Tengo 65 años y, aunque siempre he sido bastante tranquila respecto a mi aspecto, últimamente las canas han empezado a ganar la batalla. No es que sean uno o dos pelos: son mechones enteros, sobre todo en las raíces. Ir a la peluquería ya no me parecía tan sencillo como antes. Entre el tiempo, el precio y la espera, empecé a pensar que quizá no era tan terrible teñirme yo sola en casa. Al fin y al cabo, toda la vida me he teñido el pelo. ¿Qué podría salir mal? Fui a la droguería del barrio, no a una tienda de productos profesionales. Dije que buscaba “tinte para cubrir canas”. La chica me preguntó qué color y respondí: “Un castaño normal, nada raro”. Me mostró una caja que parecía fiable y discreta, con la foto de una señora con buen pelo en la portada. Ponía: “Cubre las canas 100%”. Con eso me convencí. No leí nada más. Me fui a casa segura de que en una hora estaría lista. Me puse una camiseta vieja, cogí una toalla, mezclé el contenido como ponía el folleto y me apliqué el tinte delante del espejo del baño. Al principio todo parecía normal, el color era oscuro, como siempre. Me senté a esperar el tiempo indicado. Mientras tanto, decidí fregar los platos y recoger un poco la cocina. A los veinte minutos noté algo raro. Al mirarme en el espejo, mi pelo no se veía castaño, sino morado. Pensé que era una cosa de la luz del baño. Me dije que estaba imaginando cosas. Cuando llegó el momento de aclarar, ya sabía que había cometido un error. En cuanto el agua tocó mi cabeza, vi cómo se teñía de morado, luego oscuro y al final casi negro. Me miré en el espejo empañado y ahí estaba yo: con reflejos lila y violetas, y un color difícil de describir. Las canas habían desaparecido, sí. Pero a qué precio… Intenté secarme el pelo con el secador, confiando en que el color cambiaría al secarse. No cambió. Al contrario, se intensificó todavía más. Parecía salida de una mala sesión de fotos de moda adolescente, y no una mujer de 65 años. Empecé a reírme sola porque no podía hacer otra cosa. Llamé a mi hija por videollamada y, al verme, casi no podía contener la risa. Me soltó: —Mamá… ¿qué has hecho? Y yo sólo contesté: —Pídeme cita en la peluquería. Al día siguiente tuve que salir así a la calle. Me puse un pañuelo en la cabeza, pero el morado seguía asomando. En la tienda del barrio me preguntaron si era un look nuevo. Una señora en la panadería me dijo que qué valiente, con esos colores. Yo asentía como si todo fuera completamente intencionado. Dos días después fui a la peluquería, sin pizca de orgullo. La peluquera, en cuanto me vio, lo entendió todo. No me juzgó. Sólo dijo: —Pasa más a menudo de lo que crees. Salí del salón con el pelo arreglado, el monedero más ligero y una lección clara: hay cosas que uno cree que todavía puede hacer como antes… hasta que se ve con el pelo morado. Desde entonces asumí dos cosas: que las canas llegan sin avisar, y que algunas batallas es mejor librarlas en manos de profesionales. Esto no es un drama familiar, sino una anécdota totalmente real.

Tengo 65 años y, aunque nunca he sido demasiado exigente con mi aspecto, últimamente las canas han empezado a ganar la partida. No hablo de un par de pelos, sino de auténtos mechones, sobre todo en las raíces. Ir a la peluquería ya no me resultaba tan simple como antes. Entre el tiempo, el precio y la espera, empecé a plantearme que quizá no sería para tanto teñirme yo mismo en casa. Toda la vida me he tintado el pelo, ¿qué podría salir mal?

Fui a la droguería del barrio, ni siquiera a una tienda especializada. Le dije a la dependienta que buscaba un tinte para cubrir canas. Me preguntó el color y respondí: Castaño normal, sin complicaciones. Me mostró una caja que parecía seria y discreta, con una mujer de melena bonita en la portada. Ponía en grande: Cubre las canas al 100%. Eso me bastó. No leí nada más. Volví a casa convencido de que en una hora todo estaría solucionado.

Me puse una camiseta vieja, saqué una toalla, mezclé los productos como indicaba el folleto y me apliqué el tinte frente al espejo del baño. Al principio todo parecía bien. El color era oscuro, como siempre. Me senté a esperar el tiempo requerido y mientras tanto aproveché para fregar los platos y recoger un poco la cocina.

Al cabo de unos veinte minutos, algo me resultó raro. Al mirarme en el espejo, el pelo no se veía castaño, sino más bien violáceo. Pensé que sería la luz del baño. Me convencí de que era una neura mía.

