Tengo 63 años y llevo 40 guardando un secreto: Cómo la vida nos regaló un hijo cuando creímos que la…

Ahora que tengo 63 años, llevo guardando un secreto desde hace cuatro décadas.
Conocí a mi esposa cuando estudiábamos en la Universidad Complutense de Madrid. Ella estaba en Medicina, yo en Ingeniería. Nos enamoramos como locos, de esos amores que parecen sacados de una novela. Nos casamos con 23 años, jóvenes y llenos de ilusión.
Dos años después de nuestra boda, ella se quedó embarazada. Estábamos radiantes. Pero, en el séptimo mes, perdimos al bebé. Complicaciones, dijeron los médicos. Nos comunicaron que ya no podría tener hijos nunca más.
Mi esposa cayó en una profunda depresión. Dejó de hablar, de comer, ni siquiera salía de casa. Se culpaba por todo. Repetía que había fallado como mujer y esposa, que yo merecía alguien que pudiera darme una familia.
Recuerdo que un día regresé del trabajo y encontré una maleta en el salón. Ella estaba sentada en el sofá, los ojos hinchados de tanto llorar.
Me voy me dijo.
Búscate a una mujer que pueda tener tus hijos. No es justo para ti.
Aquel día hice algo que cambió el rumbo de nuestras vidas.
Me arrodillé ante ella y le susurré:
No me casé contigo por los hijos que pudieras o no traerme al mundo. Me casé contigo porque eres tú. Si llegan hijos, maravilloso. Y si no, también. No pienso perderte por nada.
Lloramos juntos aquella noche, abrazados sin soltarnos. Acabó guardando la maleta en su sitio.
Tres meses después fuimos a un hogar infantil en las afueras de Segovia. Allí conocimos a un niño de cuatro años al que nadie quería adoptar porque tenía problemas de conducta. Nos miraba con rabia y miedo en los ojos.
Nos lo llevamos a casa.
Los primeros años fueron durísimos. Rabietas, gritos, noches sin dormir. El pequeño había pasado por tanto que no confiaba en nadie.
Pero mi esposa, Lucía, nunca se dio por vencida. Le abrazaba aunque él la empujara. Le leía cuentos aunque él gritara que no quería oír nada. Le preparaba sus platos favoritos aunque él los arrojara al suelo.
Yo mismo quise rendirme tantas veces pero al ver la paciencia infinita de Lucía, hallaba fuerzas para continuar.
Pasaron cinco años. Tenía ya nueve años.
Un día volví a casa y el piso estaba extrañamente silencioso. Entré a la cocina y vi algo que aún hoy, tantos años después, no puedo olvidar.
El niño estaba sentado en su regazo, con la cabeza apoyada en el pecho de ella. Lucía le acariciaba el pelo. Sus ojos cerrados, la expresión serena.
Mamá murmuró él, ¿me harás esas empanadillas que solo tú sabes hacer?
Lucía me miró con lágrimas en los ojos. Era la primera vez que la llamaba mamá.
Hoy, él tiene ya 44 años. Es profesor de primaria. Tiene tres hijos y vive a dos calles de la nuestra, en el barrio de Chamberí. Cada domingo viene con su familia a comer todos juntos, como manda la tradición.
Hace un mes, en mi cumpleaños, me regaló un sobre. Dentro había una carta:
Papá, nunca te lo he dicho, pero lo pienso cada día: gracias por no devolverme. Gracias por quedarte todas esas veces en las que era insoportable. Gracias por elegirme cuando era el niño que nadie quería. No compartimos la misma sangre, pero llevo tu apellido, tu ejemplo y tu amor. No necesito nada más. Te quiero.
Aquella noche, Lucía me abrazó y me susurró:
A veces pienso que, de haber podido tener hijos biológicos, puede que nunca hubiéramos conocido a nuestro hijo. Y no puedo imaginar mi vida sin él.
Y yo tampoco.
La familia no siempre es la que uno planea. Muchas veces, es aquella que la vida te regala cuando menos lo esperas.

Rate article
MagistrUm
Tengo 63 años y llevo 40 guardando un secreto: Cómo la vida nos regaló un hijo cuando creímos que la…