descubrieron que hay más gente buena que mala y que, luchando juntos, lograron paz y alegría en su vida…

Echo de menos mi hogar, hijo

Petrovich salió al balcón, encendió un cigarro y se sentó en el taburete bajito de madera. Sentía un nudo amargo en la garganta; trataba de mantener la compostura pero las manos le temblaban traicioneramente. Jamás habría imaginado que llegaría el día en que no tuviese sitio en su propio piso…

¡Papá! No te enfades ni te pongas así apareció en el balcón Laura, mi hija mayor. No te pido tanto… Déjanos tu habitación y ya está. Si no te importa mi situación, piensa al menos en tus nietos. Pronto irán al colegio y seguimos durmiendo todos en la misma habitación…

Laura, no voy a irme a una residencia le respondí con calma. Si estáis apretados aquí, puedes ir a vivir con la madre de Miguel. Ella tiene tres habitaciones y vive sola. Allí tendríais espacio tú y los niños.

¡Sabes que jamás me llevaría bien con ella! gritó, cerrando de un portazo el balcón.

Acaricié a mi fiel perro, un viejo Pastor Español que nos había acompañado toda la vida. Pensé en mi querida Nadia, mi mujer, y lloré. Nunca puedo evitar las lágrimas al recordarla. Hace cinco años que se fue y me dejó solo… Desde entonces, aunque tengo hija y nietos, la soledad siempre me acompaña. Toda mi vida caminé a su lado y jamás pensé que mi vejez sería tan amarga, ni siquiera rodeado de familia.

Crecimos a Laura con amor y esmero, tratando de ofrecerle lo mejor. Y aunque lo intentamos, algo debimos fallar… nuestra hija se volvió dura y egoísta.

Agus se arrimó y se tumbó a mis pies. Mi perro sentía mi desaliento y sufría por mí.

Abuelo, ¿no nos quieres nada? entró mi nieto Pablo, de ocho años.

¿Qué dices, hijo? ¿Quién te mete esas ideas en la cabeza? le pregunté, sorprendido.

¿Por qué no quieres irte y dejarnos tu habitación? ¿Te duele dejarnos a mí y a Kiko el cuarto? ¿Por qué eres tan avaro? me miró con rabia y reproche.

Entendí que repetía las palabras de su madre. Laura seguramente ya le había influenciado…

Está bien. Me iré contesté sin vida. Os dejaré la habitación.

No aguantaba más. Sabía que ya me rechazaban en la casa, desde mi yerno, que llevaba meses sin mirarme, hasta mi nieto, convencido de que le robé la habitación.

¿De verdad lo harás? entró Laura con una sonrisa triunfante.

Sí, pero prométeme que cuidarás de Agus. Siento que le abandono…

No digas tonterías. Saldrá a pasear a diario y los fines de semana iremos a verte con él me prometió. Te he buscado la mejor residencia, verás que estarás bien allí.

Dos días después me llevaron a un geriátrico. Laura lo tenía planeado y solo esperaba que me rindiera. Al entrar en aquella habitación húmeda, con olor a cerrado, me arrepentí de mi decisión. Laura me había engañado con lo de la residencia privada; esto era el típico asilo donde vivían los olvidados.

Deshice mi maleta y bajé a sentarme en la plaza. Estuve a punto de llorar al ver a otros ancianos, tan indefensos, imaginando qué vida miserable me esperaba.

¿Eres nuevo? me preguntó una señora sonriente al sentarse a mi lado.

Sí… suspiré.

No te martirices. Yo también lloraba al llegar, luego me acostumbré. Me llamo Valentina.

Víctor me presenté. ¿Tus hijos te trajeron aquí también?

No, fue mi sobrino. Nunca tuve hijos, le dejé mi piso, pero ahora me encuentro aquí, y la casa ya no es mía. Menos mal no acabé en la calle…

Charlamos hasta la noche, recordando viejos tiempos y a nuestros seres queridos. A la mañana siguiente salimos a pasear de nuevo.

Valentina aportó algo de luz en mi vida triste. Apenas entraba en la residencia; prefería estar fuera. La comida era mala y apenas probaba bocado, solo lo justo para tener fuerza.

