Aquí es donde vivo yo dijo sonriente Leoncio al abrir la puerta y hacer un gesto para que la chica entrase.
Pasa, ponte cómoda, ahora vuelvo.
Celia entró con cierto recelo, mirando a todos lados, nerviosa, sin descalzarse, como si algo invisible la pusiera en alerta.
Había en el ambiente una inquietud que ella no lograba explicar
Cuando Leoncio regresó al recibidor, su rostro se congeló de susto: Celia, pálida como el mármol, con las manos temblorosas, salió corriendo sin decir palabra, perdiéndose por la escalera.
¡Celia!
¿Adónde vas?
Leoncio, desconcertado, miró la puerta de casa que había quedado abierta, y después a Marta, que le observaba con ojos fieles.
Jamás hubiese imaginado que aquel bonito atardecer terminaría así.
Pero bueno, ¿y solo se fue corriendo sin decir nada?
le preguntó incrédulo su mejor amigo, Víctor, cuando Leoncio le contó lo sucedido.
Ni una palabra.
Solo la vi salir como si hubiera visto una aparición.
Leoncio dio un trago pensativo a su caña de cerveza y dejó el vaso sobre la mesa de la tasca.
No lo entiendo…
¿Qué pudo asustarla así?
A saber.
Pero, ¿has intentado preguntárselo directamente?
Habría querido, Víctor, pero desde ayer no responde a mis llamadas ni a los mensajes que le mando.
¿Y si te acercas a su casa?
Ni idea exactamente en qué piso vive.
Siempre la he acompañado solo hasta el portal.
Vaya situación tan rara.
Ya ves…
Empezó todo tan bien, y ahora esto.
No tiene ni pies ni cabeza.
No adelantes acontecimientos, hombre.
Quizá no está todo perdido.
El lunes la verás en la oficina y podrás hablar con ella cara a cara.
Pues, no sé, tengo la sensación de que ha cambiado de idea y quiere dejarlo.
El lunes lo aclararás.
Ya verás cómo sale bien.
La primera vez que Leoncio cruzó mirada con Celia fue en un autobús atestado en la Gran Vía de Madrid.
Nadie quería cederle el asiento a una joven, así que él, como buen caballero castellano, se lo ofreció.
Luego, se mantuvo a su lado el resto del trayecto con una sonrisa boba.
Ella le encantaba.
Pero, por timidez y porque iba con prisas a la oficina, no se atrevió a decirle nada más.
Hola, me llamo Leoncio.
Aquí tienes mi número, ¿me llamas esta noche?.
Demasiado absurdo, pensó.
Al bajar del autobús, ni siquiera esperó a que ella lo hiciera.
Caminó hacia el trabajo preguntándose si, por un instante, no le seguiría, como deseando que la coincidencia se repitiera por arte de magia.
Solo es el deseo, Leoncio.
No te hagas ilusiones, se dijo a sí mismo.
Intentó olvidarla durante una hora trabajando en el ordenador, pero su rostro le venía a la mente cuando buscaba un archivo de Excel; al revisar el correo, le pareció ver su sonrisa en una de las notificaciones.
Aquel día, su jefe, don Íñigo González, entró acompañado por una joven.
Os presento a vuestra nueva compañera, anunció.
A Leoncio casi le da un vuelco el corazón: ¡era ella!
Pensó que debía estar volviéndose loco.
Pero no.
Era real.
Y desde entonces, trabajarían juntos.
Celia le dijo ella con gracia, tendiéndole la mano cuando fue a saludarle.
Leoncio.
Un placer acertó a responder, boquiabierto.
No dijo más porque, sencillamente, no le salieron las palabras.
Pero había dentro de él algo que le empujaba, como una fuerza imparable.
Aquel mismo día, al anochecer, quedaron como solían en el Retiro para pasear a los perros.
Marta, su pastor alemán, correteaba alrededor mientras Leoncio compartía con Víctor sus emociones.
Amigo, tú estás coladito por Celia le aseguró Víctor tras oírle.
¿Tú crees?
Vamos, clarísimo.
Como cuando conocí yo a Teresa.
Supe que quería pasar el resto de mi vida con ella.
Eso es lo que siento cuando veo a Celia: que haría lo que fuera por conquistar su atención.
Víctor le empujó a que la invitara a salir: a una cafetería, o al cine, sin más rodeos.
No lo sabrás si no te lanzas.
¿Y si alguien más se le adelanta?
Y si tiene pareja…
No quiero meter la pata.
Si la tiene, os quedaréis de compañeros de trabajo.
Pero inténtalo, hombre.
Así lo hizo.
Una tarde, esperándola en la parada del autobús, Leoncio respiró hondo, tragó saliva, y se acercó:
No te lo tomes a mal, pero…
¿te gustaría venir conmigo esta noche a tomar algo o a ver una película?
Una sonrisa fue la respuesta de Celia.