Cuando llegó el momento de enjuagarme, supe con seguridad que había metido la pata. En cuanto el agua cayó sobre mi cabeza, vi cómo el tinte se iba disolviendo primero en violeta, luego en marrón oscuro y al final, casi negro. Me miré en el espejo empañado y ahí estaba yo: con reflejos lilas y violetas, y un tono raro que ni sabía cómo describir. Las canas habían desaparecido, sí. Pero, ¿a qué precio…?

Intenté secarme el pelo con el secador, esperando que el color cambiara al secarse. Pero nada. Al contrario: el color se intensificó más aún. Parecía recién salido de una mala sesión de fotos para una revista de moda adolescente, y no un hombre de 65 años. Me eché a reír solo, porque no me quedaba otra.

Llamé a mi hija por videollamada y, nada más verme, casi no pudo reprimir la risa. Me dijo:
Papá ¿pero qué te has hecho?
Solo le supe responder:
Búscame cita en la peluquería.

Al día siguiente me tocó salir a la calle así. Me puse una bufanda en la cabeza, pero el violeta asomaba igual. En la tienda del barrio me preguntaron si era un nuevo estilo. Una señora en la panadería me dijo que qué valor tenía para llevar esos colores. Yo asentía, como si todo hubiera sido a propósito.

Dos días después fui a la peluquería, sin una pizca de orgullo. La peluquera, nada más verme, lo supo todo. No me juzgó. Solo dijo:
Pasa más de lo que imaginas.

Salí de allí con el pelo arreglado, la cartera menos llena de euros y una lección clara: hay cosas que uno cree que todavía puede hacer como antes hasta que termina con el pelo morado. Desde entonces, he asumido dos certezas: que las canas llegan sin avisar, y que algunas batallas es mejor librarlas en manos de profesionales.

No es ningún drama familiar, es, simplemente, una anécdota real.

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MagistrUm
Tengo 65 años y, aunque siempre he sido bastante tranquila respecto a mi aspecto, últimamente las canas han empezado a ganar la batalla. No es que sean uno o dos pelos: son mechones enteros, sobre todo en las raíces. Ir a la peluquería ya no me parecía tan sencillo como antes. Entre el tiempo, el precio y la espera, empecé a pensar que quizá no era tan terrible teñirme yo sola en casa. Al fin y al cabo, toda la vida me he teñido el pelo. ¿Qué podría salir mal? Fui a la droguería del barrio, no a una tienda de productos profesionales. Dije que buscaba “tinte para cubrir canas”. La chica me preguntó qué color y respondí: “Un castaño normal, nada raro”. Me mostró una caja que parecía fiable y discreta, con la foto de una señora con buen pelo en la portada. Ponía: “Cubre las canas 100%”. Con eso me convencí. No leí nada más. Me fui a casa segura de que en una hora estaría lista. Me puse una camiseta vieja, cogí una toalla, mezclé el contenido como ponía el folleto y me apliqué el tinte delante del espejo del baño. Al principio todo parecía normal, el color era oscuro, como siempre. Me senté a esperar el tiempo indicado. Mientras tanto, decidí fregar los platos y recoger un poco la cocina. A los veinte minutos noté algo raro. Al mirarme en el espejo, mi pelo no se veía castaño, sino morado. Pensé que era una cosa de la luz del baño. Me dije que estaba imaginando cosas. Cuando llegó el momento de aclarar, ya sabía que había cometido un error. En cuanto el agua tocó mi cabeza, vi cómo se teñía de morado, luego oscuro y al final casi negro. Me miré en el espejo empañado y ahí estaba yo: con reflejos lila y violetas, y un color difícil de describir. Las canas habían desaparecido, sí. Pero a qué precio… Intenté secarme el pelo con el secador, confiando en que el color cambiaría al secarse. No cambió. Al contrario, se intensificó todavía más. Parecía salida de una mala sesión de fotos de moda adolescente, y no una mujer de 65 años. Empecé a reírme sola porque no podía hacer otra cosa. Llamé a mi hija por videollamada y, al verme, casi no podía contener la risa. Me soltó: —Mamá… ¿qué has hecho? Y yo sólo contesté: —Pídeme cita en la peluquería. Al día siguiente tuve que salir así a la calle. Me puse un pañuelo en la cabeza, pero el morado seguía asomando. En la tienda del barrio me preguntaron si era un look nuevo. Una señora en la panadería me dijo que qué valiente, con esos colores. Yo asentía como si todo fuera completamente intencionado. Dos días después fui a la peluquería, sin pizca de orgullo. La peluquera, en cuanto me vio, lo entendió todo. No me juzgó. Sólo dijo: —Pasa más a menudo de lo que crees. Salí del salón con el pelo arreglado, el monedero más ligero y una lección clara: hay cosas que uno cree que todavía puede hacer como antes… hasta que se ve con el pelo morado. Desde entonces asumí dos cosas: que las canas llegan sin avisar, y que algunas batallas es mejor librarlas en manos de profesionales. Esto no es un drama familiar, sino una anécdota totalmente real.