Tengo 70 años y me convertí en madre mucho antes de aprender siquiera a pensar un poco en mí misma. Me casé jovencísima y, con el primer embarazo, mi existencia empezó a orbitar irremediablemente alrededor de los demás. No trabajé nunca fuera de casa, no por falta de ganas, sino porque no había alternativa: alguien tenía que estar ahí. Mi marido salía de casa antes de que cantaran los gallos y volvía cuando ya estaba la luna bien arriba. La casa era mía. Los niños, míos. Y el cansancio… más mío todavía.
Recuerdo noches en vela persiguiendo termómetros, cubos y lágrimas: uno con fiebre, otra vomitando, el pequeño berreando. Y yo, tan sola como una aceituna sin hueso. Nadie me preguntaba si seguía entera. Al día siguiente madrugaba igual, preparaba tostadas con tomate y seguía el espectáculo. Jamás solté un no puedo. Jamás pedí ayuda. En mi cabeza eso era lo que dictaba el manual de la madre perfecta.
Cuando los niños crecieron, me dio por querer aprender algo un cursillo, lo que fuera. Mi marido, el filósofo, me soltó: ¿Para qué lo quieres ahora? Tu trabajo ya está hecho. Me lo creí, como quien se traga un bocadillo seco. Así que seguí apoyando desde el fondo, sin lucir. Si alguno suspendía una asignatura, iba yo a parlamentar con el padre para que no ardieran las Fallas en casa. Cuando la mayor se quedó embarazada joven, fui la que pasaba consulta médica y hacía de canguro mientras ella, según decía, ponía orden en su nueva vida. Siempre era yo la que se ponía el mono de trabajo cuando todo amenazaba ruina.
Y después, llegaron los nietos: de nuevo mochilas, juguetes, lloros, risas y carrera de obstáculos en el pasillo. Durante años fui guardería, comedor escolar y enfermera improvisada. Jamás reclamé recompensa ni me oyeron quejarme. Cuando estaba fundida, ellos decían: Mamá, solo tú sabes cuidar bien de ellos. Y con eso tiraba otro mes.
Luego mi marido se puso malo. Lo cuidé hasta el último suspiro. Y entonces empezaron las excusas: Esta semana imposible, mamá, la que viene seguro te veo, te llamo después. Ahora pasan semanas enteras y no exagero sin ver a nadie más que la señora Antonia, la vecina. Hay cumpleaños en los que solo recibo un WhatsApp simpático. A veces pongo dos platos automáticamente en la mesa, sin darme cuenta. Me doy cuenta cuando la comida ya está servida y no hay a quién avisar.
Un día me caí en la ducha. No fue grave, pero me llevé un buen susto. Me quedé sentada en el suelo esperando que sonara el móvil. Nadie respondió. Así que me levanté yo sola. Y claro, ni se me ocurrió contarlo, por no preocuparlos. Aprendí a tragarme los sustos.
Mis hijos dicen que me quieren, y sé que es cierto. Pero el cariño sin presencia también escuece. Hablan conmigo deprisa, siempre con el reloj en la mano. Si empiezo a contar algo, saltan con: Venga, mamá, ya lo hablamos otro día. Ese otro día es como el AVE a Soria: nunca llega.
Lo peor no es la soledad. Lo peor es sentir que, de ser indispensable, he pasado a ser un estorbo en la agenda. Fui el pilar de todo y ahora soy un apunte incómodo. Nadie me trata mal. Simplemente ya no me necesitan.
¿Vosotros qué me aconsejaríais?