Esperaba la visita de Laura. Deseaba que cambiara de idea, que me echara de menos y me llevase de vuelta. Pasaban los días y ella no venía. Intenté llamar para saber de Agus, pero nadie respondía.

Un día, en la entrada, reconocí a mi antiguo vecino, Esteban Izquierdo. Me vio, sorprendido, y se acercó curioso.

¡Aquí estás! exclamó. ¿Por qué dice tu hija que te has ido al campo? Lo sospeché… Sabía que no dejarías a Agus tirado.

¿Qué quieres decir? no entendía. ¿Dónde está mi perro?

Tranquilo. Lo llevamos a una protectora. Lleva días en la puerta del edificio, esperándote. Pregunté a Laura si pasó algo y dijo que te mudaste al pueblo, que vendía la casa y se iba con su suegra, y que el perro era muy viejo y tú ya no querías cuidar de él. ¿Qué está pasando? dijo al ver mi angustia.

Le conté todo, confesando que lo daría todo por volver atrás y no cometer aquel error. No solo mi hija me había arrojado a una vida miserable, también había abandonado a Agus.

Echo mucho de menos mi casa, hijo le susurré.

Por eso estoy aquí. Soy abogado, suelo ayudar a mayores con estos problemas. Veo que aún constas como residente, ¿sí?

Sí. Salvo que Laura me haya dado de baja. Ya no sé de qué es capaz…

Vámonos, te espero en el coche. No mereces pasar por esto… me animó Esteban.

Recogí mis cosas y bajé. Encontré a Valentina en la entrada.

Valen, me marcho. Mi vecino dice que Laura echó a Agus y quiere vender el piso. Las cosas están mal le expliqué.

¿Y yo? balbuceó, triste.

No te preocupes. Cuando arregle todo, vendré por ti prometí.

¿A mí? repitió, con una lágrima.

No lo dudes, mantendré mi palabra. Me esperan, perdóname.

No pude entrar a mi piso; estaba cerrado y sin llaves. Esteban me dio cobijo en su casa. Supimos pronto que Laura había alquilado el piso y se mudó con la suegra.

Gracias a Esteban, conseguí recuperar mis derechos de vivienda.

No sé cómo darte las gracias le dije. Pero no sé vivir así… Ella no parará hasta echarme del todo…

Hay opción, propuso Esteban. Podemos vender el piso, darle a Laura su parte y con el resto comprar otra casa para ti. Quizá un pequeño chalet en el pueblo.

¡Genial! me ilusioné. Es justo lo que necesito.

Tres meses después, me mudé a mi nueva casa rural. Esteban me ayudó en todo e insistió en traerme con Agus.

Sólo vamos a parar en un sitio le pedí.

Al llegar, vi a Valentina sentada en nuestro banco, mirando al horizonte con melancolía.

¡Valen! la llamé. Ven con nosotros, Agus y yo queremos compartir nuestro nuevo hogar contigo. Aire limpio, pesca, frutos silvestres… todo cerca. ¿Te animas? le sonreí.

¿Y cómo voy a ir? respondió, confusa.

Levántate y ven con nosotros reí. Decídete, aquí no nos queda nada por hacer.

¿Esperas diez minutos? me sonreía, con lágrimas de emoción.

Por supuesto, Valen le respondí.

Mal que les pese a algunos, nosotros logramos defender nuestra oportunidad de felicidad. Aprendimos que, pese a todo, hay más gente buena que mala. Valentina y yo fuimos testigos de ello en carne propia. Luchamos por nosotros y finalmente hallamos la paz y la dicha que tanto soñábamos. He aprendido que nunca debemos rendirnos y que el hogar está donde residen quienes te quieren de verdad.