Pasaron la tarde en una acogedora cafetería, y después se perdieron por las calles de Madrid, bajo el cielo iluminado por las farolas.
Leoncio la acompañó hasta su portal.
Todo fue incluso mejor de lo que había imaginado.
Esa noche, paseó largo rato con Marta para compensar la caminata que la perra había perdido, y luego pasó horas soñando despierto: cómo le pediría a Celia que se casara con él, la vida que formarían, los hijos que tendrían, los domingos escapando al campo los tres juntos…
Al poco tiempo, esos sueños parecieron al alcance de la mano.
Pasaron tres meses hermosos: cenas en tabernas castizas, películas románticas en los cines de la Gran Vía, besos bajo la cálida lluvia del verano madrileño.
Celia era amable, dulce, divertida y, sobre todo, muy honesta.
Leoncio se sentía bendecido por haberla encontrado.
Solo había algo que le inquietaba: tras cada salida, tenía que pasear a Marta él solo.
Al vivir por su cuenta, la responsabilidad era solo suya, y no siempre era fácil organizar los horarios.
Propuso a Celia que se uniera a algún paseo, pero ella se excusaba: prefería encontrarse a solas.
Si iban al café o al cine, dejar la perra en casa era inevitable.
Tienes razón musitaba Leoncio, resignado.
Más adelante, Leoncio se atrevió a pedirle que se fuera a vivir con él.
Celia aceptó la propuesta de matrimonio sin titubear, pero la mudanza siempre encontraba una excusa para posponerse.
Es que la casera me pidió que no me fuera antes de fin de año alegaba.
No quiero dejarla tirada.
Si es por el alquiler, Celia, yo puedo pagar lo que falta de estos meses.
Pero ven este finde a casa, así conosces mi piso y a Marta.
Seguro que te caerá bien.
Celia asintió, aunque se le veía afligida.
Amaba a Leoncio y quería intentarlo, aunque sentía un miedo casi irracional.
Esa noche, de nuevo, los temores resurgieron en la puerta de su apartamento y Celia cruzó el umbral pero, ante la aparición repentina de Marta y ante la presencia canina en aquellas cuatro paredes, una oleada de pánico la sacó disparada por la puerta.
Leoncio, sorprendido, trató de llamarla durante todo el fin de semana.
Pero Celia no contestó.
Acudió a ver a Víctor, dispuesto a desahogarse y buscar una idea que le ayudara a entender lo ocurrido.
Su amigo le animó: El lunes lo hablarás con ella.
Seguro que tiene explicación.
El lunes, Leoncio llegó antes de hora a la oficina, atento a los autobuses.
No vio a Celia en ninguno.
Era raro: siempre llegaba puntual.
Cuando ya pensaba llamar al jefe para pedir el día libre y buscarla, la vio: venía cabizbaja por la acera, con el pelo suelto y las mejillas mojadas de lágrimas.
¡Celia, espera!
Ella se detuvo de golpe y al verle, pareció todavía más abatida.
Celia, ¿qué te ocurre?
¿Por qué saliste huyendo el otro día?
¿Por qué no contestas al teléfono?
Me estoy volviendo loco.
Leoncio, perdóname.
¿Qué pasa?
Falta poco para empezar a trabajar.
¿Podemos dejarlo para hablar por la tarde?
¿Es que ya no quieres casarte conmigo ni vivir juntos?
Leoncio le tomó la mano con firmeza.
No puedo seguir sin saber.
Dímelo ya: ¿por qué huiste?
Perdóname, pero no podremos vivir juntos respondió Celia, y rompió a llorar.
¿Pero por qué?
¿Te he ofendido yo?
¿Es Marta…?
Tengo miedo…
¿Miedo de qué, cariño?
De los perros.
Mucho miedo.
Leoncio se quedó en silencio.
Así que, al final, sí era eso.
Pero si ya te dije mil veces que Marta es la perra más noble de España, ni a una mosca haría daño…
No lo entiendes.
De pequeña, con seis años, un bull terrier me atacó en el parque.
Su dueño estaba borracho, me asustó para que me fuera de un banco donde jugaba.
Desde entonces, no puedo superar el miedo.
Nunca me contaste nada…
Porque ni puedo recordarlo.
Cada vez que veo un perro, me paralizo.
En la calle lo llevo mejor: busco un rodeo, o me acerco a la gente, pero convivir con uno…
me supera.
Lo he intentado sollozó.
De verdad, lo intenté contigo.
Pero, Celia…
Lo siento, vamos a llegar tarde.
Hablemos luego.
Lo más absurdo contó Leoncio a Víctor esa tarde.
Nos amamos, Víctor, pero no podemos vivir juntos.
¿No es trágico?
No pensarás renunciar a Marta, espero dijo su amigo.
Jamás.
La quiero como a nadie.
Pero también a Celia.
Pues, tendrás que intentar ayudarla a vencer ese miedo.
No es imposible.
Hay terapeutas, métodos.
Ha probado terapia, pero no mejoró mucho.
