Tengo más de 50 años, creo que puedo decir algo en nombre de los hombres.

Un hombre corriente jamás se juntaría con una mujer escuálida, ¿sabes por qué?

Desde hace más de medio siglo, nos han impuesto unos estándares de belleza férreos y una obsesión por la delgadez, y últimamente, la exigencia de ser delgada golpea a las mujeres como si fueran perseguidas por un torero en la Plaza Mayor. Te guste o no, todo el mundo tiene que adaptarse a los patrones sociales, como un caniche bien enseñado y no como una persona de carne y hueso. Si no, ni sueñes con un ascenso en la empresa o un compañero decente a tu lado.

Las mujeres vigilan su peso como si lo hubieran comprado en una relojería de la Gran Vía, temblando por cada gramo de más. Las mujeres reales y hermosas, de curvas generosas tan castizas, se evaporaron de las portadas. Pero a mí, y a mis amigas, nos avergüenza esa idea.

La gente es diversa: narices alargadas y chatas, rostros suaves o angulosos, cabelleras rizadas y lisas, rubias y morenas, todo es bello en su diferencia. Pero pensar que una mujer vale más porque ha perdido veinte arrobas es cosa de locos. Ningún hombre cabal se sentirá atraído por una mujer famélica.

Claro, tampoco vamos por ahí buscando damas que no caben en la butaca del Teatro Real, con mejillas rozando los hombros. Pero una pizca de rondez es un encanto. Las mujeres rellenitas heredan el arte de los fogones.

Siempre tienen una nevera llena de manjares en casa, ni pasarás hambre ni sentirás que desapareces en el aire. Saben disfrutar de la comida y comparten la dicha de la mesa como en los domingos familiares en Salamanca.

Si una mujer es un bollito de leche y sabor, nunca te pondrá a dieta y no se portará como una víbora que sueña con hombres de mazapán. No te servirá soso arroz hervido sin toque de jamón, gracias, que ya tragamos legumbres insípidas en la mili.

Puedes quedarte en el sofá comiendo pizza y viendo alguna película de Pedro Almodóvar si el sueño no te alcanza. Y después, atacar un helado mientras la luna vigila desde La Castellana. Lo mejor: no se cree una diosa inalcanzable, agradece cosas simples como tu compañía. Pero las delgadas con sus fantasmas se lo tienen demasiado creído. Por eso elegí a una mujer de formas generosas y, oye, soy feliz.

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Tengo más de 50 años, creo que puedo decir algo en nombre de los hombres.