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MagistrUm
Tengo muchas ganas de volver a casa, hijo Don Victor salió al balcón, encendió un cigarrillo y se sentó en un pequeño taburete. Un nudo amargo le apretaba la garganta, intentó recomponerse, pero sus manos temblaban traicioneras. ¿Cómo iba él a imaginar que llegaría el día en que no habría espacio para él en su propio piso…? —¡Papá! ¡No te enfades ni te pongas así! —salió Larisa al balcón, la hija mayor de Don Victor—. No te pido mucho… Déjanos tu habitación y ya está. Si no tienes pena por mí, piensa al menos en tus nietos. Ya van al colegio dentro de poco, y tienen que dormir conmigo en la misma habitación… —Lara, no pienso irme a una residencia —respondió el anciano con calma—. Si estáis tan apretados aquí, idos a casa de la madre de Miguel. Ella vive sola en un piso de tres habitaciones. Allí tendrás cuarto para ti y para los chicos. —¡Sabes que nunca podría convivir con esa mujer! —gritó su hija, cerrando la puerta del balcón de un portazo. Don Victor acarició a su viejo perro, que le había acompañado toda la vida, y recordando a su querida esposa Nati, rompió a llorar. Siempre le brotaban lágrimas al pensar en ella, fallecida cinco años atrás, dejándole solo. Se sentía huérfano desde entonces. Toda la vida caminaron juntos, ¿cómo imaginar una soledad así teniendo hija y nietos? A Lara la criaron con cariño… pero algo debió fallar. Su hija resultó fría y egoísta. Barcino gimió y se tumbó a sus pies, sintiendo el dolor de su dueño y sufriendo con él. —¡Abuelo! ¿No nos quieres nada? —entró su nieto, de ocho años. —¡Claro que sí! ¿Quién te ha dicho semejante tontería? —se asombró el anciano. —¿Por qué no quieres marcharte? ¿Te da pena darnos tu habitación? ¿Por qué eres tan avaro? —el niño lo miró con rabia. Victor quiso explicarle, pero se dio cuenta de que eran palabras de Lara. —Está bien. Me iré —dijo el anciano con voz apagada—. Os dejo la habitación. Ya no aguantaba más aquel ambiente. Sentía que todos le detestaban: el yerno ni le dirigía la palabra, y el nieto creía que le robaba la habitación. —¿De verdad lo harás, papá? —asomó Lara, exultante. —Es verdad —susurró el anciano—. Prométeme que cuidarás de Barcino. Me siento como un traidor… —¡Déjate ya! Lo cuidaremos, lo sacaremos mucho a pasear. Y los fines de semana te visitaremos con él —prometió su hija—. Te he buscado el mejor centro, te gustará. Dos días después, Don Victor se fue a la residencia. Lara ya lo tenía todo preparado esperando que su padre por fin claudicara. Al llegar a la habitación, húmeda y maloliente, Don Victor se arrepintió enseguida. Su hija había mentido: era una residencia pública, llena de personas desgraciadas y solitarias. Entre recuerdos y conversaciones con una mujer llamada Valentina, la única luz en su vida allí, el anciano sobrevivía entre paseos y comida mediocre. Esperaba que Lara se arrepintiera, que le echara de menos… pero el tiempo pasaba y nadie le visitaba. Un día, al llamar a casa para preguntar por Barcino, nadie respondió. Un día, se encontró con su vecino, Esteban, que le reveló que Lara decía a los demás que Victor se había ido al pueblo y que había dado a su perro a un refugio. La hija vendía el piso y se iba a vivir con su suegra, y justificaba el abandono del perro diciendo que ya era viejo. Desesperado, Don Victor confesó a Esteban todo lo sucedido, arrepintiéndose de su decisión. —Tengo muchas ganas de volver a casa, hijo —susurró el anciano. Esteban, abogado defensor de ancianos, le ayudó: si Victor no había sido dado de baja del padrón, aún podía salvar su situación. —Prepara tus cosas, te espero en el coche —le dijo Esteban. Victor se despidió de Valentina, prometiéndola volver por ella. Al volver, encontró que la hija ya no vivía allí y que había alquilado el piso. Con ayuda del vecino, Victor pudo recuperar sus derechos y acordaron vender la vivienda, repartiendo la parte de Lara y comprando un pequeño chalet para el anciano y su perro, Barcino. Tres meses después, Victor y Barcino estrenan nuevo hogar en el campo. No podía dejar atrás a Valentina, así que pasó a buscarla ofreciéndole vivir con ellos, con aire puro, pesca, bayas, setas y tranquilidad. —¿Me esperas diez minutos? —preguntó ella, emocionada. —Por supuesto —respondió Victor. Contra la maldad de los cercanos, ellos dos encontraron la felicidad. Descubrieron que hay más gente buena que mala y que, luchando juntos, lograron paz y alegría en su vida…