Tengo 66 años y desde principios de enero vivo con una chica de 15 años que no es mi hija. Es hija de una vecina, quien falleció pocos días antes de Nochevieja. Antes de eso, las dos vivían solas en un pequeño estudio alquilado, a tres puertas de mi casa, en un barrio de Madrid. El espacio era diminuto: una cama para dos, una cocina improvisada, una mesa pequeña que hacía las veces de comedor, escritorio y zona de trabajo. Nunca vi que tuvieran lujos ni comodidades, solo lo imprescindible.
La madre llevaba años enferma, pero aún así trabajaba a diario. Yo la veía vender productos de catálogo, yendo de casa en casa para entregar pedidos. Cuando eso no bastaba, montaba una pequeña mesa delante del portal y vendía empanadillas, gachas de avena y zumos. La chica le ayudaba tras salir del instituto: cocinaba, atendía a la gente, recogía todo al final. Muchas noches las veía cerrar tarde, cansadas, y contar euros y céntimos para saber si llegaría para el día siguiente. La madre era muy orgullosa y trabajadora. Jamás pedía ayuda. Yo, cuando podía, les compraba comida o les llevaba alguna tapa preparada, siempre con cuidado para no herir su dignidad.
Nunca vi visitas en su casa. Jamás aparecían familiares. La madre no hablaba de hermanos, primas o padres. La chica creció así, solo con su madre, aprendiendo desde pequeña a ayudar, a no pedir, a apañarse con lo que tenían. Ahora, mirando atrás, pienso que quizás debería haber insistido más en ayudar, pero por respeto guardé la distancia que ella marcaba.
La pérdida de la madre fue repentina. Un día estaba trabajando, y pocos después ya no estaba. No hubo despedidas largas, ni familiares que aparecieran de golpe. La chica se quedó sola en el pisoel alquiler seguía corriendo, las facturas por pagar, el instituto a punto de empezar. Recuerdo su cara esos días: iba y venía sin saber qué hacer, temerosa de acabar en la calle, sin saber si alguien vendría a buscarla o si la enviarían a algún sitio desconocido.
Tomé entonces la decisión de acogerla en mi casa. No hubo reunión, ni palabras solemnes. Simplemente le dije que podía quedarse conmigo. Recogió sus cosaslo poco que teníaen bolsas, y vino. Cerramos el piso, buscamos al propietario, quien comprendió la situación.
Ahora vive conmigo. No está aquí como una carga ni como alguien a quien todo se le tiene que solucionar. Nos repartimos las tareas. Yo cocino y organizo la comida. Ella ayuda con la limpieza: friega los platos, hace su cama, barre y ordena las zonas comunes. Cada una sabe qué le toca hacer. No hay gritos ni órdenes. Todo se conversa.
Yo cubro sus gastos: ropa, libretas, material escolar, desayunos diarios. El instituto está a dos calles de casa.
Desde que llegó, se me ha hecho más difícil en lo económico. Pero no lo siento como un peso. Prefiero esto a saber que está sola, sin apoyo, pasando las mismas inseguridades que vivió con su madre enferma.
Ella no tiene a nadie más. Yo tampoco tengo hijos conmigo. Creo que cualquiera haría lo mismo. ¿Qué pensáis de mi historia?