Aunque quiere intentarlo de nuevo.
Eso es lo que importa.
Si ella quiere, debes apoyarla.
No la lleves a tu piso.
Empezad con paseos juntos, sin presión, en el parque o el bosque.
Poco a poco, se irá acostumbrando.
¿Y si no puede?
preguntó Leoncio, ahora con una chispa de esperanza.
Hay que probarlo, hombre.
Al menos, no se rinde.
Pocos días después, Leoncio apareció con un todoterreno.
Celia, al salir del portal, lo miró sorprendida.
¿Y ese coche?
Me lo ha dejado mi primo.
Pensaba que podríamos ir al campo: tú, Marta y yo.
Ella viajaría detrás, en la parte destinada para perros, tú delante conmigo.
¿Te animas?
Lo intentaré dijo Celia, nerviosa.
Pero si me sobrepaso, volvemos.
A la hora, aparcaron cerca de una dehesa.
Cambiaron las deportivas por botas de agua y Marta, la perra, corrió alegre entre los robles.
Leoncio jugaba con ella a la pelota, mientras Celia la observaba a distancia.
¿Cómo vas?
preguntó Leoncio.
No lo sé…
difícil de decir respondió ella, sin apartar los ojos de Marta.
Celia, no todas las perras son iguales.
La que te hizo daño estaba mal educada.
Pero Marta es buena, leal y cariñosa.
Te vas a dar cuenta, con el tiempo.
Marta ladró animada al recuperar la pelota del matorral.
Celia se sobresaltó.
¿Está enfadada?
preguntó asustada.
No, está contenta.
Mira, ¿quieres probar tú a lanzarle la pelota?
Te prometo que no se te acercará demasiado.
Me da miedo…
Prueba, cariño.
Cierra los ojos y lanza lejos.
Solo una vez.
Celia, temblorosa, cogió la pelota, la lanzó con todas sus fuerzas y, al ver a Marta ir a buscarla feliz, esbozó casi una sonrisa.
¡Bravo, Celia!
exclamó Leoncio.
¡Marta, trae!
La perra recogió la pelota y, obediente, la dejó en el suelo, esperando de nuevo el juego.
¿Volvemos ya?
preguntó Celia, inquieta.
Sí, vamos a casa.
Sin embargo, Marta no regresaba.
Su ladrido se intensificó.
Leoncio fue a buscarla, Celia insistió en ir con él.
Al acercarse, vieron que la perra se quedaba firme al borde de un pequeño charco, ladrando desconsoladamente a la pelota que flotaba.
No puede con el agua se rió Leoncio.
Desde cachorra le asusta.
La rescaté una vez de un río y, desde entonces, detesta mojarse.
¿De verdad los perros también tienen miedos?
Yo pensaba que no temían a nada.
Todos tenemos nuestros fantasmas, Celia.
Leoncio fue a por la pelota, entrando en el agua.
De repente, sintió que se hundía: el suelo era un lodazal.
¿Estás bien, Leoncio?
Sí, es solo que hay más fango del esperado.
Voy a salir ya.
Pero cada paso le era más difícil.
La tierra le atrapaba.
¿Qué ocurre?
¿Por qué no sales?
Estoy atrapado, Celia, esto es una ciénaga…
Marta gruñía desde la orilla, incapaz de vencer su miedo al agua para ayudar a su amo.
Celia se quedó paralizada por el pánico: la escena se parecía demasiado a aquel terrible recuerdo de la infancia.
Pero el amor pudo más.
Buscó una rama robusta, la acercó a Leoncio, que se aferró con fuerza.
Juntos tiraron; pero ella no podía sola.
Entonces, Marta, reuniendo coraje, se unió al esfuerzo.
A Celia, por primera vez, no le asustó tenerla al lado: estaba muy preocupada por salvar a su amado.
Entre las dos, consiguieron rescatarle del lodo.
Exhaustos y empapados, se tendieron en la hierba, recuperando el aliento.
¡Bravo, chicas!
No sé qué habría hecho sin vosotras respiró Leoncio, abrazando a Celia y acariciando a Marta.
Me habéis salvado la vida.
Yo también sentí un miedo atroz dijo Celia.
Pero ahora sé de verdad cuál es mi mayor temor.
No me digas que te ha salido una nueva fobia bromeó Leoncio.
Sí, la tengo.
Ahora sé lo que de verdad me asusta: perderte.
Ese miedo es más grande que cualquier otro.
Celia abrazó fuerte a Marta.
Ya no era solo la perra de Leoncio, era su compañera.
Esa noche, después de una ducha caliente y una cena casera, los tres se tumbaron en el sofá, viendo sin parar películas sobre perros.
Celia no tenía ganas de ver otra cosa, y Leoncio y Marta estaban encantados de acompañarla.
Y comprendieron, los tres, que el mayor miedo que compartían ya era solo uno: perderse entre sí.
Vivir juntos, al final, era el menor de sus retos.




